¿Necesitas verdaderamente lo que crees necesitar?


No es fácil el equilibrio entre ser y tener, entre saber qué es necesario para vivir y convivir, y lo innecesario, aún cuando nos parezca imprescindible.

Muchas veces perdemos la paz al desear lo innecesario, y perdemos lo necesario por inadvertencia frívola. Estas paradojas nos suceden con más frecuencia de lo que nos imaginamos, y cuando no están bien resueltas dejan un resabio de inquietud, de malestar.

De estos vocablos, el Diccionario de la Lengua Española nos dice:

  • necesario es lo que no puede dejar de ser o suceder,
  • imprescindible, lo que hace falta para alcanzar un fin,
  • superfluo es lo no necesario,
  • trascendente es algo que estaba oculto y aparece, capaz de producir efectos o resultados, extenderse los efectos, penetrar, averiguar.

El Diccionario de Filosofía dice:

  • necesario en sentido absoluto es lo incondicional, lo que no puede no ser, lo que existe por su esencia, en este sentido Dios sólo es;
  • necesario en sentido relativo es aquello que, supuesta una condición o un antecedente, no puede no ser o no puede ser sino lo que es;
  • necesario en sentido moral es una cosa que, propuesta a la razón, se impone naturalmente a la voluntad. Esto corresponde a la obligación o deber;
  • superfluo es lo que sobrepasa a lo necesario para la subsistencia y a la prudente previsión del porvenir, teniendo en cuenta las conveniencias de condición y de clase, esto es, lo debido por derecho natural al sustento de los pobres;
  • trascendente es el carácter que pertenece a Dios en razón de su trascendencia; lo que está más allá de la subjetividad; lo que sobrepasa en mucho la media; un espíritu.

Con estos datos estamos en condiciones de definir lo verdaderamente necesario respecto a la subsistencia. Cuántos alimentos mal administrados —por exceso o por defecto— nos llevan a perder la salud. Cuántos alimentos buscamos por capricho y los ingerimos con exclusividad, así, eliminamos otros que no nos resultan apetentes. Entonces, aunque la dosis no sea excesiva, descompensamos los nutrientes y poco a poco propiciamos el desequilibrio y luego alguna enfermedad. En el primer caso lo superfluo es siempre por exceso en la cantidad; en el segundo, lo superfluo es por la cualidad, fomentamos gustos muy selectivos.

Con referencia a la protección contra las inclemencias del entorno, es necesaria la ropa, suficiente para movernos con soltura en los ambientes que frecuentamos. Por eso, hace falta un vestuario para laborar, para estar en casa, para acudir a algún festejo, para hacer deporte… En este rubro, cada uno ha de considerar su estatus. Quien representa a una institución política, social o laboral, sabe que su investidura le exige una presentación por encima de sus gustos.

Por ejemplo, la esposa de un gobernador, aunque tenga un estilo sport, no podrá acudir a una ceremonia oficial de manera casual. Tampoco podrá presentarse a distintos eventos con el mismo traje. Pero para una persona con una vida social mediana, resulta superfluo tener un guardarropa como el de la primera dama.

Otro rubro es el de las propiedades. Son necesarias para tener un respaldo y poder solventar las cuestiones de ordinaria administración, por ejemplo cuidados básicos para conservar la salud; poder dedicar un tiempo al descanso sin tener la urgencia de conseguir recursos económicos; poder afrontar algún imprevisto como puede ser un accidente o ayudar a alguien en alguna necesidad. Es difícil, en muchos casos, descubrir cuándo las propiedades pasan de ser necesarias a superfluas. En estos casos conviene darse cuenta de que lo excesivo siempre supone un despojo a otros. Lo superfluo es aquello que excede con mucho la capacidad de cubrir imprevistos.

Y lo trascendente consiste en pesar y medir las acciones y las posesiones con un sentido de solidaridad en un plano horizontal. En una dimensión vertical la trascendencia vincula las acciones y posesiones con Dios.

Como la línea que separa los necesario de lo superfluo es muy sutil, el modo para poder discernir consiste en la práctica de las virtudes, en especial la prudencia, la justicia y la sinceridad.

 

Ana Teresa López de Llergo
Ana Teresa López de Llergo
Doctora en Filosofía
Directora de Difusión Cultural en la Universidad Panamericana

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