Jesús Vélez

Junio 25, 2007

Joseph Ratzinger, “La abolición del hombre”, Le Figaro, 17.XI.01

>> Entrevista en la que ofrece un punto de vista acerca de las cuestiones fundamentales de nuestra época. La Iglesia y la tolerancia, Occidente y el Islam, la ciencia y el futuro.

CONSECUENCIAS DEL RELATIVISMO CONTEMPORÁNEO (más…)

¿Es razonable creer en Dios?

 

Santa Misa en la explanada de Isling, homilía del Santo Padre

Ratisbona, martes 12 de septiembre de 2006

Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;
queridos hermanos y hermanas: 

“El que cree nunca está solo”. Permitidme repetir una vez más el lema de estos días y expresar mi alegría porque podemos verlo realizado aquí:  la fe nos reúne y nos regala una fiesta. Nos da la alegría en Dios, la alegría por la creación y por estar juntos. Sé que esta fiesta ha requerido mucho empeño y mucho trabajo previo. Por las noticias de los periódicos he podido conocer un poco cuántas personas han dedicado su tiempo y sus fuerzas para preparar esta explanada de un modo tan digno; gracias a ellos está la cruz aquí, sobre la colina, como signo de Dios para la paz del mundo; los caminos de entrada y de salida están libres; la seguridad y el orden están garantizados; se han preparado alojamientos, etc.

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Encuentro del Santo Padre con los jóvenes de Roma y del Lacio como preparación para la XXI Jornada Mundial de la Juventud

Santidad, soy Simone, de la parroquia de San Bartolomé; tengo 21 años y estudio ingeniería química en la universidad “La Sapienza” de Roma.

Ante todo, quiero darle las gracias por habernos dirigido el Mensaje para la XXI Jornada mundial de la juventud sobre el tema de la palabra de Dios que ilumina los pasos de la vida del hombre. Ante las preocupaciones, las incertidumbres con respecto al futuro e incluso simplemente cuando afronto la rutina de la vida diaria, también yo siento la necesidad de alimentarme de la palabra de Dios y conocer mejor a Cristo, a fin de encontrar respuestas a mis interrogantes. A menudo me pregunto qué haría Jesús si estuviera en mi lugar en una situación determinada, pero no siempre logro comprender lo que me dice la Biblia. Además, sé que los libros de la Biblia fueron escritos por hombres diversos, en épocas diversas y todas muy lejos de mí. ¿Cómo puedo reconocer que lo que leo es, en cualquier caso, palabra de Dios que interpela mi vida? Muchas gracias.

Respondo subrayando por ahora un primer punto:  ante todo se debe decir que es preciso leer la sagrada Escritura no como un libro histórico cualquiera, por ejemplo como leemos a Homero, a Ovidio o a Horacio. Hay que leerla realmente como palabra de Dios, es decir, entablando una conversación con Dios. Al inicio hay que orar, hablar con el Señor:  “Ábreme la puerta”. Es lo que dice con frecuencia san Agustín en sus homilías:  “He llamado a la puerta de la Palabra para encontrar finalmente lo que el Señor me quiere decir”. Esto me parece muy importante. La Escritura no se lee en un clima académico, sino orando y diciendo al Señor:  “Ayúdame a entender tu palabra, lo que quieres decirme en esta página”.

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5 preguntas a Benedicto XVI

Encuentro del Santo Padre con los jóvenes de Roma y del Lacio como preparación para la XXI Jornada Mundial de la Juventud.

Jesús Vélez

5 preguntas a Benedicto XVI

Mayo 3, 2007

Los cruzados ateos de la ciencia

Firmante: Phillip Elias
02-05-2007
046/07

La convicción de que ciencia y religión son incompatibles nunca ha sido mayoritaria. Pero hoy un puñado de científicos han emprendido una particular cruzada atea publicando libros de divulgación con los que quieren sacar a la humanidad de la vana creencia en Dios. El más conocido es el profesor de Oxford Richard Dawkins, estudioso de la evolución, cuyo libro “The God Delusión”, traducido ahora al castellano (1), ha alcanzado amplia difusión, y también bastantes críticas de otros colegas científicos.

Dawkins describe su libro como la culminación de su guerra contra la religión. Y aunque es un mamotreto de 480 páginas, es de lectura fácil, casi podríamos decir una lectura ligera. Hay poco que Dawkins no haya dicho antes.Comienza exonerando a científicos como Einstein de cualquier sospecha de creencia religiosa y condenando el puesto privilegiado que a su juicio tiene la religión en la sociedad. También rechaza el agnosticismo, pues Dawkins cree que “la hipótesis Dios” puede ser abordada por la ciencia, y por lo tanto es empíricamente verificable. Dedica dos capítulos a desacreditar los argumentos a favor de la existencia de Dios. El primero trata de las cuatro primeras vías de Tomás de Aquino y el segundo lo dedica específicamente al argumento del diseño.

Dawkins se ocupa también de la religión en general. Especula sobre posibles motivos para dar razón de que la religión haya estado presente en todas las sociedades. Trata de explicar la moralidad humana utilizando el concepto darwinista de selección natural. En los siguientes capítulos pasa a la ofensiva: los preceptos religiosos son inmorales; las creencias religiosas han causado la mayoría de los problemas del mundo; y la educación de los niños en la fe es una forma de abuso de menores. En el capítulo final Dawkins explica su idea de cómo la ciencia puede ser para la humanidad esa fuente de inspiración que ha sido usurpada por la religión.

