Siena, 295


 

“Votantes de valores”

“El cliché del Cardenal Martini como antagonista del Papa”

“Experimentos para favorecer la opinión informada… y sacudir los prejuicios arraigados”

“Nueva vida en Second life”

“De la indignación a la reclamación”

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“Votantes de valores”

articulo de javier cremades , abogado experto en derecho de la información, en abc miercoles 23 de mayo de 2007

El primer día de la presente campaña electoral, José Luis Rodríguez Zapatero acusaba a Mariano Rajoy de tener «principios de hojalata». La respuesta del líder de la oposición no se hizo esperar y al día siguiente comparó al presidente del Gobierno con Groucho Marx: «Estos son mis principios y si no le gustan, tengo otros». Al margen de la retórica, ambas declaraciones coinciden en colocar los valores como tema de campaña.

Esta tendencia es común en todos los procesos electorales que se celebran últimamente. En muchas elecciones democráticas se está votando más por valores concretos que por paquetes ideológicos completos y cerrados. Los valores éticos han entrado de lleno y de forma explícita en la escena política del mundo occidental, condicionando el mensaje y la acción de sus principales líderes. Tres casos recientes pueden ilustrar la situación.

Las elecciones francesas han sido, quizá, las más globales de su historia. No sólo por la cobertura mediática, sino porque el debate entre los candidatos ha girado sobre valores que preocupan en todo el mundo. Temas como la autoridad, la feroz crisis escolar, el esfuerzo y la identidad nacional. Esos discursos, ese tipo de mensajes, han dominado la campaña, que ha terminado por interesar de verdad y provocar una participación histórica. Jacques Marseille, catedrático de la Sorbona, señaló que hoy nadie duda de que la retórica filantrópica del «prohibido prohibir» ha resultado nefasta para la sociedad. José Antonio Zarzalejos puso de manifiesto, magistralmente, que el discurso de Sarkozy había sentenciado a muerte la vigencia del acervo de contravalores que introdujo el mayo del 68.

Puede fácilmente concluirse que el vencedor, Nicolás Sarkozy, un hombre político de derechas, conservador y republicano, se presentaba ante la opinión pública francesa y mundial orgulloso de todos sus valores. Su propuesta no era otra que terminar con la exaltación desastrosa del nihilismo demagógico y con el relativismo moral y la hipocresía que habían dominado la vida pública de su país, a diestra y siniestra, al menos durante las presidencias de Miterrand y Chirac. Hoy es presidente de una de las grandes naciones de la tierra.

El segundo ejemplo viene de los Estados Unidos de América donde, hace algo más de un año, se celebraron unas elecciones que devolvieron a los demócratas el control del Senado y de la Cámara de Representantes. En ellas el voto moral también fue decisivo. Las elecciones legislativas norteamericanas fueron acompañadas de un gran número de referendos sobre el aborto, el matrimonio y las uniones homosexuales y la experimentación con embriones. Se empezó a hablar, entonces, de los votantes de valores -«value voters»- como un colectivo clave del mapa electoral. Se trata de una creciente masa de electores que orienta su voto por cuestiones que podríamos denominar «de principios».

El caso de los Estados Unidos pone de manifiesto que el voto moral no es patrimonio de la derecha ni de la izquierda. Los arquetipos ideológicos tradicionales pueden estar resquebrajándose en virtud de la aparición de los votantes de valores. En Dakota del Sur, por ejemplo, fue rechaza una ley que prohibía el aborto en todos los casos excepto en el de peligro para la vida de la madre. Aunque el 56 por ciento de los votantes se opuso, el gobernador republicano Mike Rounds mantuvo su puesto a pesar de que firmó esa ley finalmente revocada. En Arizona, mientras se rechazaba la enmienda destinada a proteger el matrimonio, fueron aprobadas tres medidas aparentemente contrarias a los inmigrantes. En Virginia, se calcula que el 30 por ciento de los votantes demócratas apoyaron la enmienda para proteger el matrimonio.

