Siena, 282


 

SUMARIO

1

“Alivio por la renuncia del Arzobispo de Varsovia. La colaboración con la policía comunista, un lastre para la vida pública polaca”

articulo de higinio paterna desde varsovia, en www.aceprensa.com, servicio 1/07, miercoles 10 de  enero de 2007

2

“También lo intentaron con Wojtyla”

articulo de joaquin navarro-valls, ex portavoz del vaticano en elpaís, martes 9 de enero de 2007

3

“Benedicto XVI: La sana laicidad implica que las realidades terrenas gozan de autonomía de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral”

discurso de benedicto xvi en el 56 congreso nacional de la unión de juristas católicos italianos, en www.vatican.va, sabado 9 de diciembre de 2006

4

”Las narices del estado en la alcoba y en la cocina

Comentario al articulo de daniel finkelstein en The times , en www.aceprensa.com, servicio 3/07, miercoles 10 de  enero de 2007

5

 ”Mahatma Gandhi: el Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes. [Paz para no dejarse guiar por los prejuicios]

mensaje de benedicto xvi sobre la jornada mundial de la paz, en www.vatican.va, celebrado el 1 de enero de 2007

1

“Alivio por la renuncia del Arzobispo de Varsovia. La colaboración con la policía comunista, un lastre en la vida pública polaca”

articulo de higinio paterna desde varsovia, en www.aceprensa.com, servicio 1/07, miercoles 10 de  enero de 2007

Las últimas dos semanas han supuesto la crisis más profunda de la Iglesia polaca desde la caída del comunismo o, por ir más lejos, desde el encarcelamiento del cardenal Wyszynski por el anterior régimen en 1953. La renuncia el día de su investidura del recién nombrado arzobispo de Varsovia, Mons. Stanislaw Wielgus, por haber ocultado su colaboración con los comunistas, ha conmocionado a los fieles, pero también muchos han dado un suspiro de alivio.

Todo estaba ya preparado para la ceremonia de ingreso del nuevo arzobispo de Varsovia. Pero el arzobispo Wielgus se puso a disposición de Benedicto XVI y éste aceptó la renuncia. En lugar de la ceremonia de investidura se celebró una Misa de acción de gracias por los frutos de la labor de su predecesor, el cardenal Józef Glemp, que provisionalmente va a seguir al frente de la diócesis. Según el portavoz de la Santa Sede , padre Federico Lombardi, “la renuncia por parte del arzobispo Wielgus al cargo de arzobispo de Varsovia aceptada por el Santo Padre parece la mejor solución posible”.

De la negativa a la confesión

No había peligro de división en la Iglesia polaca: los fieles católicos, tanto sacerdotes como laicos, acatarían las decisiones del arzobispo Wielgus, pero la prueba habría sido dura. El senador y conocido intelectual Jaroslaw Gowin declaraba el viernes 5 de enero al diario “Dziennik” que las acusaciones son tan graves que, de confirmarse, “constituirían un obstáculo moral para desempeñar incluso el empleo de profesor en una escuela. Y ¿qué decir si se trata de la dignidad de arzobispo de Varsovia?”.

Por su parte, Ewa Czaczkowska, periodista del periódico “Rzeczpospolita”, constataba que “el haber colaborado no descalifica a nadie, pues todos pecamos y en la Iglesia podemos obtener el perdón, pero es condición necesaria confesar el pecado y cumplir la penitencia. En las primeras declaraciones del arzobispo no hubo disculpas por haber defraudado la confianza de miles de fieles, por habernos mentido. Sólo aparecieron el viernes por la tarde”.

Efectivamente, durante las dos últimas semanas el arzobispo Wielgus fue modificando su versión de los hechos y fue eso lo que más dolió a los polacos y a los varsovianos en particular. Al principio calificó el artículo del diario “Gazeta Polska” –el primero que sugería sus contactos con el aparato represor comunista– como un ataque a la Iglesia y desmintió rotundamente los hechos. Conforme aparecían pruebas fue dando pasos atrás. Aclaró que nunca hizo todo lo que le pedían, que solo se limitó a informarles y que nunca hizo daño a nadie con sus declaraciones. Finalmente, la comisión histórica de la Iglesia que se ocupó del caso e investigó los documentos que custodiaba el Instituto de Memoria Nacional (IPN en sus siglas en polaco) confirmó en la mañana del 5 de enero que la colaboración duró más de 20 años y que fue libre y consciente.

Aun entonces Wielgus se negó a conceder valor a las acusaciones. Pero por la tarde, ya después de tomar posesión de la diócesis, admitió la culpa y pidió perdón a los fieles. Wielgus reconoció que “causé entonces un daño a la Iglesia y lo he vuelto a causar en estos últimos días con mis esfuerzos por desmentir las acusaciones”.

Por supuesto, los invitados a la ceremonia de ingreso, principalmente vecinos y amigos del arzobispo, protestaron al enterarse de su renuncia, pero la palabra que se oye con más frecuencia en las calles de Varsovia es “alivio”. Lo que más ha sorprendido, por ser un hecho sin precedentes, ha sido la rápida reacción de la Santa Sede a la confirmación por parte de la comisión histórica de la Iglesia de la colaboración del arzobispo Wielgus con los órganos de represión del sistema comunista. Los periodistas polacos ven que este cambio de posición fortalece la autoridad de la Santa Sede , al corregir la situación después de que han aparecido nuevos datos.

La campaña mediática

Interesante ha sido el comportamiento de los medios de información polacos durante la crisis. No han sido los medios críticos con la Iglesia los que han pedido al arzobispo que aclarase la situación y más adelante que pospusiera o renunciara a la investidura, sino periodistas e intelectuales católicos.