Muchas metáforas, pocos argumentosAunque trata de la religión, hay pocas referencias directas a textos de teología o filosofía. Cuanto más rico y reconocido es un argumento sobre la existencia de Dios, menos atención le dedica. Su estilo coloquial es claro, pero al precio de la superficialidad. Y es que Dawkins utiliza muchas metáforas, pero pocos argumentos. Prefiere arremeter con ataques indiscriminados: la gente no cree realmente en Dios, pues les entristece morir; el Dios del Antiguo Testamento es “celoso, mezquino, injusto, sanguinario…” (y sigue así durante varias líneas). La mayoría del libro se alimenta de anécdotas personales, burlas sobre fundamentalistas cristianos, terroristas islámicos y la piedad popular católica, junto a historias horribles sobre el fanatismo y la intolerancia religiosa.

Pero Dawkins ciertamente no ha pretendido escribir un trabajo académico. Después de todo, ocupa la cátedra Charles Simonyi para el Conocimiento Público de la Ciencia, y para Dawkins el “conocimiento público” significa dos cosas: popularidad y persuasión. La personalidad y la posición de Dawkins garantizaban que “The God Delusion” sería popular. Pero ¿es convincente?

El tipo de persuasión que Dawkins busca es una persuasión psicológica. Explícitamente dice que se propone hacer consciente al público de cuatro cosas: el poder de la selección natural como causa explicativa; la educación religiosa como una forma de abuso de menores; la posibilidad de ser feliz, equilibrado, ético e intelectualmente completo siendo ateo; y el “orgullo ateo” para contrarrestar la persecución contra los ateos. Dawkins quiere que la gente “atrapada por la religión” sea capaz de “salir del armario” y declarar su ateísmo.

En este sentido, el libro puede ser visto como una especie de guía de autoayuda para ateos.

Aunque Dawkins declara que el culto a la personalidad es altamente indeseable, su libro está plagado de anécdotas personales en las que él sale triunfador, comentarios joviales que ponen de relieve el ingenio colectivo de Dawkins y de los colegas que piensan como él. Se supone que el lector debe sentirse un privilegiado porque se le permita echar un vistazo a las sutiles mentes de esta elite. ¿Pero esto es convincente?

Lo que explica todoLa selección natural es una idea extremadamente poderosa y Dawkins es muy experto a la hora de utilizarla. Sin embargo, cuando la utiliza filosóficamente cae en la redundancia. Por ejemplo, en su modo de entender la moralidad. Dawkins sostiene que tenemos códigos morales porque en el pasado supusieron alguna ventaja selectiva en la evolución. ¿Y cómo sabemos que esos códigos morales conferían alguna ventaja en la selección natural? Porque los tenemos.

Así que tenemos la moral que teníamos que tener: una conclusión redundante y determinista. (Curiosamente, Dawkins “no está interesado” en la cuestión del libre albedrío). La misma conclusión inadecuada vale para su aplicación de la selección natural a Dios, la causalidad, la verdad, la existencia… La selección natural por sí misma no puede explicar el “porqué” de nada.

Otra de las convicciones que Dawkins quiere difundir –”no hay algo así como un niño cristiano”– simplemente manifiesta su prejuicio antirreligioso. Se pregunta por qué un niño con una etiqueta religiosa no es tan escandaloso como “un niño marxista” o como “un niño ateo”. Pero ¿sería también indignante que hubiera un “niño inglés” o una “niña india” o un “niño judío”? En realidad, Dawkins disfraza su verdadero propósito –quitar la religión de cualquier identidad cultural– con una acusación emotiva de abuso de menores.

Un espantapájaros religiosoLa crítica más repetida contra el libro de Dawkins es que desconoce a su enemigo (la religión), y que monta en su lugar un espantapájaros. Dawkins cree que la llamada “hipótesis Dios” –que “existe una inteligencia sobrehumana y sobrenatural, que deliberadamente diseñó y creó el universo y todo lo que existe en él, incluidos nosotros”– es científicamente comprobable. En el sentido moderno, ciencia es el estudio de la materia física o natural. Pero ¿cómo se puede comprobar una hipótesis que es, por definición, sobrenatural y metafísica?

En realidad, Dawkins no cree que la existencia de Dios sea comprobable. Pero no admitirá ninguna epistemología fuera de la ciencia. Para él, la realidad no material no existe, y por lo tanto Dios no existe. No es extraño que “no esté interesado” en el libre albedrío, o en la causa de que la materia exista. No cree que pueda salir la luz de cualquier cuestión filosófica, sea cual sea. Es un rancio positivista, lleno de prejuicios contra la metafísica.

