Sien@, 290


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“El alma está en el cerebro”

libro de eduardo punset, director de redes y autor de  este libro en la editorial aguilar. crítica de luis maría gonzalo, catedrático de anatomía y embriología por la universidad de navarra , en www.aceprensa.com, miercoles 28 de marzo de 2007

El alma está en el cerebro. Aguilar. Madrid (2006). 344 págs. 18,50 €.

Eduardo Punset, abogado y economista, es director y presentador del programa televisivo de divulgación científica “Redes” de TVE. Algunos de los temas del libro que comentamos han sido tratados por el autor anteriormente en “Política y neurología de la creatividad” o “El viaje a la felicidad” (ver Aceprensa 33/06).

El cerebro y sus complejas realizaciones es uno de los temas que trata con mayor frecuencia en las sesiones del programa “Redes”. El mismo Punset ha dicho que una de sus obsesiones es explicar científicamente los procesos que se producen en el cerebro cuando realizamos diferente tareas, desde las más mecánicas, como el andar, hasta las más elevadas, como el pensar.

Por ello se hace preguntas, y trata de darles respuesta, como las siguientes: ¿lo que llamamos alma es solo el resultado de reacciones químicas y eléctricas?; ¿se puede manipular el pensamiento de otros?; ¿los artistas tienen un cerebro distinto?; ¿lo que sugiere nuestro inconsciente es lo que somos?; ¿nos engañan nuestras percepciones?

Sostiene, con razón, que los interrogantes que suscitan los mecanismos cerebrales son innumerables. Ahora bien, en cuanto se leen unas páginas del libro se advierte que quien está intentando explicar esos complejos mecanismos es un abogado-economista, que no posee una información seria del sistema nervioso.

Por otra parte, por convicción personal, el autor se coloca del lado de los neurocientíficos reduccionistas, que piensan que el cerebro lo es todo: el alma, el órgano del pensamiento, de la moralidad, de la felicidad, de las creencias religiosas.

Para Punset todo es cerebro.

La dificultad, y no pequeña, es explicar cómo perciben las neuronas (no cómo sienten, que sí se conoce) y cómo piensan. Los reduccionistas sinceros no tienen dificultad en confesar que no lo saben, pero enseguida afirman que nuevos descubrimientos permitirán saberlo. Lo que no se entiende es que, si no saben cómo piensan las neuronas, afirmen con tanta seguridad que el cerebro es el que piensa.

Quizá Punset, por no tener una formación neurocientífica básica, no se ha planteado el enigma del pensar de las neuronas. O quizá dirá que lo tiene resuelto, pues los resultados obtenidos con la neuroimagen –especialmente mediante la PET y la RMf– nos han dado a conocer los centros nerviosos y las áreas de la corteza cerebral que se activan cuando realizamos distintas actividades, también cuando pensamos. Pero esta afirmación de los reduccionistas simplificadores indica que no son conscientes de que están identificando el instrumento, que en este caso es el cerebro, con el agente, que es la persona. Quien piensa, quien ama, quien se emociona y se relaciona con Dios, no es el cerebro sino la persona.

El autor dice que al escribir “El alma está en el cerebro” pretendía compartir con los lectores los descubrimientos fascinantes sobre el funcionamiento de este artilugio que llevamos dentro. Pero sólo ha conseguido hacer una divulgación sin una fundamentación científica seria, y además sesgada por la mentalidad reduccionista del autor.

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“Titulares sobre el infierno”

articulo de diego contreras en www.laiglesiaenlaprensa.com, martes 20 de marzo de 2007

El deseo por construir titulares de prensa atractivos y dinámicos lleva a veces a resultados que rayan el ridículo.  En ese ejercicio la prensa italiana se lleva con toda probabilidad la palma de oro. Destaca -sobre todo- por un uso descarado de las comillas, con las que se atribuyen frases impactantes a personas que nunca las pronunciaron. Frases que proceden más bien de la manga mágica del redactor del titular. Ejemplos no faltan, pero hoy me he fijado en cómo Il Giornale titula la información sobre la visita de Benedicto XVI a una parroquia romana, y de lo que dijo durante la homilía de la misa: El Papa: “No pequéis demasiado / El infierno existe y es eterno”

Resulta obvio que el Papa nunca pronunció esas palabras (“no pequéis demasiado…”), que suenan más bien a un comentario realizado ante una cerveza en la barra de un bar.  Que se trata de una invención del “titulista” lo demuestra la lectura del texto, que sintetiza claramente lo que dijo el Papa. ¿Era necesario ese malabarismo para atraer la atención del lector? Pienso que no está justificado, y que en el fondo quita credibilidad al periódico, pues ratifican la idea de que “ya se sabe que los titulares siempre exageran”.