Argumentaban que sería motivo de escándalo que la sede del cardenal Wyszynski y el título de pastor de la diócesis donde trabajaron sacerdotes como el padre Popieluszko, asesinado por los comunistas, fueran ocupados por un antiguo confidente de la policía secreta sin haber explicado su situación ni pedir perdón si fuera el caso. Les preocupaba que las decisiones del arzobispo de una de las más importantes diócesis del país pudieran estar condicionadas por gente que conociera su pasado. También se daría a entender a otros miembros de la Iglesia que la colaboración con los comunistas no era un mal en sí, en contra de lo que la Conferencia Episcopal afirmó en su memorial de agosto pasado.

Decían también que si en la Santa Sede el arzobispo Wielgus había declarado sobre su pasado lo mismo que en Polonia, había inducido a error al Vaticano. Es cierto también que, de momento, han funcionado mal las comisiones históricas diocesanas que debían investigar los documentos del IPN. La de Varsovia sólo se ocupó de los documentos sobre Wielgus a última hora, a partir del día 2 de enero, lo que querría decir que seguramente en el Vaticano no lo sabían todo.

En cuanto a las reacciones de la prensa, ha sido cuanto menos curiosa la sintonía entre el diario progresista “Gazeta Wyborcza” y la muy conservadora Radio Maryja en defensa del arzobispo, en una cruzada contra lo que llamaban un “linchamiento”. Para ellos los culpables de la situación han sido los medios que publicaron los documentos que, a juicio de los historiadores, no dejan lugar a dudas. En una entrevista publicada en “Gazeta” hace pocos días, el arzobispo aún negaba que sus relaciones con la policía secreta fueran nada más que encuentros para que le concedieran el pasaporte.

Esto resulta revelador a la luz de los acontecimientos posteriores y teniendo en cuenta que la línea de este periódico es absolutamente contraria a la “lustración” de agentes del antiguo sistema y de que siguen apareciendo nombres de colaboradores del diario que resultaron ser confidentes de los órganos de seguridad comunistas. Puede que el arzobispo Wielgus creyera al general Kiszczak, que aseguró que las actas de los servicios secretos relativas a eclesiásticos habían sido quemadas. Pero no parece que la palabra de uno de los artífices de la ley marcial y de la lucha contra Solidaridad y la Iglesia sea muy de fiar: efectivamente, en este caso no quedaron papeles, pero los microfilmes estaban intactos.

Declaración de la Santa Sede

El padre Federico Lombardi, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede , emitió el domingo 7 una declaración en la que afirma que “el comportamiento de monseñor Wielgus en los años pasados del régimen comunista en Polonia ha comprometido gravemente su autoridad, incluso ante los fieles. Por ello, a pesar de su humilde y conmovedora petición de perdón, la renuncia a la sede de Varsovia y su rápida aceptación por parte del Santo Padre ha parecido una solución adecuada para afrontar la situación de desorientación que se ha creado en esa nación”.

“El caso de monseñor Wielgus no es el primero y probablemente no será el último de ataques a personalidades de la Iglesia en virtud de la documentación de los servicios del pasado régimen”, añade. “Se trata de un material enorme y, al intentar evaluarlo y sacar conclusiones fiables, no hay que olvidar que fue producido por funcionarios de un régimen opresivo y chantajista”.

“La actual oleada de ataques a la Iglesia católica en Polonia no parece una sincera búsqueda de transparencia y verdad, sino más bien una extraña alianza entre perseguidores del pasado y otros adversarios, una venganza por parte de quien, en el pasado, la había perseguido y fue derrotado por la fe y por la sed de libertad del pueblo polaco”. “La verdad os hará libres”, dice Cristo –concluye el portavoz–. La Iglesia no tiene miedo de la verdad y, para ser fieles a su Señor, sus miembros deben saber reconocer sus propias culpas”.


Para saber más

Polonia: siguen las revelaciones sobre antiguos confidentes de la policía comunista (Aceprensa 105/06). Reportaje sobre los procesos de la llamada “lustración”, para depurar los servicios públicos de quienes colaboraron con los servicios secretos del régimen comunista. Entre ellos hubo también sacerdotes, a quienes el régimen sometió a un acoso particular. Los obispos habían prohibido cualquier colaboración de este tipo.

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“También lo intentaron con Wojtyla”

articulo de joaquin navarro-valls,

 exportavoz del vaticano en el país, martes 9 de enero de 2007 

“El nombramiento y posterior dimisión de monseñor Wielgus y la sensación que ha causado la confesión de su colaboración con los servicios secretos polacos, me han hecho pensar en dos anécdotas que me ocurrieron hace algunos años.

Era el mes de junio de 1988 y me encontraba en Moscú junto al cardenal Casaroli, con motivo de la celebración del Millennium cristiano de Rusia. Habían pasado sólo tres años desde que Gorbachov llegara al poder, Wojtyla y su perestroika aún no era más que una hipótesis. A las 16.30, recibí una llamada en la habitación del hotel Sovietskaya, donde me alojaba. Al principio la voz empezó a hablarme en ruso, pero después, ante mi petición de pasar al inglés, oí que me respondía: “¡Niet!”. Entonces le pedí que me hablara en francés, italiano o español, pero a cada una de mis propuestas la voz repetía: “¡Niet!”. La conversación habría terminado allí si, en ese momento, no me hubiese pedido que hablara en latín. Yo respondí con cierto embarazo: “Intelligo”. Él continuó diciendo: “Ego episcopus ucrainum sum” [Soy un obispo ucraniano].