Marzo 29, 2007

La teología de Jon Sobrino

["La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo pública ayer una Notificación en la que advierte que dos obras del teólogo jesuita español Jon Sobrino 'presentan, en algunos puntos, notables discrepancias con la fe de la Iglesia'. El documento señala que la Congregación no ha pretendido 'juzgar las intenciones subjetivas del autor', sino llamar la atención acerca de 'proposiciones que no están en conformidad con la doctrina de la Iglesia' y 'ofrecer a los fieles un criterio de juicio seguro'. (...) 'En concreto, la Notificación hace referencia a los libros Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret -publicado en Madrid en 1991- y La Fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas -editado en El Salvador en 1999-. Las proposiciones que no están en conformidad con la fe se refieren a la metodología utilizada por el autor y a sus conceptos sobre la divinidad de Jesucristo, su encarnación, su relación con el Reino de Dios, su autoconciencia y el valor salvífico de su muerte.» (La Razón, 17-III-2007) 

LLama la atención que son muy pocos los medios que informan con objetividad de lo que ha dicho la Santa Sede y, en cambio, son muchos los que cantan las maravillas de la doctrina del teólogo español, criticando la actuación de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Papa Benedicto XVI que ha aprobado la Notificación, con el mandato de publicarla. 

Así, por ejemplo, leo en NoticiasdeGipuzkoa: "La Compañía de Jesús de la provincia de Loyola reiteró ayer su apoyo al jesuita de origen vasco Jon Sobrino, referente de la Teología de la Liberación, quien anteayer recibió una advertencia del Vaticano al considerar "peligroso" su mensaje." (...) "El compromiso personal de Jon Sobrino y su sólida fe están fuera de toda duda", manifestó a través de una nota de prensa la Compañía de Jesús, quien indicó que el jesuita vasco está "tranquilo y dispuesto" a seguir sirviendo a la Iglesia.  

Y el El Diario Vasco de ayer publica un artículo de Juan José Tamayo en el que se dice que una de esas obras de Jon Sobrino (La Fe en Jesucristo) puede ser considerada "una de la obras mayores de la cristología del siglo XX"... Dice así el primer párrafo del ponderado artículo de Tamayo: "La Congregación para la Doctrina de la Fe ha emitido una notificación sobre dos libros del teólogo hispano-salvadoreño Jon Sobrino Jesucristo liberador y La fe en Jesucristo. Ensayo sobre las víctimas, en los que dice haber encontrado «diversas proposiciones erróneas o peligrosas que pueden causar daño a los fieles». Me gustaría hacer una reflexión serena sobre uno de esos libros, La fe en Jesucristo, publicada en 1998, que considero una de las obras mayores de la cristología del siglo XX, al lado de Jesucristo, de Karl Adam, Ser cristiano, de Hans Küng, Jesús el Cristo, de Walter Kasper, Jesucristo y la liberación del hombre, de Leonardo Boff, El hombre de hoy ante Jesús de Nazaret, de Juan Luis Segundo, Jesús. La historia de un Viviente, de Edward Schillebeeckx, y Cristología feminista crítica, de Elisabeth Schüsler Fiorenza, entre otras." 

"El País" (16-III-2007), en su línea, publica también un artículo que destaca por su objetividad y serenidad. Copio un párrafo ilustrativo: "Jon, amigo, gran cristiano y sacerdote fiel de la Iglesia de Cristo, te han puesto en una terrible encrucijada: o seguir levantando la voz, aunque lo prohíba la inquisición, o aceptar el silencio impuesto, para que sea tu silencio el que grite. Tomes la decisión que tomes, estaremos contigo. Cuenta con nosotros." 

Y en otro sitio (clik aquí): "Para expresar el rechazo a la decisión, emitida por el papado de Benedicto XVI, está iniciándose la campaña 'Querido Jon Sobrino, estamos juntos, juntas...'. La campaña consiste en enviar cartas al religioso, donde las personas hablen sobre el provecho conseguido por la lectura de libros tales como Jesús Cristo Libertador - Lectura Histórica/Teológica de Jesús de Nazaret y La Fe en Jesús Cristo - Ensayo a partir de las víctimas, los dos que fueron analizados por la comisión del Vaticano, que acusa al teólogo de 'humanizar por demás' la figura de Jesús Cristo.”  

Y en ese mismo sitio, que ya se ve que destaca también por su ponderación en los juicios y por su fidelidad al Magisterio se dice en otro artículo: “Jon Sobrino antes de ser teólogo es el ‘discípulo fiel’, en sintonía profunda y comunión plena con el proyecto de Jesús y con el caminar de su Pueblo, de nuestro Pueblo, del Pueblo latinoamericano, del Pueblo de Dios. Su palabra comprometida, hablada y escrita, se hizo profecía en los más diversos rincones del continente, restituyendo a muchos la esperanza de reconstrucción da la Patria Grande, donde el sueño de vida nueva, justicia y libertad, siga alimentando la lucha por realizar el ‘otro mundo posible’. Su presencia, vida y trabajo son entonces, para nosotros, signos del evangelio y del reino que tienen fuerza de transformación, pero con persecución.”  

Reproducimos —en busca de un poco de oxígeno, con un análisis intelectual más serio y con una mente más católica— un artículo de Juan Luis Lorda titulado "La Teología de Jon Sobrino", que ha sido publicado en La Gaceta de los Negocios (14-III-2007).]

En las películas de propaganda, siempre queda claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Tanto si hace la película la izquierda comunista como la derecha bienpensante. En la vida, las cosas suelen ser más mezcladas.  

La Santa Sede acaba de hacer público una nota de diez páginas señalando los errores doctrinales de Jon Sobrino, teólogo jesuita, nacido en Barcelona (1938) afincado en El Salvador y profesor de la Universidad Católica. Se centra sobre todo, en dos libros sobre Jesucristo y su misión, que se usan en muchos seminarios latinoamericanos.  