Además, en este caso la noticia no necesitaba de tales “ayudas”. Que el Papa diga que el infierno existe y que se habla poco de ello, ya es de por sí una noticia. Así lo han entendido otros diarios, como La Repubblica: “No se habla, pero el infierno existe“. ¿No es suficiente?

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“El infierno: una realidad desagradable y misteriosa, pero necesaria para la libertad del hombre”

Articulo de vitorio messori, en il corriere della sera (italia)

Lunes 26 de marzo de 2007

«Eminencia, ¿por qué los sacerdotes, en sus innumerables homilías (más de 25.000 cada domingo solamente en Italia) no hablan del Más Allá, y sobre todo rehuyen pronunciar una palabra que ha llegado a convertirse en tabú: Infierno? ». A la pregunta, el entonces Prefecto del ex-Santo Oficio, cardenal Joseph Ratzinger, me miró un poco irónico: «la realidad es que hoy todos nos creemos tan buenos que no nos podemos merecer otra cosa sino el paraíso. Esto proviene ciertamente de una cultura que, a fuerza de atenuantes y coartadas, tiende a borrar en el hombre el sentimiento de su propia culpa, de su pecado. Alguien ha observado que las ideologías que predominan actualmente coinciden todas en un dogma fundamental: la obstinada negación del pecado, de la verdad que la fe vincula al Infierno».

Bien consciente que se trata de una realidad misteriosa y desagradable pero no obviable (son las mismas palabras de Jesús: «Y éstos irán al suplicio eterno»). Ratzinger, primero como cardenal y ahora como Papa, no le aplica rebajas al Credo y habló y habla del Infierno, con su tono didáctico y entusiasta, y aquel rostro de infante ochentón. Lo hizo también ayer en una parroquia de la periferia romana, poniendo en guardia a los que aman el pecado, a los que están cerrando las puertas a Dios, en fin a los que quieren irse al Infierno. Por que efectivamente, ahí está el quid de la cuestión: Dios no nos condena, si no que somos nosotros mismos los que lo hacemos, al rechazar —por alguna enigmática autodestructividad— el perdón, la salvación y la gloria.

Hay algo sospechoso en la reacción, frecuentemente violenta, del «mundo», cuando la Iglesia reafirma su convicción en la existencia de una realidad que no puede obviar, está demasiado definida y clara en la Escritura. Incluso para los no creyentes, a quienes sobretodo el Infierno les debería retraer a tiempos de oscurantismo, de una fe rechazable por mirar hacia atrás; en cambio, precisamente en este tema, cierta cultura parece reaccionar agitada e inquieta, no con ironía sino con invectiva. Tanto que, por ejemplo, en Por qué no soy cristiano, se propone como una de las principales razones del rechazo del hombre moderno occidental; Bertrand Russell acabó agarrándose a un escándalo mayúsculo e inaceptable donde los haya: el Infierno.

Semejantes razonamientos olvidan que el Evangelio se llama «Buena Nueva», porque anuncia en Jesús el perdón de Dios, la Redención, la Salvación. Lo que la Iglesia predica, sobre aquel Evangelio, es el Paraíso, la Vida Eterna , la Gloria, la Luz de un Padre que se ocupa de cada uno. El Infierno no es creación de ese Dios de misericordia, sino del hombre. Dios lo ha creado libre, no ha querido esclavos si no hijos, no impone Su propia presencia para respetar la autonomía del hombre. El respeto hasta el final, y por lo tanto también respeto a la posibilidad del rechazo, obstinación y contumacia a la propuesta de alianza y amor, hasta la posibilidad de preferir las tinieblas a la Luz y el mal al bien. Como alguien ha indicado, con una paradoja no infundada, «sin el Infierno, el Paraíso es un campo de concentración»; esto es, un lugar (o, mejor, un ‘estado’ misterioso, más allá del espacio y el tiempo), un lugar de destino obligado, al que nadie puede sustraerse. La vida sería como una vía férrea con un solo origen y un solo final, con la abolición consecuente de la libertad de elección autónoma del propio destino. Directo aunque suicida.

Con la confirmación del respeto al misterio, la Iglesia, haciendo santos y beatos, empeña su autoridad en proclamar que un difunto se encuentra ciertamente en el Paraíso. Pero nunca ha hecho, ni hará, «cánones», es decir, listas, de condenados. Ciertamente, a pesar de las explicaciones, la perspectiva de un castigo eterno, sin rescate, ha provocado y provoca interrogantes y reacciones en la Iglesia misma. Algún teólogo ha supuesto que el Infierno sí existe, pero está vacío. Sin embargo, alguno ha replicado justamente: «es probable que esté vacío. Pero eso no quita que precisamente tú y yo podamos ser los primero en inaugurarlo».

