Jesús Vélez

Febrero 27, 2008

Una cogorza, un condón, un voto

Una cogorza, un condón, un voto

NUNCA nos cansaremos de ponderar las ocurrencias del bueno de Bernat Soria, el destripador de embriones metido a ministro de progreso. El bueno de Bernat es al régimen zapateril lo que Trofim Lysenko fue al régimen estalinista. Como el bueno de Bernat, Lysenko fue un científico de medio pelo encumbrado al estrellato político por razones puramente ideológicas; como el bueno de Bernat, Lysenko se encargó, desde los despachos del poder, de negar cualquier evidencia científica que no se adaptara al catecismo oficial. A Lysenko se le metió entre ceja y ceja que las leyes de Mendel eran seudociencia burguesa, y logró que los planes agrícolas soviéticos desdeñaran el estudio de las características genéticas de las plantas, por considerarlo una superstición propia de occidentales decadentes. Al bueno de Bernat se le ha metido entre ceja y ceja que las células madre fetén son las embrionarias, y ha logrado que las investigaciones con células madre procedentes de organismos adultos sean desdeñadas, por considerarlas una superstición propia de fundamentalistas católicos. A quienes se atrevían a rebatir sus rocambolescas teorías, Lysenko los mandaba de vacaciones a Siberia; a quienes se atreven a rebatir las suyas, el bueno de Bernat los priva de subvenciones oficiales.
El bueno de Bernat se ha dejado las pestañas escudriñando la vida a través de un microscopio; y es natural que, al alzar la vista, no distinga a los seres humanos de los protozoos. Hubo un célebre anatomista en la Antigüedad que se declaró incapacitado para el amor, porque cuando miraba a una mujer no lograba distinguir sus rasgos más hermosos, ni la delicada proporción de sus miembros, sino que veía siempre una máquina fisiológica que bombeaba sangre y excretaba jugos gástricos y defecaba. A esto se le llama deformación profesional; y es achaque propio de científicos. El bueno de Bernat, que es científico hasta las cachas, padece esta misma deformación; y así se explica que, cuando mira a las mujeres, en lugar de enamorarse, las clasifique en diábolos, campanas y cilindros. Un freudiano con ganas de enredar añadiría que cuando un hombre llama diábolo a una mujer es porque está pensando en un súcubo; y que cuando la llama campana es porque tiene fijación por el badajo; y que cuando la llama cilindro es porque esa fijación adquiere tintes patológicos. Pero nosotros no somos freudianos, ni pretendemos tildar al bueno de Bernat de misógino o falócrata, así que nos conformaremos con diagnosticarle deformación profesional.
Esta deformación que aqueja al bueno de Bernat se confirma cuando define a sus hijas adolescentes como «tormentas de hormonas». Alguien que expresa de un modo tan aséptico el amor paternal no debe extrañarnos que se ponga de los nervios cuando ve a la chavalada bebiendo a morro o dándose el lote. Una persona normal ve a dos jóvenes besándose y piensa que se quieren; el bueno de Bernat los ve y piensa que se están intercambiando tropecientos millones de microbios. En su batalla por la asepsia, el bueno de Bernat ha decidido combatir el botellón «estudiando la salubridad» de las bebidas que ingieren los jóvenes. Al bueno de Bernat no le importan los efectos devastadores que tal ingesta pueda tener sobre el espíritu de los jóvenes, pues como todo materialista que se precie descree del espíritu. Para el bueno de Bernat, el joven es un protozoo, y el botellón con el que se emborracha su caldo de cultivo. Y, puesto que de lo que se trata es de que el protozoo vote a un candidato de progreso como él (cosa que sólo se puede hacer estando borracho), el bueno de Bernat le procura un caldo de cultivo en óptimas condiciones de salubridad.
También le procura condones. Para el bueno de Bernat, como para aquel heresiarca de Uqbar del que nos hablaba Borges, la cópula es abominable, porque multiplica el número de los hombres. El bueno de Bernat quiere sexo aséptico, sin microbios ni embarazos no deseados (que, para el bueno de Bernat, son lo mismo); quiere sexo salubre, pues el sexo, como el alcohol, es el caldo de cultivo en el que los protozoos votantes se desenvuelven mejor. Y así, chapoteando en el lodazal de sus apetencias más bajunas, pero protegidos por la profilaxis y la asepsia, los protozoos completan su ciclo biológico: «Una cogorza, un condón, un voto».
www.juanmanueldeprada.com

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