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THINK DIFFERENT

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Cinco tendencias de actualidad para tus argumentos públicos

SIENA AÑO VI del 18 al 24 de diciembre de 2006

                                                                                                SUMARIO

1

“Benedicto XVI: ¡Feliz Navidad! y que el Niño Dios no nos encuentre distraídos o dedicados simplemente en decorar de luces nuestras casas”

audiencia de benedicto xvi en el aula nervi del vaticano sobre el sentido de la navidad,  agencia zenit, miercoles 20 de diciembre de 2006

2

“En algo hay que creer…”

articulo de artonio barnés, filólogo y humanista, en forumnovum.blogspot.com, martes 10 de diciembre de 2006

3

“[Algo de historia]. El belén: arte y devoción”

Artículo del sacerdote argentino Guillermo marcó

4

”[Alexandre Soljenitsyn, Premio Nobel de Literatura:] Dios no nos quita la libertad frente al mal

 entrevista de daniel kehlmann a alexandre soljenitsyn, premio nobel de literatura (archipiélago gulag) en le figaro,  y reproducida en alfa y omega, jueves 14 de diciembre de 2006

5

 ”¿San Gilberto? [El hombre eterno]

 artículo de juan manuel de prada en abc, sabado 9 de diciembre de 2006

PARA SUSCRIBIRSE A ESTE SERVICIO BASTA CON ESCRIBIR A imartinez@a2000.es, PERIODISTA. SIEN@ NO SE IDENTIFICA NECESARIAMENTE CON LAS IDEAS PUBLICADAS EN ESTE BOLETÍN,

QUE SON RESPONSABILIDAD DE SUS AUTORES. UN CORDIAL SALUDO DESDE LA REDACCIÓN.

1

“Feliz Navidad. Que el Niño Dios no nos encuentre distraídos o dedicados simplemente a decorar de luces nuestra casas”

el sentido de la navidad. audiencia de benedicto xvi en el aula nervi del vaticano, agencia zenit, miercoles 20 de diciembre de 2006

Intervención del Papa Benedicto XVI en la Audiencia General de este miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI, durante la que reflexionó sobre el sentido de la Navidad.

“¡Queridos hermanos y hermanas!

“El Señor está cerca: venid, adorémosle”. Con esta invocación, la liturgia nos invita, en estos últimos días de Adviento, a acercarnos, como de puntillas, a la gruta de Belén, donde tuvo lugar el acontecimiento extraordinario, que cambió el rumbo de la historia: el nacimiento del Redentor.

En la Noche de Navidad, nos colocaremos una vez más ante el pesebre para contemplar, maravillados, al “Verbo hecho carne”. Sentimientos de alegría y de gratitud, que en tantos idiomas cantan el mismo y extraordinario prodigio. El Creador del universo vino por amor a poner su morada entre los hombres.

En la Carta a los Filipenses, San Pablo afirma que Cristo, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres” (2,6). Se apareció con la forma humana, añade el apóstol, humillándose a sí mismo. En la santa Navidad reviviremos la realización de este sublime misterio de gracia y misericordia.

San Pablo añade: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gálatas 4,4-5). Desde hace siglos, el pueblo elegido esperaba al Mesías, pero se lo imaginaba como un caudillo poderoso y victorioso, que liberaría a los suyos de la opresión de los extranjeros.

El Salvador, sin embargo, nació en el silencio y en la pobreza total. Vino como luz que ilumina a todos los hombres –constata el evangelista Juan–, “y los suyos no la recibieron” (Juan 1, 9.11). Sin embargo, el apóstol añade: «”a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (ibídem 1,12). La luz prometida iluminó los corazones de quienes habían perseverado en la espera vigilante y activa.

La liturgia de Adviento nos exhorta también a nosotros a ser sobrios y vigilantes, para no dejarnos sobrecargar por el peso del pecado y de las excesivas preocupaciones del mundo. De hecho, vigilando y rezando podremos reconoce y acoger el fulgor de la Navidad de Cristo.