Me dijo que se llamaba Ivan Markitis. Me explicó que había leído en Pravda un artículo sobre la presencia en Rusia de una delegación católica y que había viajado a Moscú desde Ucrania para reunirse con nosotros. Yo pensé que seguramente el KGB había grabado la llamada. Dos días después Gorbachov nos iba a recibir en el Kremlin, ocasión que fue la primera piedra del recorrido que condujo, un año más tarde, al histórico encuentro con Juan Pablo II en el Vaticano. Luego comprobé el nombre que la persona me había dado y vi que no correspondía a ningún obispo que conociéramos. En ese momento, después de haber reflexionado largo rato, decidí no reunirme con él. Pensé que nuestro encuentro habría supuesto su fin.

También en otra ocasión tuve una experiencia semejante. Era 1995 y yo estaba en Pekín para participar en la Conferencia Internacional sobre la Mujer, organizada por la ONU. En el Palacio de Congresos, donde tenía lugar la iniciativa, se me acercó una joven china, quizá fingiendo ser periodista, que hablaba un inglés muy rudimentario. Me dijo que era católica y que quería informarme de que tres obispos underground [clandestinos] habían sabido de nuestra presencia y querían vernos.

Expliqué a mi interlocutora que nosotros no tendríamos problemas para reunirnos con esos prelados, porque nos protegía el estatus diplomático, pero que esas personas habrían sido detenidas inmediatamente. También en aquella ocasión decidí no mantener ese encuentro.

En definitiva, según he aprendido, también directamente, durante mis estancias en Polonia a principios de los años ochenta, hay que conocer bien la situación de esos mundos para situar los hechos en su justa perspectiva. En este sentido, los motivos que ha dado el nuevo obispo polaco sobre la posibilidad de estudiar en el exterior o de garantizar su propia seguridad personal describen una situación, una lógica, que en ese momento estaba muy difundida en los países del Este. Wielgus nunca habría podido obtener los visados para estudiar en la Universidad de Múnich si no hubiera aceptado el compromiso que le ofrecía el régimen. Y esta condición era común a muchos otros conciudadanos suyos, sacerdotes o no.

En esos países, la situación para muchos sacerdotes y obispos era muy difícil de llevar y muy fácil de explicar: se vivía en una tensión continua entre el heroísmo y el compromiso. Y no era una lucha en la que hubiera que decidir una vez por todas: la decisión debía renovarse al menos cada día y a menudo varias veces al día. Todo dependía del capricho ideológico del poder. Antes de 1957, muchos sacerdotes fueron torturados o desaparecían y eran asesinados. Después de 1957, primero con Gormulka y luego con Gierek, sólo se arriesgaban al ostracismo, la soledad impuesta, la prohibición sistemática de estudiar en cualquier universidad extranjera y la imposibilidad de tener un pasaporte de su propio país.

La percepción de toda esta realidad estaba muy clara también para el hoy más famoso sacerdote de Polonia: Karol Wojtyla. Pero él nunca había aceptado ningún compromiso con el régimen comunista. Hay que decir que tenía una gran ayuda en su extrema pobreza, lo que le hacía inmune a cualquier chantaje: no tenía nada, no le podían ofrecer nada. No deseaba nada; por lo tanto, no se le podía chantajear. Él nunca accedió a implicarse, aunque conocía a fondo las dificultades que había que afrontar para sobrevivir en Polonia.

Se puede decir que, en el fondo, su comprensión de las dificultades del prójimo formaba parte de su profunda espiritualidad, de su profunda libertad y, finalmente, de su misma vida de fe. Su reacción frente a los hechos que veía era un ejemplo de su forma de ser y de su rica experiencia vital, muy comprensiva hacia los demás. “Hay que aprender a perdonar”, me dijo una vez refiriéndose a estos hechos. Y lo decía él, que no necesitaba ningún perdón por las “culpas” de tantos en aquellos años. Y esta actitud para justificar algunas elecciones de esos años permaneció en él también cuando, años después, tuvo que ejercer el perdón en nombre de toda la Iglesia.

Pero él, ciertamente, había elegido otro camino. Wojtyla había vivido en el ecosistema de la mentira institucionalizada, desde el día de su ordenación como sacerdote hasta el de su elección como Papa. Todos los años de su formación y desarrollo de su personalidad habían tenido como humus este ambiente social y cultural. Creo que sólo las características de su persona han sido el verdadero motivo por el que Wojtyla eligió un camino distinto del de tantos otros.

Desde luego, tuvo que recurrir a pseudónimos para publicar sus poesías, sus obras de teatro y sus ensayos de antropología personalista, incluso para realizar su estrategia de enfrentamiento al régimen. Pero no recurrió al anonimato para esconderse o para aceptar subterfugios, sino para poner en práctica con mayor libertad su lucha, centrada en el sentido de la cultura, por la educación y los valores en los que creía, sin tener que exponer pública y oficialmente a la Iglesia a riesgos inútiles.

Su elección “diplomática” fue en el fondo muy poco diplomática, aunque al final se vio coronada por el éxito, por ser portadora de una visión más rica en humanidad. En efecto, el profundo respeto que todos tuvieron a Juan Pablo II, también con ocasión de su muerte, estaba muy ligado a su carisma y a su peculiar forma de ser tan comprensivo hacia los demás, pero tan intransigente en las elecciones fundamentales. Esta actitud la entendían perfectamente también quienes no le amaban: infundía respeto y, al final, admiración.

En aquellos años, el cardenal Wyszynski pedía sistemáticamente a los jóvenes sacerdotes que suscribieran un compromiso formal de lealtad hacia la Iglesia en Polonia. A Wojtyla no se lo pidió nunca y Wojtyla nunca formalizó compromisos de este tipo. No era necesario. Wyszynski lo sabía y lo sabían también todos los demás sacerdotes. Y lo sabía él mismo. Una vez le oí hablar, con un velo de ironía, sobre las veces en que le había convocado la policía y sobre los inevitables y frecuentes interrogatorios. Le preguntaban sobre su posición en política, en la sociedad, en la estructura del poder. Él no tenía prisa en sus respuestas. Y hablaba del hombre con una concepción personalista, citando a algunos de los pensadores contemporáneos, pero también la ética de Aristóteles, e incluso la política de Platón. Luego distinguía entre la ética de los valores en Max Scheler y los peligros de un solipsismo que se concretaba en el “reflexionar sobre la reflexión”. Naturalmente, los funcionarios no entendían nada de esos largos monólogos. Al final le dejaban irse: “No es peligroso”, anotaban en sus apuntes. “Y pensaban -me decía años después riendo- que algún día yo habría podido colaborar”.