Jon Sobrino es un representante conocido de la Teología de la Liberación. Hacían una teología con la buena intención de liberar a los pobres de sus distintas opresiones y provocar la revolución liberadora. Tenían la buena voluntad de ponerse en favor de los pobres. Pero para conseguir la revolución, deformaban la doctrina y la práctica de la Iglesia, mezclándola con la doctrina y la praxis marxista.  

Ahora, la Santa Sede se queja de que Jon Sobrino no defiende la doctrina cristiana sobre quién es Jesucristo, como Hijo de Dios y redentor del hombre. La Iglesia tiene unas fórmulas muy precisas para hablar de los misterios de la fe y el P. Jon Sobrino, al cambiar algunas, parece deformar de manera importante la confesión cristiana sobre Jesucristo, que está contenida en el Credo. El problema principal, según la nota, se centra en que Sobrino separa demasiado lo que es el Hijo de Dios de lo que es el hombre Jesucristo. Hay que introducirse bastante en la historia de la teología para percibir todos los matices y las consecuencias.  

Se trata de un diálogo con el autor que empezó en el año 2001. En el 2004, se le comunicaron algunas quejas y, después, de unos intercambios, se ha visto conveniente publicar estas razones. Sólo deberían interesar a las personas dedicadas a la teología y a la enseñanza. Pero, como siempre, han tenido un eco desmedido.  

Algunos medios laicistas españoles (hay bastantes), que no admitirían la más mínima disidencia en sus redacciones, han puesto el grito en el cielo. Como siempre. Ellos apoyan todas las disidencias de la Iglesia, especialmente, las más críticas. La Iglesia es una sociedad inmensa, extendida por todo el mundo y tiene un nivel de pluralismo que es mucho mayor que, por ejemplo, cualquiera de los partidos políticos españoles. O, como se ha dicho, cualquiera de los medios que la critican con tanta dedicación.  

Pero, mientras no se sabe por qué los medios tienen dogmas, la Iglesia sí se sabe por qué los tiene. La fe cristiana es como es y los que deben enseñarla tienen que acomodarse a ella, dentro de un amplio pluralismo. Lo único que sucede ahora es que la Santa Sede declara que lo que enseña Jon Sobrino, sin querer retractarse, no es la doctrina cristiana. Esto, para todos, en la Iglesia, es un disgusto. Pero la autoridad tiene esa obligación de declarar lo que no está bien, sobre todo cuando tiene una relevancia pública.

 

Febrero 26, 2007

Arremete, pega y falla el golpe

Terry Eagleton 

The God Delusion (El Dios quimérico) de Richard Dawkins – Bantam, 406 pp, £20.00 

Imaginen a alguien pontificando sobre biología cuando su único conocimiento de la materia es el Libro de las Aves Británicas; esto les dará una idea aproximada de lo que supone leer lo que Dawkins escribe sobre teología. Racionalistas de carnet tales como Dawkins, que es lo más parecido que hemos tenido a un ateo profesional desde Bertrand Russell, son en cierto sentido los menos capacitados para entender aquello que critican, ya que no creen que exista algo que haya que entender, o por lo menos algo que merezca la pena entender. Por este motivo siempre acaban haciendo burdas caricaturas de la fe religiosa que estremecerían a un estudiante de primero de teología. Cuanto más detestan la religión, menos documentadas tienden a ser sus críticas. Si se les pidiera emitir un juicio sobre la fenomenología o la geopolítica del sur de Asia, seguramente estudiarían la cuestión tan a fondo como les fuera posible. Sin embargo, cuando se trata de la teología, cualquier historieta de pacotilla les resultará satisfactoria. Hoy en día, la teología es la reina de las ciencias pero en un sentido mucho menos augusto de lo que fue en su apogeo medieval.  

Cuando Dawkins habla de Dios se parece a esos maestros de derechas de Cambridge que acudieron entusiasmados a Cancillería hace algunos años para oponerse a que nombraran a Jacques Derrida doctor “honoris causa”. Me malicio que casi ninguno de ellos apenas si había leído unas pocas páginas de sus libros, e incluso este juicio podría ser demasiado indulgente. Sin embargo, con toda seguridad, les hubiese horrorizado leer una redacción sobre Hume escrita por un alumno que no hubiese leído su Tratado de la Naturaleza Humana. Siempre hay temas ante los que ciertas mentes -que normalmente son escrupulosas en la indagación intelectual-, sucumben sin apenas enfrentarse al más burdo de los prejuicios. A muchos de los psicólogos académicos esto les pasa con Jacques Lacan; a los filósofos de Oxford y Cambridge, esto les pasa con Heidegger; a los ciudadanos que antes pertenecían al bloque soviético, les pasa esto con los escritos de Marx; a los ateos militantes esto les sucede con la religión. 

¿Cuál es –uno se pregunta- la postura de Dawkins ante las diferencias epistemológicas entre Tomás de Aquino y Duns Escoto? Ha leído lo que Eriugena escribe sobre la subjetividad, lo que Rahner escribe sobre la gracia, lo que Moltmann escribe sobre la esperanza? ¿Le suenan siquiera esos nombres? ¿O es que se imagina, como si fuera un abogado joven y presuntuoso, que se puede derrotar al oponente sin estar al corriente de su argumento más difícil? Parece ser que a Dawkins se le ha tachado alguna vez de levantar hombres de paja sólo para machacarlos, una acusación que él rebate en su libro; pero si El Dios quimérico ha de servir como pauta, esos críticos tienen toda la razón. Por lo que respecta a la teología, Dawkins tiene mucho en común con Ian Paisley y los evangélicos de la televisión norteamericana. Tanto el uno como los otros están prácticamente de acuerdo sobre lo que es la religión; lo que pasa es que mientras Dawkins la rechaza, Oral Roberts y su cortejo de aduladores viven a sus expensas.  