San Máximo de Turín, Obispo que vivió entre el siglo IV y V, en una de sus homilías, afirma: “El tiempo nos advierte de que la Navidad de Cristo Señor está cerca. El mundo, con sus mismas angustias, habla de la inminencia de algo que lo renovará, y desea con una espera paciente que el esplendor de un sol más fúlgido ilumine sus tinieblas… Esta espera de la creación también nos lleva a nosotros a esperar el surgimiento de Cristo, nuevo Sol” (Sermón 61a, 1-3). La misma creación, por tanto, nos lleva a descubrir y a reconocer a Aquel que tiene que venir.

Pero la pregunta es: la humanidad de nuestro tiempo, ¿espera todavía a un Salvador? Da la impresión de que muchos consideran que Dios es extraño a sus propios intereses. Aparentemente no tienen necesidad de Él, viven como si no existiera y, peor aún, como si fuera un “obstáculo” que hay que quitar de en medio para poder realizarse. Incluso entre los creyentes, estamos seguros, algunos se dejan atraer por seductoras quimeras y distraer por engañosas doctrinas que proponen atajos ilusorios para alcanzar la felicidad.

Y, sin embargo, a pesar de sus contradicciones, angustias y dramas, y quizá a causa de éstos, la humanidad de hoy busca un camino de renovación, de salvación, busca un Salvador y espera, en ocasiones inconscientemente, la llegada del Señor que renueva al mundo y nuestra vida, la llegada de Cristo, el único Redentor verdadero del hombre y de todo el hombre. Es verdad, falsos profetas siguen proponiendo una salvación “barata”, que acaba siempre por provocar duras decepciones.

Precisamente la historia de los últimos cincuenta años demuestra esta búsqueda de un Salvador “barato” y pone de manifiesto todas las desilusiones que se han derivado de ello. Nosotros, los cristianos, tenemos la tarea de difundir, con el testimonio de la vida, la verdad de la Navidad, que Cristo trae a todo hombre y mujer de buena voluntad. Al nacer en la pobreza del pesebre, Jesús viene para ofrecer a todos la única alegría y la única paz que pueden colmar las expectativas del espíritu humano.

Pero, ¿cómo podemos prepararnos para abrir el corazón al Señor que viene? La actitud espiritual de la espera vigilante y orante sigue siendo la característica fundamental del cristiano en este tiempo de Adviento. Es la actitud que caracteriza a los protagonistas de entonces: Zacarías e Isabel, los pastores, los magos, el pueblo sencillo y humilde, pero, sobre todo, ¡la espera de María y de José!

Estos últimos, más que ningún otro, experimentaron en primera persona la emoción y la trepidación por el Niño que debía nacer. No es difícil imaginar cómo pasaron los últimos días, esperando abrazar al recién nacido entre sus brazos. Que su actitud sea la nuestra, queridos hermanos y hermanas.

Escuchemos, en este sentido, la exhortación de san Máximo, Obispo de Turín, ya antes citado: “Mientras nos preparamos a acoger la Navidad del Señor, revistámonos con vestidos nítidos, sin mancha. Hablo del traje del alma, no del cuerpo. ¡No tenemos que vestirnos con vestidos de seda, sino con obras santas! Los vestidos lujosos pueden cubrir las partes del cuerpo, pero no adornan la conciencia” (ibídem).

Que el Niños Jesús, al nacer entre nosotros, no nos encuentre distraídos o dedicados simplemente a decorar de luces nuestras casas. Decoremos más bien en nuestro espíritu y en nuestras familias una digna morada en la que Él se sienta acogido con fe y amor. Que nos ayuden la Virgen y San José a vivir el Misterio de la Navidad con una nueva maravilla y una serenidad pacificadora.

Con estos sentimientos, os quiero expresar a todos los que estáis aquí presentes y a vuestros familiares mis más sentidas felicitaciones por una santa y feliz Navidad, recordando en particular a quienes se encuentran en dificultad o sufren en el cuerpo y en el espíritu. ¡Feliz Navidad a todos vosotros!”

SUMARIO

2

“En algo hay que creer…”

articulo de artonio barnés, filólogo y humanista, en forumnovum.blogspot.com, martes 10 de diciembre de 2006

En esta vida hay que creer en algo. Se puede creer, por ejemplo, -como sucede a muchos-, en un Dios misericordioso y justo, que premia a los buenos y castiga a los malos; o se puede creer en la propia nación, y en tal caso es el gobierno de turno el que premia a los nacionales y castiga a los extranjeros, quien beneficia a los hablantes de la lengua y perjudica a los que no la emplean.