Esta ruptura de los modelos que se han asociado durante décadas a cada uno de los partidos quedó subrayada por la victoria de algunos demócratas de perfil centrista. El senador demócrata Bob Casey, elegido en Pensilvania, es un católico que ha reconocido públicamente su oposición al aborto. Jon Tester, también demócrata, un ranchero de trazas militares amante de las armas, fue elegido senador por Montana. El nuevo senador demócrata por Virginia, Jim Webb, fue secretario de la Marina con el presidente Reagan. Heath Suler, joven demócrata elegido por Carolina del Norte para la Cámara por primera vez y ex jugador de fútbol americano, se declara devoto cristiano -de religión baptista- y se opone al aborto. Brad Ellsworth, nuevo congresista demócrata de Indiana, es un católico de origen humilde que se opone al aborto y a los matrimonios homosexuales. En los EE.UU. se siguen multiplicando las previsiones sobre el modo de manejar un grupo político tan heterogéneo en algunos aspectos.

Brasil es el tercer escenario del auge de los valores en la vida pública. Allí, su presidente, Lula, recibía hace unos días a Benedicto XVI y declaraba que se siente unido con el Pontífice en la defensa de la familia y la lucha por los más pobres. Valores «de derechas» a la izquierda y al revés, presentando algo parecido a un «ethos asimétrico». Ya Navarro Valls, en su día, denunciaba lo contradictorio que es considerar que algunas cuestiones -como la guerra de Irak- no tienen implicaciones éticas. Discursos como los de Sarkozy o Lula introducen en la política un elemento transversal que conecta con las aspiraciones y los sentimientos de amplias capas de la población.

Los valores no son exclusivos de nadie, sino un gran activo social y político que despierta un creciente interés en los ciudadanos. Una derecha e izquierda distintas son posibles. Ni una es la exclusiva depositaria de los valores tradicionales ni la otra la única defensora del progresismo solidario y sostenible. Con esta filosofía se presentaba recientemente en Madrid una ilusionante iniciativa, la fundación «Ciudadanía y Valores», que reúne a profesionales de diferentes disciplinas y orientaciones políticas preocupados por fundamentar unos valores que sirvan para favorecer un encuentro razonable en el ámbito público, independientemente de los puntos de partida personales.

El discurso de los valores éticos, de los principios, cotiza al alza porque la gente esta interesada en ellos. En los próximos años se avecina una lucha por los votantes de valores. Tal vez sea el singular mar de fondo que explique las sorprendentes acusaciones cruzadas de los que, realmente, son los principales candidatos de las próximas elecciones locales y autonómicas en España. Muchos ciudadanos se sienten alejados de las disputas partidistas, y manifiestan su desagrado por la división de los líderes en los temas que realmente les preocupan. Ha llegado la hora de que nuestros políticos apuesten por los valores por encima de los intereses coyunturales. Si se sitúan en ese terreno, además, se encontrarán allí con millones de ciudadanos.

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“El cliché del Cardenal Martini como antagonista del Papa”

comentario de diego contreras en http://www.laiglesiaenlaprensa.com/,

 jueves 24 de mayo de 20007

El cardenal Carlo Maria Martini, antiguo arzobispo de Milán y conocido exegeta,  ha sido presentado -desde hace ya muchos años- como antagonista de Juan Pablo II, y ahora de Benedicto XVI. Todo ello, al margen de su efectiva voluntad. A la prensa le gustan los candidatos alternativos, pues eso añade dramatización. Martini ha jugado este papel, aunque fuera a pesar suyo. 

Una sutil muestra de esa contraposición la ofrece hoy Corriere della Sera, que publica el texto italiano de la presentación que el cardenal hizo ayer -en la sede de la UNESCO , en París- del libro “Jesús de Nazaret”, de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Basta leer el titular escogido por la redacción para que el lector piense ya en un distanciamiento del cardenal hacia el libro:  “Admiro al Jesús de Ratzinger, pero no el único“, dice la  frase entrecomillada, atribuible a Martini.

Pero si el lector tiene la paciencia de leer el texto descubre no sólo que esa frase no existe sino que el tono es totalmente distinto. Al recordar la afirmación del Papa en el prólogo (“cada uno es libre de contradecirme”), Martini observa que “no será fácil para un católico contradecir lo que está escrito en este libro”.

El cardenal hace comentarios muy especializados sobre algunos pasajes -un tema de estudio al que ha dedicado su vida de intelectual. Y concluye: “en mi opinión, el libro es bellísimo, se lee con una cierta facilidad y nos hace comprender mejor a Jesús Hijo de Dios, y también la gran fe de su autor. Pero no se limita sólo al aspecto intelectual. Nos muestra la vía del amor a Dios y al prójimo”.