No es casualidad, por ejemplo, que Karol Wojtyla haya sido el único obispo polaco que obtuvo el pasaporte con el visado para participar en todas las sesiones del Concilio Vaticano II. Al principio, las autoridades polacas pensaban erróneamente que habría cedido y aceptado alguna forma de encuentro con el régimen, y se pasaría, si no a su bando, al menos a una parte gris e intermedia; es decir, a ese ámbito borroso que normalmente llamamos “tierra de nadie”. Probablemente el aparato político había tenido en cuenta la habilidad diplomática y la grandeza de pensamiento del interlocutor, pero desde luego se le escapaba su visión del hombre y sobre todo su libertad espiritual.

Cada vez que se ponían en duda los valores fundamentales, ya no era el momento de discutir sino de afirmar la verdad. Cuando no existe libertad en el aire que se respira, pensaba, la única forma de sobrevivir consiste en no traicionar la verdad que se lleva dentro, porque en la defensa y la protección de la verdad interior está la única forma de libertad que es realmente esencial al ser humano. Wojtyla no sólo decía la verdad, sino que más bien vivía en la verdad: la verdad que el ecosistema totalitario de esos años ahogaba de forma sistemática con la mentira estructurada. Y al ser tan libre interiormente, nunca fue sometido a ninguna esclavitud, ni siquiera a esas formas de pequeña esclavitud que tan comunes eran a su alrededor para, como decían, poder seguir adelante. Escuchando sus narraciones de aquellos años, se tenía la evidencia de la extraordinaria elegancia con la que había llevado el peso que de una u otra forma todos soportamos: el peso de ser hombres. El valor y la coherencia hasta el heroísmo, como todos sabemos, son virtudes, y no todos disponen fácilmente de ellas.

Por esto, y sobre todo por ese “hay que aprender a perdonar” que más de una vez escuché a Juan Pablo II al referirse a aquellos años, creo que la mayor dificultad consiste no en juzgar -empresa siempre arriesgada- sino en comprender. O al menos en intentar comprender. Lo que no excluye la admiración y quizá también la gratitud hacia quienes, en la ambivalencia entre la comprensión y el heroísmo, han elegido el camino de la verdad”.

Joaquín Navarro-Valls fue director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede desde 1984 a 2006, 21 años de ellos bajo el Papado de Karol Wojtyla

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“Benedicto XVI: La sana laicidad implica que las realidad terrenas gozan de autonomía de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral”

discurso de benedicto xvi en el 56 congreso nacional de la unión de juristas católicos italianos, en http://www.vatican.va, sabado 9 de diciembre de 2006

“Queridos hermanos y hermanas: 

Bienvenidos a este encuentro, que tiene lugar en el contexto de vuestro congreso nacional de estudio dedicado al tema:  “La laicidad y las laicidades”. Os dirijo a cada uno mi cordial saludo, comenzando por el presidente de vuestra benemérita asociación, profesor Francesco D’Agostino, al que también doy las gracias por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes y por haberme explicado brevemente las finalidades de vuestra acción social y apostólica.

El congreso afronta el tema de la laicidad, que es de gran interés porque pone de relieve que en el mundo de hoy la laicidad se entiende de varias maneras:  no existe una sola laicidad, sino diversas, o, mejor dicho, existen múltiples maneras de entender y vivir la laicidad, maneras a veces opuestas e incluso contradictorias entre sí. Haber dedicado estos días al estudio de la laicidad y de los diferentes modos de entenderla y actuarla os ha introducido en el intenso debate actual, un debate que resulta muy útil para los que cultivan el derecho.

Para comprender el significado auténtico de la laicidad y explicar sus acepciones actuales, es preciso tener en cuenta el desarrollo histórico que ha tenido el concepto. La laicidad, nacida como indicación de la condición del simple fiel cristiano, no perteneciente ni al clero ni al estado religioso, durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas, y en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual. Así, ha sucedido que al término “laicidad” se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.

En realidad, hoy la laicidad se entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confín en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifestaría en la total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos; la laicidad comportaría incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política:  oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc.

Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la posmodernidad, en especial de la democracia moderna.

Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión -como afirma el concilio Vaticano II- que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente” (Gaudium et spes, 36).

Esta autonomía es una “exigencia legítima, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que está también de acuerdo con la voluntad del Creador, pues, por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias, que el hombre debe respetar reconociendo los métodos propios de cada ciencia o arte” (ib.). Por el contrario, si con la expresión “autonomía de las realidades terrenas” se quisiera entender que “las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin referirlas al Creador”, entonces la falsedad de esta opinión sería evidente para quien cree en Dios y en su presencia trascendente en el mundo creado (cf. ib.).

Esta afirmación conciliar constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.

Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas- de la comunidad de los creyentes.

A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.

Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino.

