La nueva Babel, o la recesión de las ideas


Nos ha tocado vivir en la sociedad de la confusión. Una sociedad en la que da igual ser hombre o mujer; el cambio de género es fácil. Una sociedad en la que si no piensas como la mayoría eres atacado, discriminado y vilipendiado por ciertos medios de comunicación.

Quizá uno de los orígenes de esta situación esté en la confusión lingüística. Históricamente todos aquellos que buscaban atacar algo, tenían como primer objetivo que cundiese la confusión terminológica y lingüística. Basta con analizar porqué desapareció el latín de la Iglesia, basta ver cómo se han vaciado miles de conceptos en los últimos años de su profundo contenido: ¿qué es la familia?, ¿qué es el hombre?, ¿qué entendemos por vida?, ¿y por matrimonio?.

A esto quizá “ayude” la globalización. Con una lengua única no habría ese problema. Desde los comienzos del Imperio, los romanos lo tenían ya muy. El latín, lengua oficial. La Iglesia no quiso ser menos y se apuntó a la universalidad del lenguaje. ¿Las ventajas?: vayas donde vayas, leas lo que leas, lo entiendes, te enteras.

Pero el problema ahora es otro. Palabras como hombre, vida, mujer, cultura, verdad, muerte, familia, amistad, amor,… han dejado de significar lo que son; al pasar por las manos de unos desaprensivos que se dicen discriminados porque su opinión no es escuchada (¡como si todas las opiniones mereciesen el mismo respeto!) son vaciadas de contenido, manipuladas y puestas al servicio de la ideología de turno.

Quizá esto ayude poco al ser humano. Estamos en un momento crucial de la historia, en el que el hombre no sabe en absoluto quién es y, mucho menos qué es. Sin ir más lejos, durante la redacción del borrador de la Constitución Europea, no había unanimidad a la hora de señalar al cristianismo como germen de la vasta cultura europea. En una situación en la que el ser humano necesita de puntos de referencia sólidos para salir adelante, los fundamentos son brutalmente removidos, la historia falsificada y la verdad confundida.

Como decía antes, no todas las opiniones merecen el mismo respeto. Dependiendo del tema que se trate, muchas personas podrán opinar. Pero si de verdad busco enriquecerme y solucionar una determinada cuestión, concederé más peso, más credibilidad a la opinión del experto… No por eso estoy discriminando al otro, simplemente lo que diga carece de relevancia; será una opinión, sí, pero sin fundamento. Y esto parece que muchos no lo entienden. Cuando se le quita peso a una opinión, se toma como un ataque personal. Desaparece la visión profesional y todo se entiende en clave de ataques o alabanzas… Esos mismos que defienden el conocimiento científico por encima de cualquier otro, ésos que piden que se escuche a los grupos minoritarios, a la primera oportunidad aprovechan para atacar al que no piensa como ellos.

La diversidad de opiniones puede que sea buena, pero también es buena la unidad. Ut omnes unum sint. En el bien, todos deberíamos estar de acuerdo. En una cultura relativista, como la nuestra, esto no es así, evidentemente; porque, ¿qué es lo bueno?. Han desaparecido los valores colectivos y lo que se lleva ahora son los valores personales, que el resto deben respetar, y si no están de acuerdo con ellos, tengo derecho a ser como soy, y además no hago daño a nadie.

Todo vale lo mismo, todo da igual… Pero no olvidemos que el que piensa, gana. Siempre.

Jesús Vélez

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