La teología del borrico


Copio, a continuación algunos fragmentos del libro En las afueras de Jericó, de Mons. Julián Herranz publicado por la Ed. Rialp, en los que se habla de burros. Conociendo el papel que este animal jugó en la predicación de san Josemaría, me ha parecido interesante incluir aquí este post.

Iré ampliando poco a poco.

Un saludo y buen verano,

Jesús Vélez

Borrico

Mi nuevo trabajo me permitió conocer personalmente a Juan XXIII, durante la visita que efectuó a diversas oficinas de la Curia. A nuestra Congregación vino el 4 de enero de 1961. El Papa pasó de despacho en despacho, saludando afectuosamente a todos, algo muy poco habitual hasta entonces. Al llegar al mío, se fijó en una graciosa figurilla que tenía sobre la mesa.

—¿Y qué es esto?

—Un burrito, Santidad. Me lo ha dado el fundador del Opus Dei, monseñor Escrivá, que les tiene gran aprecio.

Al ver su cara de sorpresa, le expliqué que el Padre recordaba siempre que, mientras los hombres se negaron a dar posada a la Sagrada Familia, un borrico dio calor al Hijo de Dios en Belén, y que otro más lo llevó en su entrada triunfal por las calles de Jerusalén. Los borricos son animales de carga, le dije: humildes, re­cios, trabajadores, con las orejas tiesas hacia arriba, como antenas para captar las ondas divinas… Y concluí:

—Nuestro fundador nos anima a imitarlos para que trabaje­mos siempre con el alma mirando al Cielo, para escuchar bien las mociones de Dios.

Juan XXIII tomó la figurilla entre las manos, la miró con ca­riño, tiró de las orejas hacia arriba, y me dijo, sonriendo:

—Yo también quisiera ser un borriquito de Dios.

Me conmovió su actitud paternal, su afabilidad y su senci­llez. Comprendí muy bien, más tarde, lo que el Padre escribió a sus hijos después de su audiencia del 27 de junio de 1962 con el Papa Roncalli:

«No voy a enumeraros los temas que el Santo Padre, en su pa­terna benevolencia, se ha dignado tratar conmigo, también por­que tengo el deber de respetar la reserva a la que están sometidos: con todo, os diré que todos los detalles de este encuentro del hijo con el Padre han quedado impresos en mi mente y en mi corazón. Os diré aún más: así como el Apóstol Juan conservó un recuerdo nítido y vivo, fruto de un gran amor, de todos los particulares de sus encuentros con el Maestro (y este recuerdo llega a precisar hasta la hora de la llamada divina: hora erat quasi decima); igual­mente yo, en mi modestia, vuelvo con el recuerdo a esta Audiencia y conservo cada mínimo detalle de ella: no sólo el día y la hora, sino también la mirada atenta y llena de paterna benevolencia, el gesto suave de la mano, el calor afectuoso de su voz, la grave y se­rena alegría reflejada en su rostro… Querría de verdad, queridísi­mos hijos, que todos vosotros estuvieseis felices e inmensamente agradecidos al Papa Juan XXIII por su bondad y benevolencia».

 

El 2 de febrero de 1984, en la audien­cia privada que me concedió poco después de mi nombramiento como secretario del citado Consejo pontificio después de despachar las cuestiones de gobierno relativas a mi trabajo, le reiteré el agradecimiento por la prueba de confianza que me había demostrado y, cuando estábamos todavía sentados, saqué de la cartera de despacho y puse sobre la mesa un pequeño objeto: un borriquito de hierro con minúscula albarda de paño verde y rojo. Un tanto sorprendido y divertido, el Santo Padre me preguntó:

—¿Qué es eso?

—Santidad, considérelo un pequeño regalo. En sí no vale nada, pero es algo particularmente valioso y significativo para mí: un borriquillo que me dio el fundador del Opus Dei cuando entré al servicio de la Santa Sede en 1960, en los años de preparación del Concilio. Ahora es ya una reliquia. Lo tuvo también en­tre sus manos Juan XXIII, cuando visitó la congregación de la Santa Sede en que empecé a trabajar. Y hasta ayer lo he tenido siempre sobre la mesa de mi despacho, porque me evoca la teolo­gía del borrico, que me hace mucho bien.

—¿La teología del borrico? ¿Y en qué consiste esa teología? —me preguntó con extrañeza el Papa.

