El gran dilema: ¿gritar o callar?


Algunos sectores de la comunidad judía acusan a Pío XII de no haber hecho todo lo posible para evitar la catástrofe de los campos de exterminio.

«El problema -responde el padre Gumpel- es qué debía hacer Pío XII. ¿Una protesta pública contra Hitler habría salvado a los judíos de la persecución? Hay que considerar también que la protesta habría podido empeorar la situación de los judíos y de la Iglesia católica en Alemania y en todos los países ocupados por los nazis. La protesta pública habría impedido a la Iglesia desarrollar su labor secreta de asistencia a los judíos.

«Fueron varios y dolorosos factores los que convencieron a la Santa Sede de que no interviniera públicamente. En 1937, Pío XI publicó la única encíclica escrita en alemán, Mit brennender Sorge, una denuncia enérgica del nacionalsocialismo y del racismo. Se puede decir que es el documento más duro que haya publicado la Santa Sede contra un poder político en toda su historia. Con gran secreto, el texto de esta encíclica fue introducido en Alemania, impreso en doce imprentas, distribuido con gran secreto a todos los sacerdotes responsables de iglesias y parroquias, hasta ser leído el 21 de marzo de 1937 desde todos los púlpitos en Alemania. ¿Cuál fue el resultado? ¿Se frenaron las persecuciones contra los judíos? No, en absoluto. Hitler montó en cólera y se recrudecieron las medidas contra los judíos. Las doce imprentas fueron confiscadas por la Gestapo y muchas personas acabaron en prisión.»

Otro ejemplo trágico, que muestra cómo actuaban los alemanes ante las protestas de la Iglesia, tuvo lugar en los Países Bajos. La ocupación nazi de Holanda en 1940 marcó automáticamente la suerte de los judíos. En todos los edificios resaltaba el cartel: «Voor Joden Verboten» («Entrada prohibida a los judíos»). Las deportaciones se hicieron masivas y sistemáticas desde 1942. Los jefes de las Iglesias calvinista, católica y luterana se pusieron de acuerdo para leer desde los púlpitos una protesta pública contra la deportación de los judíos. El proyecto fue conocido por el comisario del Reich para Holanda, Seys-Inquart, y por el comisario general Schmidt, quienes pusieron en conocimiento de los responsables religiosos que, si la protesta seguía adelante, los alemanes deportarían no sólo a los judíos de sangre y de religión sino también a los bautizados.[17] Ante esto, todos dieron marcha atrás menos la Iglesia católica. El domingo 26 de julio de 1942 se leyó en las iglesias católicas la carta de protesta en la que se decía: «Vivimos en una época de gran miseria, tanto en el campo espiritual como en eL material, pero dos hechos muy dolorosos llaman nuestra atención: el triste destino de los judíos y la suerte de quienes han sido destinados a trabajos forzados en el extranjero. Todos deben ser profundamente conscientes de las penosísimas condiciones de unos y otros; por eso, llamamos la atención de todos por medio de esta pastoral común.

»Estas tristísimas condiciones deben ser puestas en conocimiento de aquellos que ejercitan un poder de mando sobre aquellas personas: a este objeto, el reverendísimo episcopado, en unión con casi todas las comunidades de las Iglesias de los Países Bajos, ya profundamente afectadas por las medidas tomadas contra los judíos holandeses para excluirlos de la participación en la vida civil normal, han tomado con verdadero horror la noticia de las nuevas disposiciones que imponen a hombres, mujeres, niños y familias enteras la deportación a territorio del Reich alemán. Los inauditos sufrimientos infligidos así a más de diez mil personas, la conciencia de que una manera de proceder tal repugna al sentimiento moral del pueblo holandés, y sobre todo, el que esté en contraste absoluto con el mandamiento divino de la justicia y la caridad, obligan a las mencionadas comunidades de las Iglesias a dirigir la petición de que no se pongan en ejecución los procedimientos mencionados.»

Como consecuencia de esta toma de posición del clero holandés, se aceleró la deportación de los judíos de sangre y religión,[18] se deportó también a los judíos bautizados, entre ellos a Edith Stein y a su hermana.

Sor Pascalina Lehnert, asistente de Pío XII, contó que «los periódicos de la mañana fueron puestos en el estudio del Santo Padre, mientras él estaba a punto de ir a la audiencia. Leyó los títulos y se puso pálido como un muerto. Una vez de vuelta de la audiencia, antes de ir al comedor vino a la cocina con dos grandes hojas con mucho texto y dijo: “Quiero quemar estas hojas. Es mi protesta contra la terrible persecución antijudía. Esta tarde debía haber aparecido en L’Osservatore Romano. Pero si la carta de los obispos holandeses ha costado la vida a cuarenta mil personas, mi protesta costaría quizá doscientas mil. Por eso es mejor no hablar de forma oficial y guardar silencio, como he hecho hasta ahora, y hacer todo lo humanamente posible por esta gente”».[19]

Muchos judíos convencieron también al papa de que actuara en silencio.

El obispo de Münster, Clemens August von Galen, conocido por su valentía y su aversión al régimen nazi, antes de predicar contra la persecución antisemita tuvo contacto con la comunidad judía, que lo convenció de que no hiciera nada, porque un discurso no habría servido para nada y los hubiera llevado a la muerte.

Centenares de judíos, huidos de Berlín y de otras ciudades alemanas, llegaron al Vaticano para convencer a Pío XII de que no hiciera protesta alguna. El mismo consejo llegó de los obispos alemanes.

A este propósito, Georges Dreyfus, profesor en la Sorbona, ha referido en las páginas de la revista Nef un hecho interesante. Cuando el padre Pierre Chaillet y el abad Alexander Glasberg pidieron al primado de Francia, el cardenal Pierre Marie Gerlier, que protestara públicamente contra el internamiento en los campos de concentración de los judíos inmigrados a Francia, intervino el presidente del Consejo Central de los Judíos en Francia (el máximo representante de los judíos franceses) para decir que: «Estáis equivocados, no comprendéis que si levantamos estas cuestiones las autoridades tomarán medidas análogas contra los “israelitas franceses”. No es oportuno que el cardenal intervenga.»[20]

Cuenta el padre Gumpel: «He conocido personalmente el régimen de Hitler. Como quedó claro en el proceso de Nuremberg, era un fanático y la persecución de los judíos era una fijación. No era posible tocar esa tecla sin consecuencias peores. El barón Von Weizsäcker, embajador alemán ante la Santa Sede, y su asistente, Von Hassel, desaconsejaron al papa que hiciera una intervención pública. Así lo afirmaron en el proceso de Nuremberg. El Vaticano se habría arriesgado a ser ocupado por los nazis.»

Notas

[17] Cfr. Pia Secco Suardo, «I Vescovi contro le crudeltà», y Antonio Cederle, «Come colpi di maglio le loro vive proteste», ambos artículos en L’Osservatore Romano della Domenica, número especial monográfico, 28 de junio de 1964, pp. 36-38.

[18] Cfr. El diario católico De Tiyd, 3 de agosto de 1942.

[19] Pascalina Lehnert, Pio XII, il privilegio di servirlo, Rusconi Editore, Milán, 1984, pp. 148-149.

[20] La historia entera tiene como fuente el libro escrito por Asher Cohen, Persécutions etsauvages, y está recogida en el artículo titulado «L’Église, Vichy e les Juif», publicado por la revista católica Nef, noviembre de 1997.

 

Por Antonio Gaspari

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