El texto termina con esta confidencia: “también yo pensaba escribir, al final de mi vida, un libro sobre Jesús, como conclusión de los trabajos que he desarrollado sobre el Nuevo Testamento. Ahora, me parece que esta obra de Joseph Ratzinger corresponde a mis deseos y expectativas, y estoy muy contento de que la haya escrito. Deseo a muchos la alegría que he experimentado yo al leerla”.

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“Experimentos para favorecer la opinión informada…

y sacudir los prejuicios arraigados”

articulo en www.aceprensa.com, servicio 40/07, miercoles 23 de mayo 2007

La iniciativa de un profesor de Stanford demuestra que informarse y debatir con expertos puede sacudir prejuicios arraigados. Deliberative Polling es una idea de James S. Fishkin, profesor de la Universidad de Stanford, que nació sobre la base de que los ciudadanos no están bien informados -por falta de tiempo o de ganas- sobre los asuntos públicos. En las encuestas convencionales se aprecia esa conocida “ignorancia racional”: muchas personas solo tienen ligeras nociones sobre los asuntos importantes. Sin embargo, si se selecciona un grupo de personas, se les facilita información y se inicia un debate con expertos, muchas personas cambian de opinión en solo un fin de semana. Deliberative Polling consiste en eso.

El experimento se ha realizado en lugares tan dispares como Grecia, China o Texas, en los últimos diez años. “International Herald Tribune” (7-05-2007) recoge los resultados de Deliberative Polling en algunos puntos. Uno de los experimentos más recientes ha sido en Bulgaria, el primero puesto en marcha a iniciativa de un gobierno nacional.

El primer ministro búlgaro, Sergei Stanishev, prometió utilizar las propuestas que hicieran los ciudadanos en la política de su gobierno hacia un tema delicado en el país: la situación de los roma (gitanos), que suponen alrededor de una décima parte de los siete millones de habitantes. La mayoría son pobres y viven en barrios a las afueras de las ciudades, legado de la planificación urbana que hizo el Partido Comunista cuando estaba en el poder.

Para muchos búlgaros, ser gitano es sinónimo de delincuencia. Según el diario, la idea de cumplir las propuestas era arriesgada, ya que podían ser muy severas contra los gitanos.

El proceso comenzó con una encuesta a 1.344 personas sobre la vivienda, la delincuencia y la educación de los gitanos. A mediados de abril se seleccionaron 255 de entre los primeros encuestados. Todos recibieron informes y las soluciones propuestas por los partidos políticos y las organizaciones no gubernamentales. Se reunieron en un hotel y se dividieron por grupos, dirigidos por un moderador. Durante dos días debatieron con políticos y expertos las conclusiones a las que habían llegado en los grupos de trabajo. Según Fishkin, esta es una buena manera de aglutinar un grupo representativo de personas informadas y que han reflexionado sobre los problemas.

Como se esperaba, el debate se inclinó enseguida hacia un extremo: “Las familias gitanas deberían perder los beneficios sociales si alguno de los miembros es encarcelado; quizás así, cuando salga, recapacite antes de volver a delinquir”, propuso una de las participantes. Otro sugería eliminar las ayudas a los padres cuando alguno de sus hijos abandonase los estudios. También se discutió la propuesta de un partido nacionalista de encerrar los barrios gitanos detrás de unos muros.

Parte del debate se retransmitió por televisión, como se hace en todos los procesos. Al final, los participantes fueron entrevistados de nuevo. Los que pensaban que los gitanos deberían vivir en barrios separados pasaron del 43% al 21%; los partidarios de que hubiera más policías gitanos pasaron del 32% al 52%; y los que estaban de acuerdo en cerrar las escuelas de los barrios gitanos y trasladar a los niños en autobús a otros colegios pasaron del 42% al 66%. Fishkin y su equipo constataron que la mayoría de los búlgaros están dispuestos a apoyar medidas de integración de los gitanos, a pesar de que los políticos utilizan cada vez con más frecuencia un discurso hostil.