Queridos juristas, vivimos en un período histórico admirable por los progresos que la humanidad ha realizado en muchos campos del derecho, de la cultura, de la comunicación, de la ciencia y de la tecnología. Pero en este mismo tiempo algunos intentan excluir a Dios de todos los ámbitos de la vida, presentándolo como antagonista del hombre. A los cristianos nos corresponde mostrar que Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los hombres. Tenemos el deber de hacer comprender que la ley moral que nos ha dado, y que se nos manifiesta con la voz de la conciencia, no tiene como finalidad oprimirnos, sino librarnos del mal y hacernos felices. Se trata de mostrar que sin Dios el hombre está perdido y que excluir la religión de la vida social, en particular la marginación del cristianismo, socava las bases mismas de la convivencia humana, pues antes de ser de orden social y político, estas bases son de orden moral.

A la vez que os agradezco una vez más, queridos amigos, vuestra visita, invoco la protección materna de María sobre vosotros y sobre vuestra asociación. Con estos sentimientos os imparto de corazón a todos una bendición apostólica especial, que de buen grado extiendo a vuestras familias y a vuestros seres queridos.

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“Las narices del estado en la alcoba y en la cocina”

Comentario al articulo de daniel finkelstein en The times , en www.aceprensa.com, servicio 3/07, miercoles 10 de  enero de 2007

La ruptura familiar y la obesidad son dos problemas generalizados que afectan al bienestar de los niños de hoy. Daniel Finkelstein se pregunta en “The Times” (13-12-2006) por qué el Estado reacciona de manera tan distinta ante estos dos fenómenos.

Finkelstein recuerda el reciente informe Breakdown Britain que ha analizado los perjudiciales efectos de la crisis de las familias sobre los niños (pobreza, delincuencia, fracaso escolar…) (ver Aceprensa 140/06). “Los datos muestran que las rupturas familiares son mucho más frecuentes en las parejas de hecho que en las casadas. Y muchos están de acuerdo en que esto es un problema grave”.

“Al mismo tiempo hay un amplio consenso en que no hay mucho que se pueda hacer para evitarlo, o incluso que no se debe hacer nada. La razón política para no hacer nada es sencilla: hay demasiados votantes que son padres no casados”.

Aunque los datos muestran que, como promedio, los niños se educan mejor en hogares con dos padres, “a los votantes no les gusta que se les diga que su estilo de vida es perjudicial para sus hijos. Y la mayoría de los comentaristas consideran razonable esta actitud. Los políticos deberían respetar la diversidad de familias y no meter sus narices en el dormitorio de la gente”.

En cuanto a la obesidad, el punto de partida del problema es casi idéntico al del matrimonio, señala Finkelstein. “Al parecer, hay una epidemia de obesidad. La libre elección de los padres está dañando el bienestar de sus hijos y el de todos los demás ciudadanos que tenemos que pagar la cuenta. El punto de partida es el mismo: la sociedad estaría mejor si los padres fueran más responsables”.

Pero, a diferencia del problema anterior, “hay acuerdo en que podemos y debemos hacer algo –ahora– para luchar contra la obesidad”. Hay muchos votantes gordos, pero si piensan que saben mejor que los políticos lo que les conviene, hay que decirles que están en el error. “Tenemos derecho a interferir en sus vidas si están poniendo en peligro la salud de sus hijos. No hay por qué respetar la diversidad de pesos: el Estado debe intervenir en la cocina de la gente”.

“Y todo el mundo está de acuerdo en que hay cosas que pueden hacerse. Por el amor del cielo, hay que suprimir la publicidad de patatas fritas en la televisión. Y quizá deberíamos crear un impuesto sobre las grasas no saturadas. Desde luego hay que subirse a la tribuna y lanzar discursos sobre los peligros de vender grandes barras de chocolate a menores no acompañados y gastar dinero público en publicidad que exponga los efectos letales de la sal de mesa”.

¿Por qué estas reacciones tan diferentes?, se pregunta Finkelstein. “No ciertamente porque el valor de las pruebas sea muy distinto. Incluso el jefe de Ofcom, el organismo que impone la prohibición de anuncios de “fast-food”, reconoce que la influencia de la publicidad televisiva sobre la dieta es más bien escasa. Y esto suponiendo que la obesidad se deba al exceso de “fast-food”. Pues las pruebas están lejos de ser concluyentes. La falta de ejercicio es probablemente una causa más decisiva de la obesidad”.

“La experiencia de EE.UU. demuestra –asegura el articulista– que las reformas de la asistencia social pensadas para favorecer las familias con padre y madre y los programas de educación para el matrimonio funcionan. También es de sentido común que no es una buena idea tratar la cohabitación y el matrimonio como si fueran lo mismo, cuando claramente no lo son”.

Lo que falta para abordar este asunto es la voluntad. “La razón por la que la obesidad se considera un problema que el gobierno debe afrontar y en cambio el matrimonio no, es porque en la obesidad se puede echar la culpa a otros. Podemos fingir que los obesos y sus hijos son simples víctimas. Los culpables son las grandes empresas de alimentación, que se esconden tras las esquinas para repartir batidos a niños indefensos”.

“Si los que hacen campaña contra la obesidad desplegaran tanta energía en una campaña a favor del matrimonio y de la familia como la que dedican a su cruzada contra la sal y las patatas fritas, el mundo iría mejor”.

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“Mahatma Gandhi: el Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes. [Paz para no dejarse guiar por los prejucios]”

mensaje de benedicto xvi sobre la jornada munadial de la paz, en www.vatican.va, celebrado el 1 de enero de 2007

La persona humana, corazón de la paz

1. Al comienzo del nuevo año, quiero hacer llegar a los gobernantes y a los responsables de las naciones, así como a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, mis deseos de paz. Los dirijo en particular a todos los que están probados por el dolor y el sufrimiento, a los que viven bajo la amenaza de la violencia y la fuerza de las armas o que, agraviados en su dignidad, esperan en su rescate humano y social. Los dirijo a los niños, que con su inocencia enriquecen de bondad y esperanza a la humanidad y, con su dolor, nos impulsan a todos trabajar por la justicia y la paz.

