El seise de la Virgen, de Antonio Burgos


 

El seise de la Virgen

(A los 50 años de la alternativa de Pepe Luis) 

AL que madruga, Dios le ayuda. Dios le ayuda a Sevilla en esta mañana de la Virgen a ser más n a, más ella misma, más lenta. Y también Dios le dice a Sevilla hoy que no por mucho

 madrugar amanece más temprano. No por mucho que madruguen los que vienen andando por los caminos del Aljarafe, de la Vega y de los cores verán antes la dudosa luz del día de agosto, que amasa lentamente su dorado pan de Alcalá para presentarlo a Sevilla poco antes de que suenen campanas en la torre mayor y se pongan en movimiento en el Trascoro de la Catedral cuatro estallidos de ruegos artificiales de pueblo en forma de ramos de nardos.

Anduviésemos donde anduviéramos, todos volvimos hoy. Los sevillanos, tal día como hoy, somos todos un poco como los canónigos que mandaron hacer la Catedral. Todos, en la playa, por el mundo, nos decimos para los terrenos de los adentros del alma: «Fagamos una locura tal que los otros veraneantes nos tomen por locos». Yo he visto, tal día como ayer, 14 de agosto, a las cuatro de la tarde, con toda la calor del mundo en la estación de los Portillos, cómo una escogida tropa de sevillanos llenaba un autobús en Marbella. Sevilla tiene en este día algo secreto de la canción del Conde Arnaldos, que no canta su canción de nardo y amanecer sino a quien con ella va. ¿Adónde van esos coches que llegaron anocheciendo, con mujeres que traían abanicos y morenos de la Bahía de los Puertos? Van, vienen, venimos, a ver a la Virgen. A ver a la Virgen de Agosto. A ver a la Virgen de Sevilla. Es decir: a comprobar la certeza de una luz, de un olor, de una ciudad, de un recuerdo, de una calor. ¿Somos creyentes los sevillanos en esta mañana de los nardos? Si lo somos, es a la manera de Santo Tomás: hasta que no metemos los dedos del alma en la llaga de la calor de la mañana, en el rayo de luz que baja con prisas por la calle Mateos Gago, en el sonido de campanas de la torre mayor y la espadaña de la Encarnación, no creemos en Sevilla. Venirnos de los mismísimos chirlos mirlos sólo para comprobar que la verdad de la duda sigue en el mismo sitio.

Hasta que sale la Virgen, y le pedimos las tres gracias, o le damos las tres mil que para el caso es lo mismo, y hay entonces un sentimiento de bajamar de la mañana, de playa vacía. La dicha en la ciudad sólo dura un instante y así dura esta mañana. Pocos días como hoy produce dolor la alegría de Sevilla, con este sentido tan estricto de la medida, del tiempo, de la brevedad. Por eso el sevillano quiere como continuar el gozo. Por eso el sevillano necesita que por la tarde se continúe la dicha. Esta es la razón ritual por la que, a las seis y media, a las siete, han de ser abiertos los cerrojos de las rojas puertas pintadas de aceite, en una plaza de toros pintada en la dorada calamocha del atardecer. ¿Qué van a buscar los sevillanos ritualmente en la liturgia de los toros? Van a buscar otra luz para el mismo gozo verdadero de la mañana. Dios ayudó a la ciudad que madrugó para ver amanecer a la Virgen y le sigue ayudando a la ciudad que se levantó temprano de la siesta ara ver atardecer un pasodoble. Nunca como hoy me parece la plaza de los toros tan catedral, tan rito, tan rúbrica escrita con el rojo que marca la doble raya de los picadores.Y fue que hace cincuenta años nos dimos cuenta de esta verdad. Purísima del celeste agosto del amanecer de Sevilla, la Virgen de los Reyes necesitaba un seise que proclamara la grandeza de la ciudad. Fue así que los mismos ángeles que trajeron a la Reina de Reyes dejaron un muchacho rubio de dieciocho años, junto al Matadero, y decidieron darle la alternativa. En realidad aquella tarde sonaban violines del maestro Torres y cuanto los aficionados soñaban era la cruz palmada de los pasos de los seises, trenzada con una franela. Aquella tarde, hace cincuenta años, un seise bailó a la Virgen el más bello minué de la gracia. Se llamaba Pepe Luis Vázquez. Iba de celeste y oro.

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Un pensamiento en “El seise de la Virgen, de Antonio Burgos”

  1. dios nos tiene elegidosm a cada un de nosotros desde antes que se crease el mundo, por tanto no podemos evitar que nuestro destino se cumpla

    que dios guie tu camino contestame

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