Se puede creer en un equipo de fútbol, y se está feliz cuando gana y triste cuando pierde. Se puede creer en la salud, y se aspira a incrementarla, y la vida pierde sentido cuando falta. Pero hay que creer en algo.

Se puede creer en la psicología, y se piensa que ella resolverá todos los problemas. Se puede creer en la cultura, y se desprecia a los ignorantes.
Se puede creer en la gastronomía, y se hace de la comida un rito.
Se puede creer en el cuerpo danone y hay que torturarse en el gimnasio para lograrlo. Se puede creer en el sexo y se convierte en un fin en sí mismo, trasformando el erotismo en una religión de enorme barroquismo, donde el instinto se disfraza de estética posmoderna. En algo hay que creer.

Si creemos en Dios, podemos dejar en sus manos la justicia final, sin abandonar la justicia terrena.

Si no, es fácil que se implante la justicia primitiva: vivan los de mi pueblo, mueran los del otro. Arriba los de mi raza, abajo los de la otra. Se distingue así entre ciudadano y paria; entre amigo y enemigo; entre seres “con calidad de vida” y seres que más vale dejar en los brazos plácidos de la muerte.

En algo hay que creer. Y el pecado es lo que se opone al objeto de la creencia. Si se cree en la salud, el pecado es fumar; si se cree en la democracia, el pecado es disentir; si se cree en el sexo, el pecado es poner coto a las fantasías eróticas; si se cree en el trabajo, el pecado es “perder” el tiempo con la familia.

Pero en algo hay que creer, y algo ha de ser pecado.

Si se cree en la ecología, el pecado será verter crudo en el mar y, quizás, el aborto …una elección.

Si no se quiere creer en nada, lo mejor es no pensar, y para ello, lo adecuado es la juerga nocturna y la dormida diurna. (A la juerga la llaman ahora movida).

El tiempo que se tarda en dormir se vuelve peligroso: incita a meditar, y se evita con el reproductor de mp3.

Pero no pensar es otro tipo de creencia, cuya religión se denomina superficialidad. Las tardes pueden consumirse entre el chat y la teleserie. Los Serrano es una bonita forma de no usar de la inteligencia y de convertirse en un frívolo. El ritual puede proporcionar el piercing y la vestimenta unisex.

En algo hay que creer. Como decía Chesterton, unos creen en los dogmas cristianos, y lo saben. Y otros creen también en dogmas, pero no lo saben: el dogma del horóscopo, el dogma de la era acuario, el dogma de la pitonisa televisiva, el dogma del último telepredicador, el dogma ilustrado, el dogma de un racionalismo que produce monstruos.

En algo hay que creer. ¿Tú en qué crees?

SUMARIO

3

“[Algo de historia]. El Belén: arte y devoción”

por mauro piazenza, presidente de la pontificia comisión de arqueología sagrada del vaticano, en la agencia fides , sabado 23 de diciembre de 2006

Los “Evangelios de la infancia” de Lucas y Mateo, que describen los hechos del Nacimiento de Jesús, son el núcleo de la representación sagrada que, a partir de la Edad Media , tomará el nombre latino de “praesepium”, pesebre, establo.

Los episodios principales son el nacimiento pobre de Jesús “en un pesebre porque había sitio en la posada” (Lucas 2,7); la adoración de los pastores, que representan la parte más marginada del pueblo de Israel y la visita de los Reyes Magos venidos de Oriente siguiendo la estrella, símbolo de los paganos que manifiesta su fe en Jesús Niño.

Los cristianos de los primeros siglos se identificaban con los Magos cuando decoraban, a partir del III siglo, con esta escena, las paredes de las catacumbas romanas y los sarcófagos, o bien cuando enriquecían la escena de la Natividad con elementos alegóricos como el buey y la mula, que, según la profecía de Isaías 1,3, se convertían en símbolo del pueblo hebreo y de los

paganos.A partir del siglo IV la Natividad se convirtió en uno de los temas más frecuentemente representados en el arte religioso, como demuestran el precioso díptico de marfil y piedras preciosas del siglo V guardado en la Catedral de Milán, los mosaicos de la Capilla Palaciega de Palermo, el Baptisterio de Venecia y las Basílicas de Santa Maria La Mayor y de Santa Maria en Trastevere en Roma.