—La aprendí de monseñor Escrivá hace muchos años. Él amaba mucho la figura del borrico por razones ascéticas: en su gran humildad, él se veía como un borrico sarnoso y, en su deseo de enseñarnos a santificar el trabajo ordinario, nos ponía el ejemplo del borrico de noria. Pero también lo amaba por razones claramente bíblicas: según la tradición, un borrico dio calor al Niño en la noche de Belén, junto a María y a José, cuando los hombres negaron posada a la Virgen que iba a traer al mundo a su Salvador; y fue igualmente un borrico el que llevó a Jesús encima durante su entrada triunfal en Jerusalén.

Noté que la mirada del Papa pasaba de la extrañeza al interés, un intenso interés. Continué:

—El fundador del Opus Dei nos enseñaba a sus hijos que el Señor podía haber hecho esa entrada triunfal cabalgando sobre un caballo o, añadía a veces, en una cuadriga romana, pero prefi­rió hacerlo sobre un borriquito. Incluso cuando envió a dos de sus discípulos a la aldea de Betfagé para que desataran el jumento y se lo trajeran, añadió: Y si alguien os pregunta por qué hacéis eso, responded que el Señor tiene necesidad de él. Se cumplía así la pro­fecía de Zacarías y, al mismo tiempo, el Señor ensalzaba la figura mansa y sencilla del borriquillo: un animal de carga, humilde, obediente, duro en el trabajo, austero, que se contenta con poco y, a la vez, de trote decidido y alegre.

Me quedé callado, porque me pareció que ya había hablado mucho. Sin embargo, el Papa me animó:

—Siga, siga.

—Santidad, si mira ese borriquillo, verá que tiene unas orejas finas y estiradas hacia arriba. Monseñor Escrivá comentaba que son como antenas levantadas al cielo para captar la voz de su amo, de Dios. Y es que, para ser Opus Dei, el trabajo ha de ser contem­plativo: hecho en medio del mundo, pero en la presencia de Dios.

Callé de nuevo, porque habíamos superado con creces el tiempo normal de las audiencias y acababa de entrar en el estudio el prelado de antecámara, para indicar discretamente que otras vi­sitas esperaban.

Juan Pablo II se alzó con un gesto como de resignación y, mientras le besaba la mano y le pedía su bendición, añadió:

—Tenemos que seguir hablando de esto.

 

22-XII-1994

En esa ocasión, después de felicitarle por la Navidad, le agra­decí la confianza que de nuevo me había demostrado, al nom­brarme tres días antes arzobispo y presidente del Consejo pontificio ara los Textos legislativos. Me sonrió afectuosamente y le comenté:

—Espero que también el Derecho pueda contribuir eficaz­mente a la nueva evangelización que Vuestra Santidad desea.

Y me respondió el Papa:

—Y yo espero que usted trabaje con el espíritu de Escrivá.

No me esperaba ese gratísimo consejo. Emocionado, le dije:

—Yo también lo deseo con toda el alma, Santo Padre, porque él amaba mucho, apasionadamente, a la Iglesia. Y, por eso, tenía en gran estima la ley eclesiástica. Era un hombre profundamente caris-mático, enriquecido con muchos dones del Espíritu Santo y, a la vez, comprendía y defendía la necesidad y el valor de las normas ca­nónicas, todas dirigidas a la suprema ley de la salvación de las almas.

—Sí, sí, lo sé. Lo conozco bien.

Como Juan Pablo II era sabedor de mis antiguos estudios de medicina, concluí con una broma, porque él, aunque repuesto de la fractura del fémur, cojeaba un poco de una pierna. Le pro­puse hacer un trasplante, yo le ofrecía mi pierna, a cambio de que los sentimientos de su corazón se me trasplantasen a mí.

Sonrió y me dijo, divertido:

—Mi pierna está bien, me la quedo.

Entonces me arrodillé, le besé la mano y pasó a saludarle el si­guiente. Ese siguiente era un personaje de la Curia muy conocido, que me miró como regañándome. Y con toda razón: mi breve feli­citación de Navidad había sido muy personal, ¡pero nada breve!

Desde entonces tengo señalada, en un lugar permanente de mi agenda de trabajo, esta frase: «Espero que Vd. trabaje con el es­píritu de Escrivá, el Beato Josemaría» (Juan Pablo II, 22 de diciem­bre de 1994).

En las Afueras de Jericó

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