Pensando precisamente en los niños, especialmente en los que tienen su futuro comprometido por la explotación y la maldad de adultos sin escrúpulos, he querido que, con ocasión del Día Mundial de la Paz, la atención de todos se centre en el tema: La persona humana, corazón de la paz. En efecto, estoy convencido de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz se ponen las bases para un auténtico humanismo integral. Así es como se prepara un futuro sereno para las nuevas generaciones.

La persona humana y la paz: don y tarea

2. La Sagrada Escritura dice: «Dios creó el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas. Al mismo tiempo, por la gracia, está llamado a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y amor que nadie más puede dar en su lugar.[1] En esta perspectiva admirable, se comprende la tarea que se ha confiado al ser humano de madurar en su capacidad de amor y de hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz. San Agustín enseña con una elocuente síntesis: « Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros ».[2] Por tanto, es preciso que todos los seres humanos cultiven la conciencia de los dos aspectos, del don y de la tarea.

3. También la paz es al mismo tiempo un don y una tarea. Si bien es verdad que la paz entre los individuos y los pueblos, la capacidad de vivir unos con otros, estableciendo relaciones de justicia y solidaridad, supone un compromiso permanente, también es verdad, y lo es más aún, que la paz es un don de Dios.

En efecto, la paz es una característica del obrar divino, que se manifiesta tanto en la creación de un universo ordenado y armonioso como en la redención de la humanidad, que necesita ser rescatada del desorden del pecado. Creación y Redención muestran, pues, la clave de lectura que introduce a la comprensión del sentido de nuestra existencia sobre la tierra. Mi venerado predecesor Juan Pablo II, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 5 de octubre de 1995, dijo que nosotros «no vivimos en un mundo irracional o sin sentido […], hay una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos ».[3] La “gramática” trascendente, es decir, el conjunto de reglas de actuación individual y de relación entre las personas en justicia y solidaridad, está inscrita en las conciencias, en las que se refleja el sabio proyecto de Dios. Como he querido reafirmar recientemente, «creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad».[4] Por tanto, la paz es también una tarea que a cada uno exige una respuesta personal coherente con el plan divino. El criterio en el que debe inspirarse dicha respuesta no puede ser otro que el respeto de la “gramática” escrita en el corazón del hombre por su divino Creador.

En esta perspectiva, las normas del derecho natural no han de considerarse como directrices que se imponen desde fuera, como si coartaran la libertad del hombre. Por el contrario, deben ser acogidas como una llamada a llevar a cabo fielmente el proyecto divino universal inscrito en la naturaleza del ser humano.

Guiados por estas normas, los pueblos —en sus respectivas culturas— pueden acercarse así al misterio más grande, que es el misterio de Dios. Por tanto, el reconocimiento y el respeto de la ley natural son también hoy la gran base para el diálogo entre los creyentes de las diversas religiones, así como entre los creyentes e incluso los no creyentes. Éste es un gran punto de encuentro y, por tanto, un presupuesto fundamental para una paz auténtica.

El derecho a la vida y a la libertad religiosa

4. El deber de respetar la dignidad de cada ser humano, en el cual se refleja la imagen del Creador, comporta como consecuencia que no se puede disponer libremente de la persona. Quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico, no puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados. En efecto, la paz se basa en el respeto de todos. Consciente de ello, la Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada persona. En particular, reivindica el respeto de la vida y la libertad religiosa de todos. El respeto del derecho a la vida en todas sus fases establece un punto firme de importancia decisiva: la vida es un don que el sujeto no tiene a su entera disposición. Igualmente, la afirmación del derecho a la libertad religiosa pone de manifiesto la relación del ser humano con un Principio trascendente, que lo sustrae a la arbitrariedad del hombre mismo. El derecho a la vida y a la libre expresión de la propia fe en Dios no están sometidos al poder del hombre.

La paz necesita que se establezca un límite claro entre lo que es y no es disponible: así se evitarán intromisiones inaceptables en ese patrimonio de valores que es propio del hombre como tal.

5. Por lo que se refiere al derecho a la vida, es preciso denunciar el estrago que se hace de ella en nuestra sociedad: además de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver en todo esto un atentado a la paz? El aborto y la experimentación sobre los embriones son una negación directa de la actitud de acogida del otro, indispensable para establecer relaciones de paz duraderas. Respecto a la libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta de paz en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar pública y libremente sus propias convicciones religiosas.

Hablando en particular de los cristianos, debo notar con dolor que a veces no sólo se ven impedidos, sino que en algunos Estados son incluso perseguidos, y recientemente se han debido constatar también trágicos episodios de feroz violencia. Hay regímenes que imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio cultural sistemático respecto a las creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un derecho humano fundamental, con graves repercusiones para la convivencia pacífica. Esto promueve necesariamente una mentalidad y una cultura negativa para la paz.

La igualdad de naturaleza de todas las personas

6. En el origen de frecuentes tensiones que amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que, trágicamente, hay todavía en el mundo. Entre ellas son particularmente insidiosas, por un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales como la comida, el agua, la casa o la salud; por otro, las persistentes desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos fundamentales.

Un elemento de importancia primordial para la construcción de la paz es el reconocimiento de la igualdad esencial entre las personas humanas, que nace de su misma dignidad trascendente. En este sentido, la igualdad es, pues, un bien de todos, inscrito en esa “gramática” natural que se desprende del proyecto divino de la creación; un bien que no se puede desatender ni despreciar sin provocar graves consecuencias que ponen en peligro la paz. Las gravísimas carencias que sufren muchas poblaciones, especialmente del Continente africano, están en el origen de reivindicaciones violentas y son por tanto una tremenda herida infligida a la paz.