El belén como nosotros lo concebimos tuvo origen, según la tradición, en el deseo de San Francisco de hacer revivir el nacimiento de Belén, ante todo en el corazón de los hombres, implicando a la gente del pueblo reunida en Greccio (Rieti) la noche de Navidad del 1223, (Tommaso de Celan, Leyenda segunda). El episodio fue pintado por Giotto en un fresco de la Basílica Superior de Asís.

El primer ejemplo de belén inanimado que nos ha llegado e sin embargo, el de Arnolfo de Cambio tallado en madera en el 1280 y del que hoy se conservan algunas estatuas en la cripta de la Capilla Sixtina en Santa Maria La Mayor en Roma. Desde entonces y hasta mediados de 1400 los artistas se preparaban pesebres para colocar dentro de las iglesias, modelando estatuas de madera o terracota, colocadas ante un fondo pintado. Toscana fue el centro de irradiación de dicha tradición, que de aquí rápidamente alcanzó el Reino de Nápoles y el resto de la Península.

A partir del siglo XIX el belén ha conocido una verdadera difusión a nivel popular, que dura hasta nuestros días. Aunque en los años 60 y 70 del siglo que acaba de pasar sufrió la “competencia” con el árbol de Navidad, no existe casi ninguna familia, especialmente si hay niños, en la que no se realice más o menos reducido.

Pero ¿conserva el belén todavía hoy un mensaje actual? Pensamos que si. Desde que los evangelistas lo “pintaron” en sus narraciones, la escena de la Natividad se ha vivido como el lugar dónde toda la humanidad se recoge en adoración a su Salvador, sin miedo a ser rechazados: judíos y paganos, pobres y potentes, justos y pecadores, ciudadanos y extranjeros.

Ante el belén ningún hombre se siente mal, porque sabe que es acogido, así como es, por Dios que se ha hecho Niño para compartir con cada uno de nosotros las alegrías y los sufrimientos, los éxitos, las fatigas y las incomprensiones de la vida. Sólo quién sólo busca su propio interés puede pensar que recibirá algún daño: para Herodes y para los otros como él, Jesús ya es “signo de contradicción”.

El belén es ciertamente un signo cristiano, pero es un signo que todos pueden entender y que no puede ofender de ningún modo la sensibilidad de nadie. Se deberían valorar más los signos porque son llamadas saludables a las mismas raíces, a la propia identidad y constituyen igualmente ocasiones pacíficas de reflexión para todos, cercanos y lejanos.

De esas cosas sencillas del belén, de esas casitas, de esos papeles-roca, de esas estatuillas, de los ángeles de la Gloria encima del portal, de los ingenuos cielos adornados de estrellas y de esa estrella emana el sentido del mirar extático y adorante y un sentido de alegría profunda, intensa y toda interior: es la alegría de haber sido alcanzados por la verdad, que nos concede poder vivir con dignidad; de haber sido alcanzados por la gracia, que siempre vence nuestro mismo pecado. Es la alegría de haber sido redimidos y conquistados por la “gloria del Unigénito del Padre”, que viene a nosotros “lleno de gracia y de verdad” (cf Jn 1,14).

Felicidades, amigos: ¡Que la Virgen Madre nos haga experimentar desde el portal de Belén lo que significa el hecho de que Dios ha querido ser “Emmanuele”, Dios-con-nosotros!

SUMARIO

4

“[Alexander Soljenitsyn, Premio Nobel de literatura]

 Dios no nos quita la libertad frente al mal

entrevista de daniel kehlmann a alexandre soljenitsyn, premio nobel de literatura (archipiélago gulag) en le figaro,  y reproducida en alfa y omega, jueves 14 de diciembre de 2006

Hace treinta y seis años, por estas fechas, Soljenitsyn ganaba el Premio Nobel de Literatura. El diario francés Le Figaro acaba de obtener unas declaraciones suyas que, por su interés, ofrecemos a nuestros lectores. En una conversación mantenida con el joven escritor alemán Daniel Kehlmann, analiza el destino de Rusia, después del fin de la URSS

Usted escribió que resultaba difícil imaginar qué escritor habría llegado a ser si no hubiera pasado por el gulag.