Un caso similar se produjo en Irlanda del Norte, donde la mayoría de los participantes propusieron que hubiera más colaboración entre los colegios católicos y protestantes, lo cual desbarataba la convicción tradicional de que los padres, de una y otra confesión, preferían la separación.

En muchos casos, los participantes cambian de opinión después de analizar los asuntos con profundidad. Pero en otros se constata que los políticos desconocen lo que piensan los ciudadanos. De ahí que muchos líderes políticos estén usando el experimento para pulir sus propuestas, y también para combatir la reducción de la participación en las elecciones y el menguante interés hacia los asuntos públicos que se registra en algunos lugares. El valor añadido del método es que las entrevistas que se producen antes y después del experimento permiten conocer con exactitud cómo se han producido los cambios de opinión.

No obstante, los experimentos no siempre “funcionan”. Un Deliberative Poll realizado en Australia en 1999, antes del referéndum sobre la monarquía, concluyó que la mayoría era partidaria de la república; sin embargo, los australianos votaron luego a favor de mantener los lazos con la reina de Inglaterra.

Y también hay escepticismo. Algunos piensan que la atmósfera que se crea en los debates -con cámaras de televisión y políticos cerca- provoca que algunos participantes se expresen con cautela, evitando comentarios que sí hacen en sus hogares. Además, como ocurre en cualquier debate, el orador más hábil puede dominar la discusión y llevarla a su terreno. Pero quizás eso sea preferible a los prejuicios, los argumentos manidos y lo “políticamente correcto”.

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“Nueva vida en Second life”

articulo de oscar matias, experto en educación y director de educar es facil, en http://www.conoze.com, domingo 20 de mayo de 2007

 

«Es algo increíble…». Y no me lo comentaba un niño precisamente. Adulto, casado y con dos hijos. Al igual que otros, ya tiene su Second Life. Uno más entre los millones de personas que forman parte de esta comunidad virtual. Todo ufano me explicaba las maravillas del juego que acababa de descubrir recientemente. Quién lo oyera, si tuviera dos dedos de frente, no podría contener una sonrisa. Como un niño estrenando sus botas de fútbol en un primer partido. ¿A tu edad?, le contesté. No vean el cabreo que cogió, tratándome de ignorante para arriba. Fue entonces cuando comprendí lo que ya había leído sobre Second Life, que no es sólo un juego, es algo mucho más.

Creado por Linden Lab y fundado por Philip Rosedale este juego ha conseguido originar toda una revolución. ¿De dónde cogieron la idea? Su inspiración proviene de la novela «Snow Crash», publicada a principios de los años 90 y escrita por Neal Stephenson. En ella se recrea un mundo de simulaciones en el ciberespacio, en donde se confunden los buenos y los malos, y las propias consecuencias derivadas de sus actuaciones. Por otra parte, unas dosis del movimiento literario Cyberpunk no han faltado en esta creación. Éste es un subgénero de la literatura de ciencia ficción, que es conocido por su enfoque de alta tecnología y bajo nivel de vida. Los personajes del cyberpunk son seres marginados, alejados, solitarios, que viven desentendiéndose de la sociedad, donde la vida diaria es impactada por el rápido cambio tecnológico (Lawrence Person). Con un panorama semejante, el morbo está asegurado; y como un caramelo en boca de un niño no es tan fácil negarse a esta seducción. ¿Será por ello que ya son millones los que se han dejado imbuir?

Second Life se ha convertido en la máquina que convierte en realidad los sueños, y materializa las aspiraciones imposibles de alcanzar. Feos convertidos en playboy, menesterosos que no saben qué hacer con su dinero, debiluchos trocados en seres fornidos, apocados con un alto grado de sociabilidad. ¡Y todo a un bajo coste y sin esfuerzo alguno! En definitiva, el engaño encubierto bajo una densa cortina de humo.

En esta encrucijada, aprovechando la cercanía de un público fácil y accesible, ya han entrado a formar parte desde grandes empresas a políticos aspirantes a gobernar. La publicidad les sale gratis. Allí no encontrarán oposición a sus discursos, más o menos llenos de veracidad, porque aquellos a quiénes no les interese no les rebatirán, les ignorarán y punto.

