La verdad no existe


Algo sospechábamos. Pero ahora, con esta profusión de debates y enfrentamientos de ideas (y los consiguientes comentarios y glosas y los comentarios a los comentarios), nos ponen en la certeza de esta larga sospecha: la verdad no existe.

La verdad es un antiguo invento de filósofos reaccionarios y de pensadores casi situados en la Escolástica medieval. Su existencia es etérea y fantasmal y puede llegar, en caso de querer implantarse en la sociedad, a producir efectos letales. Habla un candidato, habla otro. ¿Quién tiene razón? Depende en absoluto que quien opine, de la tendencia del periódico, del periodista, del opinador. Además, lo mejor es que la tendencia de los opinadores es perfectamente previsible. Antes de que hablen, usted ya sabe lo que dirán. La palabra pierde así su sentido primario de representar el mundo y explicarlo.

Lo mismo ocurre con las cifras. Si suponíamos, que huida la verdad del farragoso discurso, se refugia en el seguro mundo de las cifras, en el aséptico ámbito de las matemáticas, donde toda opinión subjetiva parece una impropiedad, también nos hemos equivocado. Los políticos muestran cifras, gráficas, estadísticas (se ha puesto de moda enseñar públicamente las gráficas con colores impactantes para que lleguen a todo el mundo); y todas son infinitamente discutibles e interpretables. También del seguro mundo de las cifras la verdad huye como un gato escaldado. El viejo Galileo, que dijo aquello de que el libro de la Naturaleza está escrito en lenguaje matemático, se equivocaba de lleno.

¿Qué ocupa este espacio vacío dejado por la verdad difunta? La ideología, lo político en estado puro. Lo ideológico determina lo axiológico. Según sea tu ideología, así pensarás, siguiendo un guión tan previsible como aburrido. ¿Quién habló del «crepúsculo de las ideologías», de que éstas iban a desaparecer en un mundo dominado por la técnica y la cifra? ¿Dónde está el anhelado gobierno de los filósofos de Platón? Nada de esto. La ideología lo tiñe todo con su color, está omnipresente en la vida pública con una intensidad que, en España, ha subido grados en los últimos años. Sigue teniendo vigencia la clásica concepción de Carl Schmitt de la política como una dialéctica amigo-enemigo. El enemigo está enfrente, y nunca tiene razón. El amigo está conmigo y, aunque se equivoque, acierta. La diferencia (la enorme, radical diferencia) es que en el sistema democrático estas desavenencias no se resuelven a mamporros, sino con el diálogo y los votos, regidos todos por unas normas comunes (la Ley) que pueden ser convencionales y mejorables, pero cuyo cumplimiento es obligatorio. En realidad, en el debate democrático late un conflicto, que podríamos calificar de atávico, cuyos mecanismos fundamentales son los mismos que los que regían el mundo predemocrático.

El análisis razonablemente objetivo y honrado, el respeto a esta antigua y olvidada señora de la Verdad, parece estar circunscrito a los intelectuales. Pero… ¿se salvan los intelectuales de esta quema? Mejor, como dice Dante, «guarda e passa».

Tomás Salas
Tomás Salas

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