A los dieciocho años me hice el propósito de describir y explicar la historia de la revolución rusa en toda su dimensión. Tan sólo por esta razón no podría haber desarrollado mi carrera literaria como un escritor soviético leal. Pero el hecho de que, en 1945, fuera yo mismo víctima del gulag tuvo un peso fundamental en mis convicciones, y me abrió una perspectiva muy amplia sobre el comunismo soviético; y, en un análisis más profundo, me sumergió en la reflexión sobre los fundamentos de nuestra propia existencia.

Ha expresado usted la opinión de que Rusia estaba destinada a pasar la sombría prueba del siglo XX en nombre de toda la Humanidad. Todos esos sufrimientos, ¿eran verdaderamente indispensables? ¿No fue todo absurdo e inútil? Dicho de otro modo, ¿quiso Dios que todo eso ocurriera?
Traté de seguir todo el proceso de preparación social que condujo a esta revolución desencadenada en Rusia, y también los acontecimientos de febrero de 1917. ¿Quiso Dios que las cosas ocurrieran de esa manera? Dios nunca nos ha quitado la libertad de elección que nos concedió.

Nosotros mismos somos los que creamos nuestra propia historia, somos nosotros mismos los que nos precipitamos en la fosa. Y la necesidad o el absurdo de los sufrimientos depende de la capacidad de las personas y de los pueblos para aprender de ellos. Los hombres no pueden evitar el tener que pagar por la codicia sin límites de los poderosos y de los ricos (la de los hombres y la de los Estados), por el agotamiento de los sentimientos humanos de bondad.

¿Qué es el mal? Las personas sencillas, lúcidas, íntegras, que se enfrentan al caos en soledad es uno de los temas centrales de sus obras. La probidad de las gentes sencillas, ¿puede ser una respuesta cuando ante nosotros se alza el mal absoluto? Y también: ¿qué es el mal? ¿Se trata sólo de la locura o la estupidez (como pensaba san Agustín), o bien es una fuerza poderosa e imperativa?

Las gentes sencillas e indefensas me inspiran una gran compasión. Pero siento aún mayor compasión por aquellas personas que se muestran como combatientes en favor de la justicia. No , la bondad por sí sola no constituye una respuesta suficiente al mal universal. El mal universal no es sólo la locura o la estupidez. Se trata de un núcleo compacto. Para combatirlo, es necesario poner en práctica una lucha activa. Y el mal es tanto más fuerte cuanto mayor es el número de corazones humanos que están próximos a él o han sido contaminados por él.

Uno de los fenómenos más tristes del siglo pasado fue el amplísimo apoyo otorgado a la dictadura soviética por parte de los pensadores y escritores occidentales. ¿Considera que tuvo lugar una traición de los intelectuales?
El amplio apoyo del que se benefició la dictadura comunista por parte de los pensadores occidentales constituye, precisamente, la señal y la consecuencia de esta caída del humanismo secular que sentimos hoy y que continuaremos sintiendo en el futuro. No obstante, más tarde, a lo largo de los años noventa, surgieron acontecimientos también graves: triunfaron rápidamente las fuerzas oscuras, truhanes sin fe y sin ley que se enriquecen con el saqueo de los bienes nacionales, e implantan en la sociedad cinismo y corrupción moral.

Esto es una catástrofe para toda Rusia. He sufrido muchísimo a causa de todos estos cambios. No obstante, a mis ochenta y siete años y con una salud delicada, no tengo ya las fuerzas necesarias para influir en el curso de los acontecimientos.

¿Cuál es el porvenir de Rusia? ¿La democracia, o un Estado autoritario, construido según el modelo chino? ¿Rusia debe aproximarse a Occidente, o bien encontrar su propio camino?

Aunque la estructura social sea fundamental, la estructura moral es lo más importante de todo. En cuanto a la democracia que deseo para Rusia, el modelo que propongo se distingue del parlamentarismo de los partidos que predomina en Occidente. Considero la existencia de los partidos políticos -ocupados únicamente en obtener el poder- no como un beneficio, sino como una desgracia. Me gustaría contemplar la futura democracia rusa no como un modelo calcado de Occidente.

