Clima, paz y vida


El premio Nobel de la Paz 2007 ha sido asignado al ex-presidente de los Estados Unidos, Al Gore, y al Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (en inglés, Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC), un órgano de estudio que depende de las Naciones Unidas.

Dejemos de lado un juicio sobre la oportunidad de este reconocimiento. Queda claro que con el mismo se busca dar un significativo espaldarazo a quienes piden una intervención urgente, a todos los niveles, para salvar el clima del planeta.

Por eso resulta oportuno, a raíz de esta asignación, reflexionar sobre estas tres palabras: clima, paz y vida.

El clima resulta una condición básica para la conservación y buena calidad de la vida. Algunas formas de vida se desarrollan mejor en climas calientes, otras en climas fríos, otras en climas templados. Según sea la rapidez y radicalidad de los cambios climáticos, algunos vivientes desaparecerán. Al mismo tiempo, aunque no es algo seguro, surgirán nuevas formas, o viejas formas de vida «conquistarán» territorios que antes resultaban inhóspitos para ellas.

Más compleja es la relación que exista entre clima y paz. Podríamos describirla desde los dos extremos: cómo la paz puede promover un clima mejor, y cómo un clima optimal ayuda a mantener la paz.

Respecto a lo primero, y de forma breve, es claro que la paz puede ser promotora de climas más saludables. La industria bélica de los últimos siglos ha desarrollado un arsenal militar capaz de dañar en pocos segundos y a largo plazo zonas muy extensas de territorio. Las consecuencias serán muchas veces muy graves para la salubridad ambiental de esas zonas e, incluso, de todo el planeta. Se producirán, al mismo tiempo, alteraciones imprevisibles respecto al clima local y mundial.

Respecto a lo segundo, podemos señalar lo siguiente. En el pasado, como en el mundo actual, ha habido cambios climáticos que causaron sequías y hambres, con los consiguientes movimientos de población. Masas humanas que deseaban encontrar agua y comida entraron en contacto con poblaciones de otros lugares y provocaron conflictos más o menos graves. Los cambios climáticos pueden ser, por lo tanto, motivo de guerras sumamente dañinas.

La ONU, a través del grupo IPCC, realiza una labor de concientización sobre los potenciales peligros para la paz mundial que se derivarían del cambio climático. Esto supone tres cosas. En primer lugar, tener una visión científica adecuada acerca de hacia dónde se dirija y cuál sea la envergadura del cambio climático. En segundo lugar, individuar cuál sea la responsabilidad que los seres humanos tengan respecto al cambio climático, especialmente quienes viven en los países más desarrollados. En tercer lugar, conocer y afrontar las consecuencias previsibles del cambio climático, y las estrategias a poner en práctica para amortiguar daños y para evitar, en la medida de lo posible, acciones humanas que puedan agravar más la situación presente y futura.

A cualquier observador salta a la vista lo complejo que es llegar a conclusiones indiscutibles respecto de los tres ámbitos de investigación apenas mencionados. Existe, además, el peligro de una lucha de poder entre «lobbies» científicos por imponer la propia teoría sobre las teorías de los «adversarios», con la ayuda de medios de comunicación, de partidos políticos y de grupos financieros interesados en apoyar una u otra teoría.

Resulta, por lo mismo, urgente crear un ambiente de estudio sereno y serio para llegar a resultados válidos y convincentes sobre una temática que nos interesa a todos. De este modo será posible dejar de lado teorías defendidas durante décadas cuando tales teorías muestren enormes deficiencias en los estudios que parecían sustentarlas y sean superadas por investigaciones más avanzadas.

Nos queda ofrecer una ulterior reflexión sobre el tema de la vida en este contexto. Ya dijimos que cada forma de vida se desarrolla y conserva en un clima optimal. Defender y promover, a nivel local y a nivel terráqueo, la estabilidad climática se convierte en un imperativo ético sólo si apreciamos como algo bueno la existencia de las distintas formas de vida, la biodiversidad a nivel local y a nivel mundial.

Durante siglos hemos reconocido al ser humano un lugar especial entre los demás vivientes. Tal reconocimiento, sin embargo, es puesto en discusión por algunos movimientos y grupos ideológicos que consideran que hay «demasiados» hombres y mujeres en el planeta, que promueven la eliminación de seres humanos antes de su nacimiento (aborto) o en sus últimas etapas (eutanasia).

Es contradictorio, en nombre del clima y de la paz, mantener un silencio cómplice ante la eliminación indiscriminada de millones de hijos no nacidos, ante el hambre y las epidemias que causan tanto dolor entre lo más pobres de los pobres. No existirá verdadera paz mientras no trabajemos en serio por eliminar injusticias tan profundas.

En ese sentido, es no sólo auspicable sino urgente, y esperamos que no sea un sueño imposible, el que algún año el premio Nobel de la paz recaiga en tantos movimientos y grupos a favor de la vida que trabajan por los más débiles entre los seres humanos: los no nacidos, los ancianos, los enfermos. Desde el esfuerzo que realizan, y junto a ellos, será posible defender un clima que nos permita vivir en paz con las demás formas de vida. Sobre todo, será posible vivir en paz con nosotros mismos, porque aprenderemos a respetar a cada ser humano, grande o pequeño, nacido o no nacido, joven o anciano, siempre merecedor de ayuda y protección en un mundo que deseamos más justo y más dispuesto a acoger y amar a todos.

Fernando Pascual, LC
Fernando Pascual, LC
Doctor en filosofía por la Universidad Gregoriana.
Profesor de Hª de Filosofía, Filosofía de la Educación y Bioética.

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