De profundis…


Siempre hemos escuchado que generalizar no es bueno, es injusto, incluso es poco caritativo. Pero me concedo esta licencia, sin la cual resultaría imposible la tarea de poner el termómetro a una sociedad en su conjunto, como me propongo con este breve artículo.

¿Dónde hay que buscar la felicidad? ¿Qué la produce? Donde muchos la buscan –alcohol, fiestas, drogas, sexo,…- no la encuentran; y aquellos que buscan darla a los demás, son los que la reciben como premio.

Las nuevas tecnologías que hoy resultan claves para el trabajo, la educación, el ocio y un largo etc., tampoco la traen como attached file. Baste sólo pensar en la cara de los compañeros de la oficina si no funciona internet durante una mañana: una verdadera catástrofe. Pero la gente, en general, es buena –y busca la felicidad-, no obstante con demasiada frecuencia yerra en la elección de los medios, y esto es lo que produce verdadera pena.

Lo que resulta patente –y es totalmente constatable- es que muchos jóvenes son viejos prematuros, y que aquellos que aparentemente –por fuera- muestran una mayor madurez, son víctimas del síndrome de Peter Pan. Eso sí, material y tecnológicamente hablando lo tenemos todo, aun en tiempos de recesión económica. ¿Por qué si tenemos tantos medios, no logramos alcanzar la felicidad?

En una sociedad en la que los valores cristianos han sido suprimidos del disco duro (sin darles la opción de pasar por la papelera de reciclaje) en aras del progreso, en una sociedad que sigue a pies juntillas los enunciados del siglos de las luces, se hace necesario un paréntesis, pararse a pensar. Sobre todo si se tiene en cuenta que no somos mejores que antes, ni siquiera más felices. Este parón resulta vital si tenemos en cuenta que muchos de los supuestos “avances” que observamos son realizados siempre en detrimentos de los valores que nos han traído hasta donde estamos.

El darse, siempre conlleva un enriquecerse. El vivir pendiente del “otro”, hace que me olvide de mí, que me vacíe poco a poco. Y eso descomplica, simplifica, libera. En cambio, cuando nos descubrimos en una actitud exacerbadamente pendiente de nosotros mismos, somos incapaces de pensar en los demás, sólo tenemos tiempo para nosotros y, como la vida es compleja, llega el agobio, el stress existencial.

Quizá la felicidad esté ahí, en darse a los demás sin tasa, sin preocuparse por excederse, dándose del todo. El amor, si es verdadero, es siempre exagerado. Basta leer el Evangelio.

Una sociedad que mata a los niños en el seno materno, que para curar a un niño selecciona genéticamente a un hermano pagando el elevado precio de mandar a la trituradora 15 embriones humanos, una sociedad que aniquila a la familia mediante la promiscuidad sexual y la identidad de género, es una sociedad lista para su extinción. Y no hay en este anuncio ribetes apocalípticos destinados a intimidar a pusilánimes. Más bien es una señal de alerta que quiere fomentar el levantamiento pacífico pero resolutivo de una sociedad narcotizada.

Muy posiblemente, sólo una educación que erradique el feroz individualismo moderno y posmoderno y que se fundamente en los valores genuinamente humanos y por eso, radicalmente cristianos, conseguirá cambiar el mundo (poco a poco). No se trata, simplemente, de dedicar más tiempo a los demás. Eso está bien, pero es consecuencia y no remedio en sí mismo. Al mundo no lo salvamos esencialmente son solidaridad -palabra tan de moda ahora, también en labios de los más abruptamente insolidarios (abortistas y corruptos de diversas especies)-; el cambio vendrá de un giro copernicano en los planteamientos de fondo: la afirmación del estatuto creatural del hombre, el carácter sagrado de la persona humana tanto en su individualidad como en su dimensión relacional, su libertad regulada por la verdad, etc., y la muchas y decisivas consecuencias que se derivan de aquí.

Conviene que nos paremos, que pensemos. ¿Por qué esta civilización que tiene todo, clama desde lo profundo?

Jesús Vélez

sábado, 14 de marzo de 2009

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