Unos pocos ejemplos, entre muchos posibles, deberían bastar. Dawkins piensa que toda fe es una fe ciega, y que a los niños cristianos y musulmanes se les educa para creer sin cuestionarse nada. Ni siquiera aquellos clérigos de tan pocas luces que me pegaban en el colegio pensaban así. En la corriente principal del cristianismo, la razón, el argumento y la duda honesta siempre han desempeñado un papel relevante dentro de la fe. (Ya que Dawkins nos invita a dudar de todo, ¿dónde está su propia crítica de la ciencia, la objetividad, el relativismo, el ateismo y demás?). Es cierto que el creyente piensa que la razón no lo explica todo, pero lo mismo piensa la mayor parte de la gente no creyente que es sensible y civilizada. El mismo Richard Dawkins vive más de la fe que de la razón. Sostenemos muchas creencias que no tienen una justificación racional evidente, pero que sin embargo es razonable sostener. Sólo los positivistas piensan que “racional” quiere decir “científico”. Dawkins rechaza la más que razonable aseveración de que ciencia y religión no se oponen, argumentando que esto eximiría a la religión de la indagación racional. Pero esto es un error: defender que la ciencia y la religión se formulan preguntas distintas sobre el mundo no es lo mismo que sugerir que si los huesos de Jesús fuesen descubiertos en Palestina, el papa debería bajar, lo antes posible, a la cola de los que cobran el subsidio de desempleo. Se trata más bien de defender que mientras que la fe, al igual que el amor, se basan en un conocimiento de los hechos, sin embargo no se agota en ese conocimiento. Para que mi afirmación de que te amo sea coherente, debo ser capaz de explicar qué hay en ti que justifica ese amor; pero el director de la sucursal donde deposito el dinero podría estar de acuerdo con mi tierna descripción de ti sin estar él mismo enamorado de ti.  

Dawkins sostiene que la existencia o no existencia de Dios es una hipótesis científica que es susceptible de demostración racional. El cristianismo enseña que defender que hay un Dios debe ser razonable, pero esto no es en absoluto lo mismo que tener fe. Creer en Dios, diga lo que diga Dawkins, no es lo mismo que concluir que los extraterrestres o el ratoncito Pérez existen. Dios no es un objeto celestial superferolítico o un OVNI divino, sobre cuya existencia debamos dudar hasta poseer la evidencia necesaria. Los teólogos no creen que Dios esté ni dentro ni fuera del universo, tal como alega Dawkins. Es trascendente e invisible, a diferencia del monstruo del lago Ness. Esto no quiere decir que las personas religiosas crean en un agujero negro, ya que también creen que Dios se ha revelado: no, tal como piensa Dawkins, a la manera de un fabricante cósmico incluso más listo que el propio Dawkins (el Nuevo Testamento apenas dice nada sobre Dios como Creador), sino a la manera, por lo menos para los cristianos, de un criminal político odiado y asesinado. Los judíos de lo que se conoce como el Antiguo Testamento tenían fe en Dios, pero esto no significa que después de debatir esta materia en varias conferencias internacionales decidieran apoyar la hipótesis científica de que existía un arquitecto supremo del universo – aunque el Génesis revela que opinaban así. Tenían fe en Dios en el mismo sentido en que yo tengo fe en ti. Puede que se hubieran equivocado; pero desde luego no porque su hipótesis científica fuera infundada.  

Dawkins habla displicentemente de un Dios personal, como si fuera completamente obvio lo que eso significa. Parece que se imagina a Dios, si no exactamente con barba blanca, sí al menos como una especie de muchacho, pero en grande. Se pregunta cómo es posible que este muchacho pueda comunicarse con miles de millones de personas simultáneamente, lo cual es como preguntarse por qué, si Tony Blair es un pulpo, sólo tiene dos brazos. Para la tradición judeo-cristiana, Dios no es una persona en el mismo sentido en que Al Gore es de alguna manera persona. Tampoco es un principio, un ser, o un “existente”: en al menos un sentido de esa palabra podría ser perfectamente coherente para una persona religiosa sostener que Dios de hecho no existe. Dios es más bien la condición de posibilidad de cualquier ser, incluyéndonos a nosotros mismos. El es la respuesta a la pregunta de por qué nos topamos con el ser y no con la nada. No es más cierta la afirmación de que Dios y el universo suman dos, que la afirmación de que la envidia que siento y mi pie izquierdo constituyen un par de objetos.  

Esto, y no una especie de super-fábrica, es lo que tradicionalmente se quiere decir al afirmar que Dios es Creador. El es el que mantiene todas las cosas en el ser por amor; y esto seguiría siendo así incluso si el universo no tuviera principio. Decir que le dio el ser de la nada no es una medida de lo listo que es. Se trata más bien de sugerir que lo hizo por amor y no por que necesitara hacerlo. El mundo no fue la consecuencia de una cadena inexorable de causa y efecto. Como si se tratara de una obra de arte Modernista, no hay en él necesidad alguna, y Dios podría haberse arrepentido de su trabajo hace ya mucho tiempo. La Creación es el “acte gratuit” original. Dios es un artista que lo hizo por puro amor o por pura diversión, no un científico trabajando en un magnífico diseño racional que dejará boquiabierta a la entidad proveedora de sus fondos de investigación.  