7. La insuficiente consideración de la condición femenina provoca también factores de inestabilidad en el orden social. Pienso en la explotación de mujeres tratadas como objetos y en tantas formas de falta de respeto a su dignidad; pienso igualmente —en un contexto diverso— en las concepciones antropológicas persistentes en algunas culturas, que todavía asignan a la mujer un papel de gran sumisión al arbitrio del hombre, con consecuencias ofensivas a su dignidad de persona y al ejercicio de las libertades fundamentales mismas. No se puede caer en la ilusión de que la paz está asegurada mientras no se superen también estas formas de discriminación, que laceran la dignidad personal inscrita por el Creador en cada ser humano.[5]

La ecología de la paz

8. Juan Pablo II, en su Carta encíclica Centesimus annus, escribe: « No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado ».[6] Respondiendo a este don que el Creador le ha confiado, el hombre, junto con sus semejantes, puede dar vida a un mundo de paz. Así, pues, además de la ecología de la naturaleza hay una ecología que podemos llamar « humana », y que a su vez requiere una « ecología social ». Esto comporta que la humanidad, si tiene verdadero interés por la paz, debe tener siempre presente la interrelación entre la ecología natural, es decir el respeto por la naturaleza, y la ecología humana. La experiencia demuestra que toda actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia humana, y viceversa. Cada vez se ve más claramente un nexo inseparable entre la paz con la creación y la paz entre los hombres. Una y otra presuponen la paz con Dios. La poética oración de San Francisco conocida como el “Cántico del Hermano Sol”, es un admirable ejemplo, siempre actual, de esta multiforme ecología de la paz.

9. El problema cada día más grave del abastecimiento energético nos ayuda a comprender la fuerte relación entre una y otra ecología. En estos años, nuevas naciones han entrado con pujanza en la producción industrial, incrementando las necesidades energéticas. Eso está provocando una competitividad ante los recursos disponibles sin parangón con situaciones precedentes. Mientras tanto, en algunas regiones del planeta se viven aún condiciones de gran atraso, en las que el desarrollo está prácticamente bloqueado, motivado también por la subida de los precios de la energía. ¿Qué será de esas poblaciones? ¿Qué género de desarrollo, o de no desarrollo, les impondrá la escasez de abastecimiento energético? ¿Qué injusticias y antagonismos provocará la carrera a las fuentes de energía? Y ¿cómo reaccionarán los excluidos de esta competición? Son preguntas que evidencian cómo el respeto por la naturaleza está vinculado estrechamente con la necesidad de establecer entre los hombres y las naciones relaciones atentas a la dignidad de la persona y capaces de satisfacer sus auténticas necesidades. La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano de desarrollo.

En efecto, un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico, descuidando la dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo humano integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando la capacidad destructiva del hombre.

Concepciones restrictivas del hombre

10. Es apremiante, pues, incluso en el marco de las dificultades y tensiones internacionales actuales, el esfuerzo por abrir paso a una ecología humana que favorezca el crecimiento del « árbol de la paz ». Para acometer una empresa como ésta, es preciso dejarse guiar por una visión de la persona no viciada por prejuicios ideológicos y culturales, o intereses políticos y económicos, que inciten al odio y a la violencia. Es comprensible que la visión del hombre varíe en las diversas culturas. Lo que no es admisible es que se promuevan concepciones antropológicas que conlleven el germen de la contraposición y la violencia. Son igualmente inaceptables las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en nombre de Dios. Cuando una cierta concepción de Dios da origen a hechos criminales, es señal de que dicha concepción se ha convertido ya en ideología.

11. Pero hoy la paz peligra no sólo por el conflicto entre las concepciones restrictivas del hombre, o sea, entre las ideologías. Peligra también por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre. En efecto, son muchos en nuestros tiempos los que niegan la existencia de una naturaleza humana específica, haciendo así posible las más extravagantes interpretaciones de las dimensiones constitutivas esenciales del ser humano. También en esto se necesita claridad: una consideración “débil” de la persona, que dé pie a cualquier concepción, incluso excéntrica, sólo en apariencia favorece la paz. En realidad, impide el diálogo auténtico y abre las puertas a la intervención de imposiciones autoritarias, terminando así por dejar indefensa a la persona misma y, en consecuencia, presa fácil de la opresión y la violencia.

Derechos humanos y Organizaciones internacionales

12. Una paz estable y verdadera presupone el respeto de los derechos del hombre. Pero si éstos se basan en una concepción débil de la persona, ¿cómo evitar que se debiliten también ellos mismos? Se pone así de manifiesto la profunda insuficiencia de una concepción relativista de la persona cuando se trata de justificar y defender sus derechos. La aporía es patente en este caso: los derechos se proponen como absolutos, pero el fundamento que se aduce para ello es sólo relativo. ¿Por qué sorprenderse cuando, ante las exigencias “incómodas” que impone uno u otro derecho, alguien se atreviera a negarlo o decidera relegarlo? Sólo si están arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se le han atribuido pueden ser afirmados sin temor de ser desmentidos. Por lo demás, es patente que los derechos del hombre implican a su vez deberes. A este respecto, bien decía el mahatma Gandhi: «El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes». Únicamente aclarando estos presupuestos de fondo, los derechos humanos, sometidos hoy a continuos ataques, pueden ser defendidos adecuadamente. Sin esta aclaración, se termina por usar la expresión misma de « derechos humanos », sobrentendiendo sujetos muy diversos entre sí: para algunos, será la persona humana caracterizada por una dignidad permanente y por derechos siempre válidos, para todos y en cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad versátil y con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el tiempo y en el espacio.