Pero Second Life también es terreno pantanoso. Su lado oscuro empieza a descubrirse y su reputación ha quedado en vilo. Nick Shader, del programa de noticias Report Mainz, ha revelado casos de pederastia, fraude y lavado de dinero entre los usuarios. Las investigaciones no se han hecho esperar. El escándalo está servido.

¿Podría una vida virtual sustituir a la vida real? Sin duda alguna el juego ha conseguido verdaderos adeptos que le dedican muchísimas horas. Al igual que los problemas que podrían derivarse de los que hacen un uso abusivo del chat, internet u otro tipo de diversiones, también se encuentran en Second Life. La diferencia está en que en él uno juega a vivir. Por ello, este mayor realismo, puede embelesar a gente que antes no se sentía atraída con lo que había hasta ahora.

Second Life puede satisfacer aspiraciones puramente imaginarias, pero nunca podrá sustituir aquellas que son de tipo físico, y a la vez tan necesarias en toda vida humana: la proximidad real no existe, tus amigos no están a tu lado y no hay ni rastro de interacción humana.

Un alter ego enmascarado en Second Life. Puede resultar divertido, pero por muy difícil que sea la cruda realidad, más vale mantenerse despierto sabiendo lo que uno lleva entre sus manos, dedicando sus energías en sacar adelante los hitos propios del día a día. ¡Esto sí que es vida!

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“De la indignación a la reclamación”

artículo de aquilino polaino-lorente, catedratico de psiquiatria, en http://www.istmoenlinea.com.mx/, jueves 1 de marzo de 2007

La indignación comienza con el enojo y, con frecuencia, acaba en la ira contra algo o alguien y sin el reclamo se queda en eso. Reclamar es apoyarse en la indignación -de cuya energía tanto se precisa- para conducirla hacia donde es debido.

La siguiente anécdota pone de manifiesto uno de los errores en que puede incurrir cualquier persona: el excesivo aprecio por sí misma:

Un día cualquiera sube un viajero en un autobús. Un hombre de edad madura, elegante y de porte distinguido. Busca en sus bolsillos el ticket que precisa para viajar, pero no sólo no lo encuentra, sino que apercibe que no lleva moneda alguna; sólo la tarjeta Visa. Habla con el conductor, quien le explica que el reglamento de la compañía de autobuses no acepta la tarjeta para pagar. La conversación va subiendo de tono y comienzan a crisparse.

Los viajeros restantes observan -unos a hurtadillas, otros abiertamente-. Pero ninguno hace el más modesto gesto por encontrar solución al conflicto. Algunos, los más jóvenes y curiosos, se aproximan un poco.

De repente, en la acalorada discusión, el viajero increpa al conductor con una pregunta, enfáticamente airada: «¿Sabe usted con quién está hablando?». El conductor no responde: pone la señal intermitente, detiene el autobús en mitad de la calle y ordena al viajero sin billete que se apee. La circulación queda en parte bloqueada, las luces de otros vehículos se encienden y apagan y suenan claxons de protesta.

El conductor se pone en pie y como ampliando la discusión exclama ante los viajeros: «Este señor dice que si yo sé con quién estoy hablando. La verdad, no lo sé, ni me hace falta saberlo, porque lo que sí sé es que intenta colarse y no pagar su billete. ¿Alguno de ustedes sabe quién es la persona con quién estamos hablando?».

Se oye un murmullo, sin que se produzca respuesta alguna. El conductor se encara con el viajero y le espeta: «Ya ve usted que nadie le conoce, que nadie sabe quién es usted. ¡Usted es un don nadie, y ahora mismo se apea de este autobús!».

El resto de los pasajeros grita entonces a coro: «Fuera. ¡Que se baje, que se baje!» El hombre elegante enseña su Visa al público, hace un gesto destemplado y se apea. El autobús cierra las puertas y se pone en marcha; una salva de aplausos de los impacientes viajeros pone fin al conflicto.

Todo ha sucedido con tanta rapidez que la mayoría no se ha percatado de lo sucedido. En realidad, el conductor y los viajeros no han conocido a la persona que motivó el conflicto. Esta tampoco al conductor con el que discutió, ni a los viajeros que le increparon. Ni unos ni otros han tomado conciencia de lo que sucedía.

En principio, no es cierto que esa persona quisiera colarse. Estaba allí su Visa como muestra de sus buenas intenciones. Aunque una demostración inútil, puesto que no fue aceptada para ese pago de menor cuantía.