El universo es de Dios y por esta misma razón participa de su vida, que es una vida de libertad. Por eso funciona solo y por eso tanto la ciencia como Richard Dawkins son posibles. Lo mismo pasa con los seres humanos: Dios no es un obstáculo a nuestra independencia ni a nuestro disfrute. El es, como arguye Tomás de Aquino, el poder que nos permite ser nosotros mismos. Como nuestro propio inconsciente, El está más cerca de nosotros que nosotros mismos. El es la fuente de nuestro libre albedrío, no su anulación. Depender de El, como depender de los amigos, es una cuestión de libertad y de poder llegar a nuestra realización. De hecho, amistad es la palabra que el Aquinate usa para describir la relación entre Dios y la humanidad.  

Dawkins, que está tan obsesionado con la mecánica de la Creación como sus adversarios creacionistas, no entiende nada de estas doctrinas tradicionales. Tampoco entiende que dado que Dios nos es trascendente (que es lo mismo que decir que no necesitaba habernos creado), no es un neurótico que nos necesite desesperadamente, sino que sólo quiere que le permitamos amarnos. El Dios de Dawkins, por el contrario, es Satánico. Satán (en hebreo el “acusador”) es quien nos hace representarnos a Dios como el “Gran Papá” y juez castigador. Y el Dios de Dawkins es precisamente eso: un ególatra repulsivo. Esta falsa concepción la desmonta la persona de Jesús, que revela al Padre como amigo y esposo, no como juez. El Ser Supremo de Dawkins es el Dios de aquéllos que pretenden evitar la ira de Dios sacrificando animales, siendo cuidadosos con la dieta alimenticia y portándose exquisitamente bien. No son capaces de asumir el escándalo de que Dios los quiere como son, con toda su miseria moral. Por eso dice san Pablo que la ley es maldita. Dawkins considera al cristianismo en términos de una noción de expiación estrecha y legalista – de un brutal Dios vengador que sacrifica a su propio hijo para resarcirse de las ofensas perpetradas contra El – y tacha la fe de cruel y odiosa. Seguro que el Arzobispo de Canterbury no podría estar más de acuerdo. Fue el Imperio Romano, no Dios, el que mató a Jesús.  

A Dawkins le parece raro que los cristianos no deseen ardientemente la muerte, pues eso les abriría las puertas del paraíso. No se da cuenta de que el cristianismo, como la mayoría de los credos religiosos, valora altamente la vida humana, lo que explica la diferencia entre el mártir y el suicida. Este abandona la vida porque para él carece de valor; el mártir entrega su posesión más preciosa por el bien de otros cuando éste es superior. Este acto de entrega de sí mismo se conoce generalmente como sacrificio, una palabra que ha acumulado injustamente todo tipo de connotaciones políticamente incorrectas. Jesus, especula Dawkins, podría haber deseado su propia traición y muerte, algo que los escritores del Nuevo Testamento intentan rebatir deliberadamente al introducir la escena de Getsemaní, en la que Jesús está claramente aterrado ante la perspectiva de su inminente ejecución. También le hacen decir cosas en la cruz que implican esto mismo. Jesús no murió porque fuera loco o masoquista, sino porque el Imperio Romano, sus distintos lacayos locales y sus perros de presa se asustaron de su mensaje de amor, misericordia y justicia, a la vez que de su enorme popularidad entre los pobres, y acabaron con él para evitar una insurrección a gran escala en el contexto de una situación política muy inestable. Muchos de los camaradas cercanos a Jesús eran probablemente celotes, miembros de un movimiento anti-imperialista clandestino. El apellido de Judas sugiere que éste podría haber sido uno de ellos, lo que hace que su traición sea mucho más fácil de entender: quizá traicionó a su líder por estar desencantado y lleno de amargura al reconocer que no era, después de todo, el Mesías. Los Mesías no nacen pobres; no rechazan armas de destrucción; y normalmente entran en las capitales de los Estados en limusinas blindadas rodeadas de policías motorizados, no sobre un asno.  

Jesús, contra lo que defiende Dawkins, sí que realmente “extrajo su ética de las Escrituras” (era un judío devoto, no el fundador de una novedosa organización chic), y fue un Mesías esperpéntico. Fue una parodia carnavalesca de un líder que entendía, por lo menos así lo parece, que un régimen que no se basa sobre la solidaridad con la fragilidad y el fracaso está destinado a hundirse bajo su propio orgullo. El símbolo de ese fracaso fue su crucifixión. Animado por la fe, fue fiel a la fuente de vida que él enigmáticamente llamaba su Padre. Este, bajo su aspecto del Yahvé del Antiguo Testamento, dice a los hebreos que odia sus sacrificios y que su incienso le repugna al olfato. Le conocerán de verdad, les recuerda, cuando vean que los hambrientos son colmados de cosas buenas y que los ricos son despojados y rechazados. No se os permite hacer un fetiche o ídolo de este Dios, pues la única imagen de él la constituyen la carne y la sangre humanas. Para el cristianismo, la salvación tiene que ver con cuidar del enfermo y acoger al inmigrante, proteger al pobre de la violencia de los ricos. No es ni mucho menos un asunto “religioso”, y no requiere un atuendo especial, comportamiento ritual o ser un maniático de la dieta. (La prohibición católica de comer carne los viernes es una regla eclesial que no tiene su fuente en la Escritura). 