13. Los Organismos internacionales se refieren continuamente a la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la Organización de las Naciones Unidas que, con la Declaración Universal de 1948, se ha propuesto como tarea fundamental la promoción de los derechos del hombre. Se considera dicha Declaración como una forma de compromiso moral asumido por la humanidad entera. Esto manifiesta una profunda verdad sobre todo si se entienden los derechos descritos en la Declaración no simplemente como fundados en la decisión de la asamblea que los ha aprobado, sino en la naturaleza misma del hombre y en su dignidad inalienable de persona creada por Dios. Por tanto, es importante que los Organismos internacionales no pierdan de vista el fundamento natural de los derechos del hombre. Eso los pondría a salvo del riesgo, por desgracia siempre al acecho, de ir cayendo hacia una interpretación meramente positivista de los mismos. Si esto ocurriera, los Organismos internacionales perderían la autoridad necesaria para desempeñar el papel de defensores de los derechos fundamentales de la persona y de los pueblos, que es la justificación principal de su propia existencia y actuación.

Derecho internacional humanitario y derecho interno de los Estados

14. A partir de la convicción de que existen derechos humanos inalienables vinculados a la naturaleza común de los hombres, se ha elaborado un derecho internacional humanitario, a cuya observancia se han comprometido los Estados, incluso en caso de guerra. Lamentablemente, y dejando aparte el pasado, este derecho no ha sido aplicado coherentemente en algunas situaciones bélicas recientes. Así ha ocurrido, por ejemplo, en el conflicto que hace meses ha tenido como escenario el Sur del Líbano, en el que se ha desatendido en buena parte la obligación de proteger y ayudar a las víctimas inocentes, y de no implicar a la población civil. El doloroso caso del Líbano y la nueva configuración de los conflictos, sobre todo desde que la amenaza terrorista ha actuado con formas inéditas de violencia, exigen que la comunidad internacional corrobore el derecho internacional humanitario y lo aplique en todas las situaciones actuales de conflicto armado, incluidas las que no están previstas por el derecho internacional vigente. Además, la plaga del terrorismo reclama una reflexión profunda sobre los límites éticos implicados en el uso de los instrumentos modernos de la seguridad nacional. En efecto, cada vez más frecuentemente los conflictos no son declarados, sobre todo cuando los desencadenan grupos terroristas decididos a alcanzar por cualquier medio sus objetivos. Ante los hechos sobrecogedores de estos últimos años, los Estados deben percibir la necesidad de establecer reglas más claras, capaces de contrastar eficazmente la dramática desorientación que se está dando. La guerra es siempre un fracaso para la comunidad internacional y una gran pérdida para la humanidad. Y cuando, a pesar de todo, se llega a ella, hay que salvaguardar al menos los principios esenciales de humanidad y los valores que fundamentan toda convivencia civil, estableciendo normas de comportamiento que limiten lo más posible sus daños y ayuden a aliviar el sufrimiento de los civiles y de todas las víctimas de los conflictos.[7]

15. Otro elemento que suscita gran inquietud es la voluntad, manifestada recientemente por algunos Estados, de poseer armas nucleares. Esto ha acentuado ulteriormente el clima difuso de incertidumbre y de temor ante una posible catástrofe atómica. Es algo que hace pensar de nuevo en los tiempos pasados, en las ansias abrumadoras del período de la llamada “guerra fría”. Se esperaba que, después de ella, el peligro atómico habría pasado definitivamente y que la humanidad podría por fin dar un suspiro de sosiego duradero. A este respecto, qué actual parece la exhortación del Concilio Ecuménico Vaticano II: «Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones».[8] Lamentablemente, en el horizonte de la humanidad siguen formándose nubes amenazadoras. La vía para asegurar un futuro de paz para todos consiste no sólo en los acuerdos internacionales para la no proliferación de armas nucleares, sino también en el compromiso de intentar con determinación su disminución y desmantelamiento definitivo. Ninguna tentativa puede dejarse de lado para lograr estos objetivos mediante la negociación. ¡Está en juego la suerte de toda la familia humana!

La Iglesia, tutela de la trascendencia de la persona humana

16. Deseo, por fin, dirigir un llamamiento apremiante al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta comprometido a ser un trabajador incansable en favor de la paz y un valiente defensor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables. El cristiano, dando gracias a Dios por haberlo llamado a pertenecer a su Iglesia, que es « signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana » [9] en el mundo, no se cansará de implorarle el bien fundamental de la paz, tan importante en la vida de cada uno. Sentirá también la satisfacción de servir con generosa dedicación a la causa de la paz, ayudando a los hermanos, especialmente a aquéllos que, además de sufrir privaciones y pobreza, carecen también de este precioso bien. Jesús nos ha revelado que «Dios es amor» (1 Jn 4,8), y que la vocación más grande de cada persona es el amor. En Cristo podemos encontrar las razones supremas para hacernos firmes defensores de la dignidad humana y audaces constructores de la paz.

17. Así pues, que nunca falte la aportación de todo creyente a la promoción de un verdadero humanismo integral, según las enseñanzas de las Cartas encíclicas Populorum progressio y Sollicitudo rei socialis, de las que nos preparamos a celebrar este año precisamente el 40 y el 20 aniversario. Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos —aun entre peligros y problemas— con el corazón lleno de esperanza, confío mi constante oración por toda la humanidad a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo, « nuestra paz » (Ef 2,14). Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la paz, e ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro en el rostro de cada persona humana, corazón de la paz.

Notas

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 357.

[2] Sermo 169, 11, 13: PL 38, 923.

[3] N. 3.

[4] Homilía en la explanada de Isling de Ratisbona (12 septiembre 2006).

[5] Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y de la mujer en la Iglesia y en el mundo (31 mayo 2004), 15-16.

[6] N. 38.

[7] A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica ha impartido unos criterios muy severos y precisos: cf. nn. 2307-2317.

[8] Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 80.

[9] Ibíd., 76.

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Un pensamiento en “Siena, 282”

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