Ideas sobre la amistad (y el pensamiento)

Artículos propios, Educación, opinion, Pensamiento

A los antiguos, la amistad les parecía el más feliz y plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes. El mundo moderno, en cambio, la ignora.

C.S. Lewis, Los cuatro amores, página 69

 

La dedicación a las tareas del espíritu sigue siendo minoritaria, por lo que el género de amistad del que hablan también lo es. R. Alvira, Filosofía de la vida cotidiana, página 173

 

Las grandes bibliotecas del mundo tienen estantes llenos con volúmenes que tratan sobre la amistad. Hay mucho escrito sobre ello. La bibliografía es inabarcable. Pese a ello, mirando alrededor no parece que seamos maestros en este colosal afecto; es más, la dedicación a las tareas del espíritu -en general- es minoritaria hoy día y no debe extrañar que el cultivo de la Amistad, también lo sea. Ya decía Aristóteles que “la amistad se da solamente entre los buenos; entre la gente corrompida sólo caben alianzas inestables, movidas por el interés”. De hecho, conviene tener bien claro que amistad no equivale a “colegueo”, “camaradería”, “compadreo”. El concepto supera la posible simpatía surgida al compartir la bolsa de hielo en un botellón, invitar a un compañero a un cigarrillo (ahora que la persecución anti-fumadores une más que nunca a los pobres adictos a la nicotina), o ceder el paso al entrar en la oficina. Frente a ello, puede afirmarse con el profesor Alvira que “el nivel de la amistad depende de la categoría de lo que se comparte. Suelen ser gustos y aficiones, puntos de vista sobre la política, la sociedad, la empresa en la que se trabaja… (Rafael Alvira, Filosofía de la vida cotidiana, página 176)

Entre muchas otras características, la amistad presume de ser desinteresada, no busca nada a cambio. Hablamos pues de un dar independiente del recibir, un don. En italiano podría decirse así (il offire porta un arriquirse) Sobre el balance de esta donación se podrían hacer algunos matices, pero -por esta vez- me limito a indicar que hay ocasiones en las que toca llenar el vaso del amigo y otras en las que tu vaso es llenado por el otro. Esto es lo habitual. No obstante, hay otros momentos en los que el intercambio es mutuo. Y me atrevo a decir que ésos son los momentos pasan a la historia. Dice Lewis que “los que no tienen nada no pueden compartir nada, los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta” (C.S. Lewis, Los cuatro amores, página 78).

 

Ese intercambio es el que suele darse entre dos mentes que comparten inquietudes y diferentes (o comunes) formas de ver el mundo que les rodea. Tienen argumentos y juicios en común, y por qué no, comparten opiniones en lo que a la solución de algunos problemas se refiere.

Habitualmente el pensar es una tarea ardua que requiere de un momento y circunstancias determinados, y una vez cesan, se acaba la magia, la inspiración; volvemos a tomar tierra. En cambio, cuando dos intelectos semejantes se encuentran, esas condiciones imprescindibles para la tarea intelectual están presentes, y el pensamiento corretea en torno a las diferentes ideas que fluyen en la conversación. Puede incluso llegar a darse -y de hecho se da- la situación de que antes de que el otro concluya uno de sus argumentos, el interlocutor lo tenga ya enunciado y esté a punto de concluir lo mismo.

Bueno, tomando tierra… Hace unos días tuve la suerte de compartir unas cervezas junto al mar con mi amigo Javier y un estadounidense amigo suyo al que quería enseñar las bellezas de la tierra que me acoge. La presentación fue la siguiente: ha estudiado filosofía, está haciendo un máster en teología, pasará el mes de agosto estudiando latín en Roma y colabora con diferentes universidades impartiendo clases en distintos continentes.

La cerveza se acabó, pero a nadie se le ocurrió interrumpir la conversación para pedir otra (algo poco habitual con las temperaturas que tenemos en el mes de julio) Y es que así da gusto pensar y conversar sobre diferentes inquietudes intelectuales: el entorno no podía ayudar más y la compañía era de altísima calidad. En esos casos, uno se dispone a aprender y descubre que es posible llegar a las mismas conclusiones pese a que la educación recibida y la forma de vida de esas dos personas sea tan diferente: un estadounidense y dos españoles. Y eso es así porque el Hombre es uno, la persona es la misma en cualquier sitio y las características que posee son las mismas independientemente de su país de procedencia o de su raza, de su formación académica o de sus aficiones deportivas.

Y es que el Hombre está echo para llegar a conocer la verdad y cuando encuentra a compañeros de viaje que tienen claro ése destino, resulta más fácil caminar hacia la meta, ya que es la amistad la que mitiga el cansancio del camino.

Por esto mismo recomiendo a mis alumnos de secundaria y bachillerato cultivar el arte de la conversación. No hay mejor escuela que el diálogo. De nuevo es el profesor Alvira el que nos indica los frutos de esas conversaciones al afirmar que “la amistad se forma gracias a que se descubren coincidencias más profundas en gustos, ideas, intereses, aficiones y proyectos; y esto lleva a manifestar también otros aspectos de la intimidad buscando coincidencias, ayuda y consejo” (R. Alvira, op. cit., p. 174) A lo largo de la vida nos encontraremos con gente maravillosa y con puntos de vista originales y eficaces que pueden servirnos para alcanzar la solución a los interrogantes presentes en cualquier momento. O bien, podremos ser nosotros los que les aportemos la pieza que les falta para llegar a componer el puzzle en el que estaban pensando. En otras ocasiones, ni se estarán planteando la solución de ese puzzle que es su vida, pero para eso están los amigos, para ponernos delante de la verdad y recomendarnos el mejor camino de recorrerla. Y esto funciona, ya que “ayudar también es mejorarse mutuamente. El amor, por lo mismo que quiere el bien para el otro, quiere también verle libre de sus males. Por eso, es exigente y estimulante: prueba, corrige y anima a mejorar. Son los verdaderos amigos los que nos dicen lo que quizá nadie se atrevería a decirnos. (R. Alvira, op. cit., pág186.)

 

 

¿Tu verdad? No, la verdad.

Y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.

Antonio Machado

 

 

Jesús Vélez

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