A Jesús se le veía con prostitutas y marginados, era bastante despreocupado en temas sexuales, censuraba la familia (al Dawkins de familia bien esto le causa cierta inquietud), nos animó a no agobiarnos con la propiedad y las posesiones, avisó a sus seguidores que ellos también morirían violentamente, e insistió que la verdad mata y divide además de liberar. También maldijo a los de mentalidad farisaica y alarmó profundamente a los jefes del pueblo.  

La fe cristiana sostiene que aquellos que son capaces de asumir la crucifixión y vivir, aceptar que la verdad traumática de la historia humana es un cuerpo torturado, podrían gozar de la oportunidad de una nueva vida – pero sólo en virtud de una transformación inimaginable de nuestra desesperada condición presente. Esto se conoce como la resurrección. Aquellos que no ven esta imagen horrible de un inocente mutilado como las verdad de la historia son susceptibles de hacerse devotos de esa prometedora superstición que se identifica con el progreso humano infinito, del que Dawkins es un defensor acérrimo. O podrían ser reformadores bienintencionados o demócratas sociales, que desde una óptica cristiana se quedan cortos. 

La doctrina central del cristianismo, por tanto, no es que Dios sea un cabrón. Consiste, en palabras del recientemente fallecido teólogo dominico Herbert McCabe, en que si no amas estás muerto y, si amas, te matarán. Estos son por tanto los castillos en el aire y el opio del pueblo. Fue, por supuesto, Marx el que acuñó esa expresión; pero Marx, que en el mismo párrafo describe la religión como “el corazón de un mundo sin corazón, el alma de un mundo sin alma”, fue mucho más juicioso y argumentativo que el Dawkins que arremete, pega y falla el golpe.  

Ahora bien, puede ser verdad que todo esto no sea más verosímil que el ratoncito Pérez. La mayoría de la gente que piensa hoy en día verá razones excelentes para rechazarlo. Pero los críticos de la cultura popular más rica y más duradera de la historia humana tienen la obligación moral de confrontar lo más persuasivo de esa cultura, y no contentarse con una victoria pírrica obtenida a base de ataques demoledores que la tildan de basura y de jerigonza cursi. La corriente principal de teología que acabo de explicar a grandes rasgos puede que no sea verdadera; pero el que la sostenga tiene derecho, en mi opinión, a ser respetado, mientras que Dawkins considera que ninguna creencia religiosa, de cualquier tiempo o lugar, es en absoluto merecedora de respeto. Hay que tener en cuenta que esta es la opinión de un hombre profundamente contrario al dogmatismo. Él insiste que incluso las opiniones religiosas moderadas deben ser discutidas ferozmente, porque siempre pueden desembocar en una actitud fanática. 

Algunas corrientes del liberalismo que Dawkins defiende han degenerado hoy en día en un tipo de neoliberalismo bastante nefasto, pero en mi opinión esto no es razón para no defender el liberalismo. De una forma un tanto sibilina, Dawkins llega a sugerir que el Obispo de Oxford es el responsable de fenómenos como el de Osama ben Laden. Su polémica habría sido mucho más convincente si hubiera venido de un hombre algo menos arrogantemente triunfalista sobre el papel de la ciencia (sólo hay uno o dos gestos es su libro que apunten a la falibilidad de aquélla), y que pudiera abstenerse de escribir frases tales como “esta objeción (a una opinión científica particular) se la puede contestar con la sugerencia…. de que hay muchos universos”, como si una simple sugerencia constituyera un contra-argumento científico. El no se pronuncia sobre los horrores que la ciencia y la tecnología han infligido a la humanidad, como cabría esperar. Sin embargo, es mucho más probable que el Apocalipsis llegue a ser la consecuencia de aquéllas que de la religión. Prefiero la Inquisición a la guerra química. 

Tal es la impasible imparcialidad científica de Dawkins, que en un libro de casi 400 páginas, apenas es capaz de reconocer que la fe religiosa haya causado un solo beneficio humano, una opinión que es tan improbable a priori como es empíricamente falsa. A los incontables millones de personas que han entregado sus vidas desinteresadamente al servicio de los demás en el nombre de Cristo, Buda o Alá se les borra de la historia humana – y esto por un autor que se auto-nombra cruzado contra la intolerancia. Es como el que equipara al socialismo con el Gulag. Como le pasa al puritano con el sexo, Dawkins ve a Dios en todas partes, incluso donde es evidente que está ausente. Piensa, por ejemplo, que si la religión desapareciera, el conflicto étnico-político de Irlanda del Norte también desaparecería como por ensalmo, lo que para alguien como yo, que vive allí algunas temporadas, indica precisamente lo poco que sabe del tema. También piensa de una manera un tanto extraña que los términos Lealista y Nacionalista son “eufemismos” correspondientes a Protestante y Católico, y claramente no percibe la diferencia entre un Lealista y un Unionista o entre un Nacionalista y un Republicano. También sostiene, en contra de buena parte de la evidencia disponible, que el terrorismo islámico se inspira en la religión y no en la política.  