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“[50 años después del Tratado de Roma]. Benedicto XVI: Europa apostata de sí misma, antes que de Dios

articulo en www.aceprensa.com, servicio 36, miercoles 28 de marzo de 2007

Cincuenta años después de la firma del Tratado de Roma, que fue el germen de la Unión Europea , Europa da la impresión de que “estuviera perdiendo de hecho la confianza en su porvenir”. Así lo señaló Benedicto XVI el 24 de marzo en el discurso que dirigió a los participantes en un congreso con motivo de la efemérides, organizado por la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea. Opinión fundamentada en el invierno demográfico que vive el continente, en el que “hay que constatar por desgracia que Europa parece que ha emprendido un camino que podría llevarla al fin de su historia”.

Tras glosar los logros obtenidos en estos 50 años de Unión Europea –sobre todo “la reconciliación de los dos ‘pulmones’, Oriente y Occidente” y la integración económica y política–, expresó su preocupación ante la crisis de valores que aqueja a Europa. El Papa recordó que “no se puede pensar en edificar una auténtica ‘casa común’ descuidando la identidad propia de los pueblos de nuestro continente”, que está “constituida por un conjunto de valores universales, que el cristianismo ha contribuido a forjar, desempeñando de este modo un papel no sólo histórico, sino de fundamento para Europa”.

Tras reclamar a Europa que siga siendo “fermento de civilización”, se preguntó cómo sin esos valores “podría el Viejo Continente seguir desempeñando la función de levadura para todo el mundo”. Denunció de ese modo “esta singular forma de apostasía de sí misma, antes aún que de Dios”, que consiste en el rechazo de “que haya valores universales y absolutos” e ignore “un elemento esencial de la identidad europea, como es el cristianismo, en el que una amplia mayoría de ellos [los ciudadanos] sigue identificándose”. Porque, denuncia Benedicto XVI, “se va difundiendo la convicción de que la ‘ponderación de los bienes’ es el único camino para el discernimiento moral y que el bien común es sinónimo de compromiso”; compromiso o consenso que “se transforma en un mal común cuando implica acuerdos dañinos para la naturaleza del ser humano”.

El Papa fue categórico al criticar la construcción de una comunidad “sin respetar la auténtica dignidad del ser humano, olvidando que cada persona está creada a imagen de Dios”. Pidió que se evite la actitud pragmática según la cual se “justifica sistemáticamente el compromiso sobre los valores humanos esenciales” como “un presunto mal menor”, lo que está lejos de ser “equilibrado y realista” como se dice, ya que “niega esa dimensión de valores e ideales, que es inherente a la naturaleza humana”.

En ese pragmatismo, señala el Papa, “se introducen tendencias laicistas o relativistas”, negando “a los cristianos el derecho mismo a intervenir como cristianos en el debate público o, al menos, se descalifica su contribución con la acusación de que buscan defender injustificados privilegios”. Pero, si la Unión Europea “quiere garantizar adecuadamente el Estado de derecho y promover eficazmente los valores humanos, tiene que reconocer con claridad la existencia cierta de una naturaleza humana estable y permanente, fuente de derechos comunes para todos los individuos, incluidos los de aquellos que los niegan”. Por ello “hay que salvaguardar el derecho a la objeción de conciencia, cada vez que los derechos humanos fundamentales sean violados”.

Finalmente, el Santo Padre alentó a los cristianos a “promover valientemente esta verdad sobre el hombre”. Sin incurrir en el cansancio o el desaliento, el cristiano tiene “la tarea de contribuir a la construcción, con la ayuda de Dios, de una nueva Europa, realista pero no cínica, rica de ideales y libre de ilusiones ingenuas, inspirada en la perenne y vivificante verdad del Evangelio”. Exhortó a participar “de manera activa en el debate público europeo” acompañándolo de “una acción cultural eficaz”.

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“Los científicos y la religión”

artículo de francisco lorca, en ideal de granada,

miercoles 28  de febrero de 2007

De vez en cuando los científicos nos sorprenden gratamente con sus declaraciones. No me refiero sólo a sus investigaciones y descubrimientos, que también, sino a sus reflexiones sobre la realidad y la vida, que a veces llaman la atención por no estar en sintonía con las posturas habituales o por no guardar continuidad con planteamientos anteriores. Estos pronunciamientos son significativos porque dejan entrever que quizá algo esté cambiando en las históricamente convulsas y complejas relaciones de la ciencia con el pensamiento filosófico y sobre todo religioso.

