Debate sobre Dios


La categoría de una sociedad viene dada por la hondura de las cuestiones que en ella se plantean y se discuten. Suscita nostalgia recordar que la prensa europea prácticamente se inauguró con el debate entre Bossuet y Fenelon acerca del amor puro. Antes, en el siglo XVII francés, la cultura, la política y la religión andaban pendientes cada día de las polémicas acerca de la gracia entre Port Royal, Pascal y Arnauld, por una parte, y jesuitas y escolásticos en general, por otra. ¿Cómo valorarán, en cambio, nuestros sucesores la actualidad que comparece en los medios españoles de hoy? Sin necesidad de imaginarse el futuro, tarea problemática si las hay, cualquier contemporáneo nuestro que no esté empecinado por el partidismo y las ideologías se sonrojará ante la incapacidad de dialogar sobre los asuntos de interés común con un mínimo de rigor y altura. Nuestros problemas de fondo no son políticos, son ante todo culturales. Padecemos un déficit intelectual que casi nadie parece advertir ni hacer algo por remediar.
Nuestra debilidad conceptual se traduce en el sectarismo de las nuevas leyes con relevancia ética, y en la torpeza dialéctica que frente a ellas manifiestan quienes discrepan de unos planteamientos que se oponen frontalmente a la dignidad de los seres humanos. No es extraño que —en tal atmósfera de banalidad— proliferen, además, objeciones carentes de fundamento científico contra los grandes temas antropológicos y teológicos que llegan a nosotros avalados por los mejores pensadores de la historia y del presente.

La trivialidad campea en enfoques que atribuyen la admisión de la existencia de Dios a algún tipo de deformación genética o patología cerebral. La mejor filosofía de los siglos XX y XXI resultó posibilitada cuando Frege y Husserl argumentaron abrumadoramente que las leyes matemáticas y lógicas no dependen de la psicología, del modo humano de pensar, sino que poseen objetividad propia y autónoma. Lo cual es todavía más notorio cuando se refiere a la realidad absoluta y trascendente. Una postura mucho más grosera que el psicologismo, el biologismo, había quedado arrumbada en las vías muertas del XIX. Sin embargo, los mismos errores positivistas que fueron descartados en su momento por la fenomenología, la hermenéutica y la filosofía analítica del lenguaje, se reiteran hoy desde las páginas de los bestsellers o de los suplementos presuntamente científicos de periódicos que pasan por ser intelectualmente serios.


Una de las grandes carencias de nuestra vida intelectual es la ausencia de un número suficiente de pensadores creativos que se enfrenten de nuevo con las cuestiones hondas y palpitantes de la condición humana y, especialmente, con las convicciones y esperanzas que se están abriendo ante nuestras mentes a comienzos del siglo XXI. A falta de indagaciones propias, resulta que aquí se produce con mucho retraso la recepción de lo que en el ancho mundo se piensa y se discute. Por ejemplo, Richard Dawkins sigue siendo entre nosotros un oráculo de la ciencia, cuando no pasa de realizar una brillante —y muy sesgada, por cierto— labor de divulgación científica desde su cátedra de difusión pública de la ciencia en
la Universidad de Oxford. Sin haber leído todavía su libro The God Delusion no falta quien comparte cándidamente con él la convicción de que Darwin respondió suficientemente a todas las preguntas concernientes a la existencia del mundo y a la realidad de la mente humana. Otro escritor no menos brillante, Stephen Gould, ha desplegado un panorama de la evolución biológica mucho más complejo, difícilmente compatible con simplificaciones obsoletas. Según decía Elizabeth Anscombe, discípula predilecta de Wittgenstein, contestar a los interrogantes sobre el origen radical de las cosas con la fórmula evolución equivale a reconocer la propia ignorancia.

La gran tarea pendiente para los españoles es dar un empujón decisivo a la investigación científica. Para romper de una buena vez nuestra mediocridad investigadora, se impone convertir en público el convencimiento de que las ciencias naturales, sociales y humanas no están al servicio de posiciones dogmáticas o partidistas. El conocimiento constituye un patrimonio de todos, y el ambiente de su crecimiento es la completa libertad de expresión y el fomento de la creatividad.

“Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”. Todos compartimos los mismos problemas acerca del sentido de la vida, la existencia de Dios y nuestro destino tras la muerte. A estas alturas no necesitamos de un catecismo positivista que nos instruya acerca de los adelantos científicos. Tal información está al alcance de cualquiera que disponga de la necesaria preparación intelectual. El furor pedagógico y el paternalismo intelectual están hoy sencillamente de más. Con el viejo Immanuel Kant, volvemos a proclamar audazmente: ¡Atrévete a saber!

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