Estas no son sólo las opiniones de un ateo rabioso. Son las opiniones de un tipo fácilmente identificable de racionalista liberal inglés de clase media. De la lectura de Dawkins, que de vez en cuando escribe como si la expresión “Tú, mansa esposa, no mancillada, de la quietud” fuera una manera muy divertida de describir una urna griega, se desprende que no sería el más grande entusiasta europeo de Foucault, el psicoanálisis, la propaganda política de izquierdas, el dadaísmo, el anarquismo o el feminismo separatista. Uno se imagina que todos estos fenómenos le resultarían tan desagradables a su racionalidad vigorosa e insensible como la virginidad perpetua de María. Sin embargo uno bien puede ser un ateo y a la vez un ferviente forofo de todos esos fenómenos. Su odio a Dios, por tanto, no es ni mucho menos la opinión de un científico admirablemente libre de prejuicios. Pertenece a un contexto cultural específico. Uno no espera recabar muchos votos a favor del anarquismo o de la virginidad perpetua de María en el norte de Oxford (debería señalar que uso la expresión “norte de Oxford” en un sentido ideológico y no geográfico. Dawkins puede estar tranquilo: que sepa que no sé dónde vive). 

Hay un ramalazo muy inglés del sentido común que cree sobre todo en lo que puede tocar, pesar y saborear, y El Dios quimérico surge, entre otros lugares, de ese escuela concreta. Su versión más ignorante y pueblerina hace que el mismo Dick Cheney recuerde a Thomas Mann. Los Diez Mandamientos laicos que Dawkins nos recomienda, uno de los cuales nos aconseja disfrutar de nuestras relaciones sexuales mientras no hagan daño a otros, son en su mayoría tópicos liberales. Dawkins hace bien en detestar a los fundamentalistas; pero hasta donde se me alcanza, sus diatribas anti-religiosas nunca han sido acompañadas en su trabajo por una crítica del capitalismo global que genera el odio, la ansiedad, la inseguridad y las humillaciones que dan lugar al fundamentalismo. En vez de eso, tal como propone el torpe parloteo mediático, todos los males se achacan a la religión. 

Por eso no sorprende que Dawkins resulte ser un seguidor de Hegel pasado de moda en lo que se refiere a la política global, al creer en un “zeitgeist” (su propio término) que implica un progreso continuo, con algún revés ocasional. “La ola en su totalidad” dice extasiado en su mejor estilo liberal “está en marcha”. Hay, reconoce generosamente, “contrariedades locales y temporales” tales como el gobierno norteamericano actual – como si ese régimen fuera una aberración electoral y no el heraldo de una transformación drástica del orden mundial con la que tendremos que convivir hasta donde llega nuestra capacidad de predicción del futuro. Dawkins, por el contrario, cree a lo Herbert Spencer, que “la tendencia de progreso es una realidad palmaria que continuará en el futuro”. Así que esto es lo que tenemos: nos dice el mismísimo Sr Ciencia Pública que a excepción de algunas pocas dificultades locales y temporales tales como los desastres ecológicos, las hambrunas, las guerras étnicas y los desiertos nucleares, la Historia se encamina perpetuamente hacia arriba. 

Aparte del ocasional guiño de rigor a los creyentes religiosos “sofisticados”, Dawkins tiende a confundir la religión con su vertiente fundamentalista. Esto no es sólo grotescamente falso; también es un truco para descalificar a los tipos de fe más reflexiva tachándolos de pertenecer a camarillas y no al gran público. Por tanto el grandísimo número de creyentes que sostienen algo parecido a la fe que he descrito en los párrafos anteriores pueden ser por tanto convenientemente equiparados a los reaccionarios que asesinan a los abortistas y a los homosexuales malignos. Por lo que respecta a despropósitos de ese tipo, El Dios quimérico hace un trabajo perfecto. Los dos textos más letales, tal vez dejando aparte los e-mails de Donald Rumsfeld, son
la Biblia y el Korán; y Dawkins, siendo a la vez uno de los mejores y uno de los peores liberales, ha hecho un trabajo magnífico en los últimos años al pronunciarse contra esta veta particular de la psicopatología que se conoce como el fundamentalismo, sea éste tejano o talibán. El tiene razón al repudiar la corriente de liberalismo timorato que piensa que hay que respetar las ideas tontas y repulsivas de otras personas simplemente porque son de otras personas. Con una indignación que es admirable, El Dios quimérico arguye que el status de los ateos en Estados Unidos hoy día es más o menos el mismo que el de los homosexuales hace 50 años. El libro está lleno de ilustraciones muy vivas de los horrores de la religión, sea fundamentalista o de otro tipo. Casi el 50% de los norteamericanos creen que la gloriosa Segunda Venida es inminente, y algunos están empeñados al máximo, con su iniquidad, en que eso se haga realidad. Pero Dawkins podría habernos dicho todo eso sin ser tan horriblemente malicioso con aquellos de sus colegas científicos que no están de acuerdo con él, y sin demostrar tanta ignorancia de la teología. También podría haber evitado ser el segundo individuo más mencionado en su libro – si consideramos a Dios como un individuo.
 

Terry Eagleton es titular de la cátedra John Edward Taylor de Literatura Inglesa de la Universidad de Manchester. Su último libro es Cómo Leer un Poema

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