Hace unos meses, el sociobiólogo E. O. Wilson, famoso por sus estudios sobre el comportamiento comunitario de las hormigas y por afirmar con contundencia que sólo somos simios dotados de conciencia, publicaba su libro ‘ La creación’. Pero la noticia llamativa es que ahora ha decidido reunirse con diferentes líderes religiosos para trabajar conjuntamente por la preservación de la naturaleza y la concienciación ecológica, pues piensa que la religión y la ciencia son los dos grandes motores de la humanidad. También el conocido matemático de Oxford Roger Penrose (‘El camino a la realidad’), en una reciente entrevista en ‘XL Semanal’, además de reconocer con sinceridad las limitaciones actuales de la ciencia y sus discrepancias con teorías como los universos paralelos o la mecánica cuántica, mostraba su respeto por lo religioso y no descartaba la posibilidad de una colaboración entre ciencia y religión. Para algunos científicos parece que comienza a no ser tabú ni vergonzante hablar de religión. Y no sólo eso, algunos hasta se atreven a manifestar su aprecio por lo espiritual, aunque sólo sea en un sentido genérico en consonancia con las corrientes orientalistas y místicas tan de moda ahora en el mundo occidental. No hay más que leer los trabajos de autores como Paul Davis (‘La mente de Dios’), Francisco J. Rubia (‘La conexión divina’) o Ken Wilber (‘Breve historia de todas las cosas’).

Recuerdo que allá por el año 92, en la Universidad Pontificia de Salamanca, J. L. Ruiz de la Peña lamentaba la escasa atención que los científicos prestan al pensamiento teológico. A los que asistíamos a su curso sobre ‘La pregunta por el sentido’ nos sorprendió el interés de este teólogo por el discurso de la ciencia. Lamentablemente , aún hoy, la dificultad para entablar un auténtico diálogo entre lo científico y lo religioso viene propiciada en muchas ocasiones por prejuicios e ignorancias. Un buen ejemplo puede ser el último libro de Eduardo Punset, ‘El alma está en el cerebro’. El ambiguo título —tal vez intencionado— parece sugerir, para regocijo del materialista y sorpresa del creyente, que el alma y el cerebro son la misma cosa. Pero la cuestión está en que para el cristiano no debería haber ninguna dificultad en esta expresión, pues desde una antropología unitaria y bíblica afirmar la interdependencia de lo físico y lo espiritual es pertinente. Que el alma, como principio espiritual, está en relación con el cerebro pero no es el cerebro ni se identifica con él, es compatible con la teología católica.

Este tipo de malentendidos, que en este caso implica presuponer que la antropología religiosa es dualista (alma y cuerpo separados, y hasta platónicamente enfrentados), es lo que muchas veces dificulta un verdadero encuentro entre la religión y la ciencia. Como señala Fernando Mesquida lo que sucede es que «algunas mentalidades siguen todavía ancladas en los mismos esquemas de pensamiento y creencias que reactivamente se suscitaron en la sociedad victoriana del siglo XIX». Y no sólo en el ámbito religioso, donde unos no han superado la lectura literalista de la Biblia, sino también en el científico donde otros se mantienen en posturas materialistas excluyentes.

Jorge Wagensberg, director del Museo de la Ciencia de Barcelona, propone que «nunca te preguntes el por qué de las cosas, sino el cómo». Puede ser una frase ingeniosa, pero poco realista. El ser humano está interesado en conocer los mecanismos del cosmos y de la mente, pero también en su origen y finalidad. Por eso la experiencia religiosa brota desde la racionalidad y necesidad de totalidad, preocupándose no sólo por el hecho de la muerte sino por el sentido de la vida. Hasta F. Nietzsche llegó a decir que «quien tiene un por qué para vivir puede soportar cualquier cómo». Los científicos materialistas deberían reconocer que hacer una lectura atea de sus investigaciones no es más que una hipótesis metafísica —en definitiva una creencia— sobre la realidad, y que desde una actitud sincera la visión cristiana (Dios como ser personal, que crea, se revela, salva e interviene en el mundo a través del hombre) es al menos tan respetable como la suya. Lo evidente es que el Misterio nos envuelve y nos interpela. Y que al final, la confianza —fiarse de, creer en— es lo que cuenta en la vida. Ciencia y religión fueron rivales durante mucho tiempo, desconocidas un largo periodo, y ahora ojalá comiencen a ser compañeras de viaje. Entre ambas no debe haber conflicto, ni sólo independencia y diálogo, sino integración. Estudios como el de Denis Edwards en ‘El Dios de la evolución’ son muy alentadores. La ciencia siempre será necesaria para conocer lo penúltimo, el cómo de la realidad, pero sólo la apertura a lo trascendente nos llevará a situarnos en el por y para qué, en aquello que confiere sentido último a la existencia.

Un saludo, Jesús Vélez

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