Todos, a su manera, han participado en el problema; pero ninguno ha intentado resolverlo. Las palabras han servido más para confundir que para poner un poco de claridad.

Es probable que el hombre de edad madura, modifique, después de esto, el concepto que tenía de sí mismo y es probable que también cambie el concepto que, en general, tiene de las personas. Ha sido alcanzado por la desaprobación y exclusión social; incluso, injustamente vejado y expulsado del vehículo.

Esta anécdota no tiene más pretensión que ejemplarizar algunas cosas que pasan, y poner en evidencia la facilidad con que los seres humanos no nos escuchamos unos a otros. Aunque los datos estén a veces en mi contra, desearía que no fuera verdad la vieja afirmación de Machado: «En España de cada diez cabezas, una sola piensa, las nueve restantes envisten».

Con el furor de la discusión todos han quedado confundidos. ¡Con lo fácil que hubiera sido que uno solo hubiera prestado su billete o abonado al conductor el precio del viaje del distinguido caballero!

Cada uno «su» razón para indignarse

Los personajes que intervienen en la historia incurrieron en la misma conducta: la indignación ante la injusticia sufrida. Todos se sintieron indignados, porque sobre todos recayó, aparentemente, la injusticia ?al menos así lo creyeron.

En primer lugar, el caballero de edad madura por las razones aludidas. En segundo, el conductor del vehículo, puesto que su responsabilidad es vigilar que los viajeros paguen su billete, y este caballero no sólo no tenía para pagar -al menos, según las normas establecidas por la compañía-, sino que además trató de intimidarle al atribuir a su propia personalidad un excesivo reconocimiento social, que al instante sería desmentido por los otros pasajeros.

A los restantes pasajeros se les hizo un flaco servicio ?al detenerse el autobús en mitad de la vía pública con las puertas abiertas?, causándoles la injusticia de llegar con retraso a sus destinos y hacerles perder el tiempo. En cuarto y último lugar, a los restantes conductores, que ignoraban lo que sucedía y sufrieron el atasco de circulación.

Todos se comportaron como personas que sufren una injusticia, causada probablemente por una falta de información en un usuario del transporte público.

El enojo: fuerza de resistencia del alma

De acuerdo con la aparente injusticia sufrida, la indignación hizo presa, de inmediato, en cada persona. Pero, ¿es suficiente la mera percepción de la injusticia para que algo sea realmente injusto? ¿Acaso no pueden engañarse los sentidos en lo que perciben o las cogniciones en lo que atribuyen a lo percibido? Veremos eso más adelante, por el momento nos detendremos en el fenómeno de la indignación.

La indignación comienza con el enojo y, con frecuencia, acaba en la ira. Lo propio de la indignación es la vehemencia que siempre se dirige contra algo o alguien. De ordinario, lo que indigna es el modo en que se comportan otras personas. Pero de los comportamientos es fácil remontarse a las personas que así se conducen.

La vehemente indignación se dirige casi siempre contra la otra persona o incluso contra sí mismo. La persona enojada, mientras esté presa o sea transportada por esa fulgurante pasión, no se compadecerá de los otros, tampoco de sí misma.

La queja es una cierta desazón o destemple del estado de ánimo -a causa del dolor, pena o sentimiento por el mal padecido- que abandonada a sí misma se transforma en resentimiento. La persona resentida se cuece en los sentimientos del pasado, de los que es rehén, poco importa que en la actualidad tengan o no acomodo en la realidad.

El resentimiento trabaja en la memoria, en la que busca una y otra vez lo referente a los eventos negativos. Tal vez por eso, la persona resentida se olvida del presente y del futuro. Más aún: los convierte en residuos del pasado.

Lo que mantiene la queja en el ser es el recuerdo. Mientras se pueda rememorar, reiterar y repetir una misma escena, siempre habrá quejas. Y así -sin pausa y con prisa- la persona airada se conduce hasta que encuentra un juez que la escuche y sancione al culpable.

«La capacidad de enojarse -escribe Santo Tomás en De malo- es la verdadera fuerza de resistencia del alma». Pero si no es ordenada, si no está sometida a la razón, la ira tiene un efecto cegador sobre la persona. En ese caso, la ira desmedida que se manifiesta en las explosiones de indignación, el rencor y el deseo de venganza atentan tres veces contra la templanza, en especial cuando no se dispone de una justa motivación para ello.