SUMARIO

5

“¿San Gilberto? [El hombre eterno]

artículo de juan manuel de prada en abc, sabado 9 de diciembre de 2006

Como la Iglesia está integrada por hombres, es natural que a veces yerre; como la guía el Espí­ritu, es también natural que rectifique sus ye­rros. Siempre he considerado que uno de los más gra­ves yerros de la Iglesia es que los católicos aún no po­damos invocar a Chesterton como sin duda merece: san Gilberto.

Leo con alborozo en el semanario «Alfa y Omega» que se acaba de iniciarla causa de beatifica­ción de Gilbert Keith Chesterton, uno de los más gran­diosos escritores de la historia y, sin lugar a dudas, el más sagaz, divertido y luminoso de los apologetas de la fe católica del siglo XX.

A los relatores de la causa les bastará leer las obras de este titán de la pluma —tan delicadamente paradójicas, tan hondas y ame­nas, tan tocadas por la Gracia— para descubrir que no ha habido mortal que merezca más cabalmente el reconocimiento de su santidad; y no se me ocurre acto más congruente con Benedicto XVI —quien, sin duda, será re­cordado como «el Papa de la Razón», el Papá que hizo más inteligible a Dios a través de la inteligencia— que la canonización de Chesterton; que dedicó su vida al mismo esfuerzo, con re­sultados tan hermosos y perdurables.

Tengo entendido que, para que prosperen las causas de beatificación y canoniza­ción, debe acreditarse la comisión de varios mila­gros. De Chesterton, desde luego, pueden acreditarse cientos de miles. Ignoro si mediante su intercesión los tullidos han recuperado el movimiento y los cie­gos la vista; sí puedo asegurar en cambio (quien lo probó lo sabe), que la lectura de sus libros ha abierto las esplendorosas estancias de la fe para muchos lec­tores que deambulábamos por pasadizos sombríos.

Y aquí convendría delimitar la verdadera naturaleza de los milagros, a la luz de lo que el propio Chesterton escribe en Ortodoxia. Fijémonos en los que realizó Jesús: cualquiera de ellos —curar a los enfermos, multiplicar los panes y los peces, incluso resucitar a los muertos— palidece ante el que sin duda es el más pasmoso de todos ellos: que unos pescadores analfabe­tos se convirtieran en anunciadores del Evangelio.

También Chesterton ha conseguido, a través de sus li­bros, que quienes se aproximan a ellos en busca de un mero deleite estético e intelectual reciban el don de la fe. Alcanzar ese don siempre tiene un componente mi­lagroso; alcanzarlo a través de la inteligencia consti­tuye el más vertiginoso y acendrado de los milagros. Los lectores de Chesterton, como aquellos pescadores analfabetos que escuchaban las predicaciones de Cristo, hemos saboreado el suculento placer que pro­cura la aproximación a lo sublime a través de la inteli­gencia.

Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me reclaman a veces recomendaciones de lectura. Me permitirán que en esta ocasión, para celebrar el ini­cio de la causa de beatificación de mi escritor predi­lecto, les lance una propuesta. Se trata de un libro que resume en apenas trescientas páginas la historia de la humanidad, que es también la Historia de la Salva­ción; uno de esos libros —como Las confesiones de san Agustín o la poesía de san Juan de la Cruz— que cons­tituye en sí mismo una obra maestra de la literatura, pero que al mismo tiempo es algo más, mucho más: es la gracia divina hecha escritura, transmutada en pa­labras gozosas, de una belleza y un ardor intelectual, de una amenidad y una hondura tales que quienes las leen tienen la sensación de haber sido bautizados de nuevo.

El libro en cuestión se titula El hombre eterno, editado en español por Ediciones Cristiandad. Regá­lenlo estas Navidades a sus amigos, a sus enemigos, a sus parientes, incluso a sus suegras; y, sobre todo, léanlo ustedes, léanlo con detenimiento y unción, pa­ladeando cada razonamiento, cada paradoja, cada me­táfora, cada fulguración de la inteligencia. No se de­moren ni un instante más y encárguenlo a su librero.

Les aseguro que no les defraudará. Y, después de leí­do, convendrán conmigo en que a su autor sólo hay un modo de invocarlo: san Gilberto Chesterton. Antes in­cluso de que lo canonicen.

SUMARIO

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