Reclamar es volver a clamar

Si la indignación no trastornara la razón, haría a la persona más dueña de sí y la potencia irascible se fortalecería dando origen a la virtud de la mansedumbre. Ser dueño de sí, en unas circunstancias como las descritas, significa moderar la irascibilidad, iluminar la razón y solucionar el problema.

Cuando esto acontece, entonces de la indignación se pasa a la reclamación. Algo que no suele ser frecuente entre los españoles, a los que se nos va más la fuerza -¿o debilidad?- por la boca (indignación manifestada como incontinencia verbal), y no por las reclamaciones escritas (alegaciones que dejan constancia de su apoyo en la razón), que son las que en verdad resuelven los problemas.

Reclamar es volver a clamar; hacerse oír en los asuntos de quien nadie se había ocupado hasta ahora, quizás porque no se había conocido o reflexionado sobre la verdad de los hechos. Reclama quien exige un derecho que ha sido conculcado o injustamente frustrado por la acción de otro.

En la reclamación hay también cierta diligencia, pero en ella lo pasional está sometido a control. Quien reclama reviste de racionalidad su perjuicio. Este «poner en razón» lo que le sucedió constituye un modo de someter los sentimientos a la racionalidad o, si se prefiere, tratar de hacerlos más razonables e inteligibles.

Optar por la indignación es optar por la irracionalidad de las pasiones -tan fulgurantes como ineficace-, perder el control de sí mismo, provocar probablemente una injusticia mayor a los otros y acrecer la magnitud del conflicto.

En cambio, optar por la reclamación hace crecer a la persona en la virtud de la templanza, repara la injusticia sufrida y soluciona el conflicto. La indignación es un vicio; la reclamación, una virtud.

Elogio de la mansedumbre

En el conflicto anecdótico, al que se ha hecho referencia, se siguió la peor parte. Todos se indignaron, pero nadie reclamó. Todos perdieron, pero nadie ganó. Los únicos que en verdad crecieron fueron la injusticia e impotencia humanas.

En realidad, en nadie compareció la mansedumbre. De haberlo hecho, el conflicto se habría resuelto antes, más y mejor. Pues, como escribe San Gregorio Magno, «la razón hace frente al mal con gran acometividad si la ira contribuye poniéndose de su parte» (Moralia in Job 5, 45). Pero es preciso que la indignación se ponga de parte de la razón, es decir, que actúe como una vis a tergo inspiradora y energizante de la razón, a fin de superar los conflictos, de acuerdo con la justicia.

Para reclamar es preciso reconducir la indignación y embridar la ira, de manera que la razón nos conduzca a puerto seguro. Reclamar es aquí sinónimo de atemperar (templar, templanza) la indignación y moderarla, de forma que se subordine a la razón, y no al contrario. Exige un esfuerzo mucho más costoso que el de indignarse. Reclamar es apoyarse en la indignación -de cuya energía tanto se precisa- y reconducirla hacia donde es debido.

La indignación por una causa justa forma parte de la mansedumbre. La persona inhibida no es mansa, especialmente si su comportamiento se agota en la mera indignación. La persona que vive la mansedumbre no es la que se inhibe frente a la injusticia, sino la que se hace violencia a ella misma y transforma la indignación en reclamación.

La persona inhibida -la que sólo se indigna- no es por eso más templada ni más fuerte, aunque sí puede ser más perezosa y estar cautivada (des-templada) por su comodidad. La persona mansa, en cambio, reprime la fuerza inicial de la indignación, la transforma y la pone al servicio de la justicia. Por eso soluciona los problemas. Por eso mismo también, la persona mansa queda justificada, mientras que la persona que sólo se indigna no.

La mansedumbre, contra lo que algunos opinan, no es una virtud de los débiles sino de los fuertes. Una virtud que mejora la salud física y psíquica, pues destila ese buen humor que adorna a las personas que son capaces de reírse de ellas mismas y de cuanto les sucede. Tal vez porque saben que si no contribuyen a solucionar los problemas -fortaleza- es porque forman parte de ellos -con su debilidad.

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